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Amar o morir Tere

Tere no tiene visitas desde hace cuatro años. Lleva nueve consignada en el Penal de Santa Marta Acatitla. Le quedan cuarenta y siete para cubrir su sentencia. Ella tiene cincuenta y dos de edad. De pelo castaño claro, con ojos verdes enormes, finas facciones, cuerpo robusto, atractiva , coqueta, de sonrisa fácil, tiene una actitud protectora hacia las compañeras más jóvenes con las que trabaja en la Coordinación de Actividades Culturales del penal, por lo que todas le dicen “mamá Tere”.

Su trabajo como “estafeta”, no genera ninguna remuneración, pero por cada dos días laborados, disminuye un día a su condena.

Fueron judiciales los que nos aprehendieron, dice, nos llevaron al bunker de la procuraduría. Gracias a Dios, no nos golpearon. Cinco veces nos tomaron declaraciones. Al otro día nos trajeron a Santa Marta.

Al llegar aquí tampoco nos golpearon, pero ya qué caso… Me echaron cincuenta y seis años. Llevo nueve. También mi hija. A las dos nos acusaron de secuestrar al hijito de la señora con la que yo trabajaba lavando su ropa, por más que dijeron que fueron dos hombres los que se lo llevaron. El niño apareció luego en la catedral pero ya nada cambió. Siguió el proceso. Ocho meses. La abogada de oficio nunca apareció en los careos. El Juez no te deja hablar, solo puedes decir sí o no. Luego vino la sentencia. Perdimos la apelación.

Llegas como ratón asustado, todo es miedo, incertidumbre. Las primeras que se te acercan son las “tronadas de azul”. Son las drogas. Te dicen “Relaja la raja, tranquila. Te van a querer picar, golpear. Yo te voy a cuidar.” Tratan de venderte protección, pero nosotras de dónde íbamos a sacar para pagar. Nos llevaron a la estancia A 205. Había otras cuatro viviendo ahí. A los quince minutos llegaron varias mujeres preguntando por las recién llegadas. Aterradas, pensamos eran las golpeadoras, pero no. Traían cobijas y un sueter para cada una. Otra de las compañeras nos dio un taco. Al día siguiente, nos invitaron a conocer el penal. Mi hija fue. Yo tardé dos meses en salir de la estancia y andar afuera. La zozobra  de que me golpearan duró meses.

Al principio mis hermanos se solidarizaron conmigo. Un año vinieron a verme. Hace ocho que ya no volvieron.

Hace dos años, ya estando presa, murió mi madre. A mi padre no lo veo desde hace veinte.

A los 16 me casé para escapar de las golpizas que me daba mi padre, resultó peor. Mi marido casi diario tomaba. Al llegar a la casa me golpeaba delante de mis cuatro hijos. Aguanté las humillaciones por ellos. Con qué iba yo a mantenerlos? Yo no sentía nada con él. Me violaba después de golpearme. Mi hija se enojaba por ser yo dejada y sumisa. Me quedaba callada. Ella tenía razón.

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Al inicio venía a verme al penal. Después de dos años, sacamos la visita conyugal. Sólo llegaba como los gallos: pisar y dormir. Al año le dije Ya no. ¿En qué he fallado? preguntó. Ya no, le dije. Por primera vez: NO. Y no volvió. Sólo llama por teléfono de vez en cuando a su hija y más de vez en cuando, viene a verla. A mi ya nadie me visita. En cuanto a él, mejor así.

Eso es quizá lo más importante que he aprendido aquí: a decir NO; a valorarme como mujer, a quererme, a decidir lo que quiero y buscarlo. Afuera no hay tiempo para pensar en ti. Adentro es lo que te sobra. Bastante ayudan los cursos que tomas, también las sesiones de sicología. Aprendes a sobrevivir. Luchando cada minuto contra la impotencia y la depresión, vas entendiendo lo que fue tu vida.

Hace cuatro años conocí a un hombre, cinco años menor que yo. Una amiga que va de visita de convivencia con su hijo al Reclusorio Oriente, me dijo que un interno quería mandarme una carta. Le dije que sí.

Me escribió diciendo que era guapo, soltero y quería conocer una mujer hermosa. Me pidió que contestara y si nos llevábamos bien como amigos… ya veríamos. Yo le contesté que medía 1.59, pesaba 80 kilos, tenía los ojos verdes, cabello rizado güero, era alegre y me gustaba bailar. Al año de escribirnos, me propuso ser su novia. Le respondí que era casada, me dijo “No importa, veamos qué pasa”. Dos años nos carteamos, nos fuimos enamorando sin conocernos, hasta que entré al taller de teatro. Me tocó actuar en la obra de Don Quijote. Cuando supe que la obra se llevaría al penal de Oriente, no podía creerlo. Quizá por fin iba a ver su cara, quizá tocarlo, oír su voz. Se llama Alejandro.

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Antes de la función, estaba sentada con unas compañeras, cuando pasaron varios, uno sonrió. Dije este és. Y sí. Pedí permiso; me dejaron verlo.

¡Carajo¡ me dijo, te imaginaba bonita, pero estás ¡re-bonita! ¡hermosa!. Me dio un abrazo y me besó. Yo sentí muy sincero su abrazo. Me tocó muy hondo.

Al terminar la función, me regaló una rosa. Me dijo que me amaba y si aceptaba casarme con él, sería muy feliz.

Ya luego iba yo con el grupo de teatro cada lunes. Nos veíamos, aunque sólo un ratitito. Se metió también a teatro, para poder vernos más. Me llevaba comida, chocolates. No hemos podido estar juntos, sólo abrazos, besitos y arrimones furtivos a escondidas del director. Los compañeros se ponían de espaldas haciendo un murito y echando “aguas”. Nos quedábamos temblando, aguantando las ganas. Se necesita estar casados para tener visita conyugal.

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Una vez se puso celoso de que platicaba riéndome con otro de los actores. Le dije: Si no confías, nos separamos. Yo no voy a cambiar. Se fue enojado, pero a la semana reconsideró. Me llevó un osito y flores. Lo rechacé. Ese día no estaba el director. Fue entonces que delante de todos los actores, a gritos me dijo: ¡Quiero casarme contigo! ¿Quieres tú ser mi esposa?. No puedo le dije, porque sigo casada. Pero ¿quieres o no?  Sí , respondí. Agarré el osito y las flores. Los otros aplaudieron.

Él tenía un taxi. Lo acusaron de robo con arma. Le faltan seis años. Sabe de mi situación, aún así, quiere casarse. Yo también. Ya conoció a mi hija. Se llevaron bien.

Vine aquí a encontrar el amor. Yo no sabía que podía ser así. Me ha cambiado. Dios me lo mandó y lo voy a vivir a fondo, día con día, como venga llegando.

Ahora sé que aunque esté en un penal y todo sea tan duro, puedo ser libre. Hacer lo que me gusta. Vivir con dignidad.

Ya inicié los trámites de divorcio con el papá de mis hijos.

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Acerca de Rosamarta Fernández

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