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Amar o morir II Semiramis

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  S  í, como la reina de los jardines colgantes de Babilonia, así me llamo: Semiramis.

Fue aquí, ya en el penal de Santa Marta, que mi mamá por primera vez me abrazó. Me dijo: No te preocupes, estoy aquí. Y ha cumplido. Es ella la que cuida allá afuera a mi hijo de 11 años. Cambió conmigo. Ahora me visita. Trae al niño. La siento mi amiga. Nunca me quiso, sólo a mi hermano. Mi padre es alcohólico. A diario la golpeaba. Ya no quería tener más hijos. Trató de abortar, se puso inyecciones, se cayó de una moto, pero me tuvo. Ahora la justifico por eso: no quería más hijos y yo llegué. Cuando tenía diez años, mis padres se separaron. Nos dieron a escoger. Mi hermano decidió irse con mi papá, yo me quedé con ella. Tenía la esperanza de recibir el amor que le daba a mi hermano, pero apareció mi padrastro. Él tenía un hijo diez años mayor que yo, José. Solo me dejaban salir si iba con él. A los dieciocho, por irnos a un baile sin su permiso, mi madre no me dejó entrar a la casa. Nos fuimos a vivir juntos. Tuvimos dos hijos, mi niña que ahora tendría 14 y el niño. No me golpeaba, pero  era vicioso; se metía de todo. Decidí separarme. Volví con mi madre. Trabajé de mesera, en una tintorería, emplacando carros, como seguridad en eventos de rock.  Conocí a Daniel que iba saliendo del reclusorio Sur, donde estuvo por delitos contra la salud. Tras otro enojo con mi madre, me corrió con mis hijos de la casa. Nos fuimos a vivir con él. Ora sí que no por amor, sino porque no había de otra. Trabajaba un bici-taxi. El dinero no alcanzaba. Yo entré a trabajar en una fábrica de zapatos. Daniel no nos golpeaba, pero a los seis meses, llegó un día con su hermana a mi trabajo diciendo que mi hija había desaparecido. Fuimos a hacer la denuncia a CAPEA*. Al otro día, me llamaron diciendo que tenían información de mi hija en la Delegación. Ahí judiciales me detuvieron acusándome de haber asesinado a mi hija. Así me enteré. La encontraron muerta, envuelta en una cobija en un parque. Me insultaron, decían que era una maldita asesina, peor que una perra. Una mujer y tres hombres me golpearon: cachetadas, tirones de pelo, puñetazos en vientre, pechos, donde no se note. Querían que dijera que yo había matado a mi niña. Entré en shock, paralizada, sólo lloraba. Nos llevaron al reclusorio Sur. Daniel confesó que tras un pleito entre mi niña de ocho añitos y el hijo de su hermana, por una taza que jugando rompió la niña, la golpearon hasta matarla, reventándole las viseras. También dijo, que yo estaba trabajando en la fábrica cuando ocurrió, pero la acusación contra mi se mantuvo. Dijeron que yo estaba ahí y no defendí a mi hija. Mi niño de 5 años sí estaba ahí. Lo vio todo. Lo hicieron declarar pero luego no tomaron en cuenta lo que dijo. A Daniel lo sentenciaron a 70 años de prisión. A mi a 12. Su hermana fue liberada a los 3 meses por falta de elementos. Hice la apelación, pero en vez de bajar, me  subieron la pena a 30 años porque el abogado no presentó pruebas. Llevo seis.

Durante los primeros dos meses, no tuve visitas. Soledad total, dolor de imaginar lo que había pasado mi hija. Mis papás no contestaban mis llamadas porque creían que yo sí había participado en la muerte de mi hija.
Un día la Directora del penal me mandó llamar. Fui temblando. Ya en su oficina, vi entrar a mi hijo, corrió hacia mi y me abrazó. La Directora miraba. El niño  no quería soltarme, dijo que si yo tenía que quedarme aquí, él se quedaba conmigo. La Directora respondió que eso no era posible, pero ya podía venir a visitarme cuando quisiera. Supe después que fue una prueba para ver la reacción de mi hijo y enviar luego un informe al juzgado. El domingo siguiente ya vinieron a la visita mi mamá y el  niño. Fue ahí que mi mamá me abrazó. Confió en mi. Mi niño sabe que estoy en la cárcel y porqué. No quise mentirle.

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Al llegar aquí, una custodia me dijo que las internas sabían de mi caso y me querían golpear. Viví con miedo por meses. No salía de mi estancia ni a tomar el sol, sólo a comer. Varias me agredieron. Una de ellas se disculpó después .

Ya luego la vida se vino acomodando. Mucho tiempo tuve para pensar. La sicóloga dijo que debía salir de la estancia. Empecé a tomar talleres de manualidades, de pintura, de sicología, a trabajar como estafeta en la oficina de Culturales. Todo era bueno para tener la mente ocupada.

Leyendo libros de Ogmandino, reflexionando, aprendí a quererme, supe que sí valgo. Tuve que pasar por esto para darme cuenta. En la calle nos encarcelamos por el trabajo, la casa, los maridos golpeadores que te ningunean, la renta que hay que pagar, las necesidades de los hijos que hay que cubrir.  Aquí vine a descubrirme, a liberarme, porque siempre viví reprimida. Después de la secundaria, quise hacer la prepa pero no pude por tener que trabajar. Todo se lo daba a mi mamá, yo sólo usaba ropa usada, la que me regalaran. Ahora también veo por mi. Si se me antoja una paletita, me la compro, también una crema o unos zapatos. Antes mi papá no me dejaba hablar con nadie. Ahora me tomo la libertad de conocer a más personas, convivir con ellas, hablarle a quien quiera. Hago lo que me gusta. Vivo el día al máximo, como si fuera el último. No es que aquí sea fácil, hay mucha rivalidad, competencia, envidias. He aprendido a tomar distancia. Ayudo en lo que puedo a quien lo necesita sin involucrarme demasiado. De lo malo aprendo, agradezco lo bueno.

Aquí vine a darme mi tiempo. Siempre me gustó bailar. Entré al taller de Teatro de Cabaret. Cuando supe que se montaba Don Quijote, audicioné. Me gustó la temática. Yo tenía la autoestima por los suelos. Nos dieron el libreto para elegir personaje. Pedí ser el que menos se veía, la sobrina. Arturo Morel, el Director, me pidió que estudiara a Aldonsa. Fue un choque porque es un personaje fuerte, que impone. Le dije a Morel que yo era chaparrita y no daba el ancho, él insistió y me cambió la vida. Soy Aldonsa. No sabía que podía cantar y he podido. La obra me llega muy hondo, sobre todo cuando la Inquisición dice a Don Quijote que terminó su tiempo; lo llevarán a la hoguera por no haber demostrado su inocencia. En la escena final, cuando lo veo en cama moribundo, me reflejo. Pienso en mi hija. Yo no pude despedirme de ella. Ahí le digo cuanto la quiero.

Ya en agonía, Don quijote no me reconoce. Le digo “Sí me conoces, me hablabas por otro nombre, Dulcinea me llamabas”. Él responde “Entonces no fue un sueño” y me canta “Sueño imposible”. Así acaba.

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Los ensayos de la obra se hacen en el Reclusorio Sur. Actúan también hombres. Nos llevan en camionetas. Uno de la orquesta me dijo que alguien quería conocerme y me lo presentó.  Me puse muy nerviosa. Se llama Miguel Ángel. Sé que lo acusan de robo, le dieron nueve años, lleva ocho. Yo no le pregunto. Aquí eso no se hace. Me dirá cuando quiera. No es guapo ni feo; muy sensible, tierno, hasta chillón. Le gusta ayudar a las personas. Me hace reír. Me agrada su sencillez, también cómo se enoja. Pidió actuar en la obra para que pudiéramos vernos. Ahora ya lo disfruta. Nos tratamos por varios meses. Nos fuimos enamorando a escondidas. Un día me dijo “Ya no aguanto las ganas, dame un beso”. Se lo di delante de todos, menos el director. No hay dónde esconderse. Tenía temor de cómo iba a tratarme, pero ha sido dulce, respetuoso, apapachador. Llevamos dos años, sólo besitos furtivos. No ha habido lugar para un arrimoncito.

Yo nunca he hecho el amor. Siempre fue por la fuerza. A veces sentía el deseo, pero cuando ellos se satisfacían se volteaban de espalda. Me quedaba con las ganas. Ahora con Miguel Ángel lo hago. Con sólo tomarnos de las manos, mirarnos largo, viene el deseo. Lo siento, lo vivo. He encontrado el amor.  Me siento verdadera, viva, deseada, con ilusiones. Se que puedo ser querida. Antes no sonreía, de todo me enojaba. Ahora es difícil que me quiten la sonrisa.

Queremos casarnos en dos meses. Él se libera en un año. Dice que al salir, va a apoyar a mi mamá y a mi hijo. Ya los conoce. Pidió autorización para que lo visitaran. Jugaron, comieron, vieron tele. A mi hijo le gustó. También a mi mamá.
Yo espero, con el nuevo amparo que pedí, salir, si no absuelta, al menos con la pena reducida y así poderme ir con beneficio si toman en cuenta los años trabajados que reducen la sentencia.

Sí, como la reina de los jardines de Babilonia. Semiramis me llamo.

*Centro de Atención para Personas Extraviadas.

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Acerca de Rosamarta Fernández

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