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Amar o morir VII Marteli(Tercera Parte)

Para mi mamá la vida ha sido un martirio. Tiene que lidiar con la situación de mi papá que siendo alcohólico y diabético, por no atenderse, se provocó una embolia que lo dejó paralizado de medio cuerpo. No puede caminar. Sus cuatro hijos somos adictos a la piedra, marihuana, chochos y alcohol. Tres hemos estado presos.

 

 

Primero yo. Vinicio, el que me sigue, estuvo en el Oriente por agresiones y robo a una tienda. Ya esta fuera. Tiene 3 hijos. Dejó de tomar. Franco, más o menos bien. Es Doctor en Antropología en la UAM, vive con mis padres,  se hace cargo de ellos,  pero es alcohólico funcional. Osiel, mi hermano menor, adicto al crack está en el Oriente. Ha tenido dos procesos. Salió y volvió a delinquir. De niño lo consintieron y veía nuestro “despapaye”. Todos tomábamos. Mi mamá, seguido, de tomada se caía. Con las crudas, decía -que era la última vez-. Un día paró totalmente. Ya muy tarde. Todos estábamos infectados de eso.

 

 

Quizá, por sentir culpa, aflojó frente a sus hijos; dejó de ser disciplinada, congruente, se volvió solapadora. -No queremos ir a la escuela-, -No vayan-. Dejaba, tapaba. Creo por eso yo quería entrar a Colegio Militar, para tener una disciplina donde encuadrar mi vida.

 

 

Mi papá borracho, mi mamá en su onda, les faltó observación, no percibían el peligro del abuso de mis tíos. Ella, antes me dolía mucho, ha tenido que soportar pero también aprender. Se volvió cristiana. Ve la vida, no como una cruz, sino que Dios se lo pone para que ella trascienda, como algo necesario para su evolución. Aún no concluye su trabajo, va a terminar cuando muera. Su relación con mi papá, es como de saneamiento. Tengo que entenderlo así para soportarlo.

 

 

Cuando me detuvieron, estaba poco alcoholizada porque era temprano. Llegaron judiciales vestidos de civil, en un coche. Les dije -no me agarren, yo me subo-. No me dejaron sin comer, me compraron tamales y un refresco.  Me pareció divertido. Luego me dijeron que no tendría beneficio por ser prófuga de la justicia, ya que había salido obligada a pagar multa, trabajar, firmar y dejé de hacerlo.

 

Al llegar aquí, empecé a entender -Ya me chingué-. Pensé en mi mamá, ya debía saber que me agarraron. Escogí la ropa que mejor me quedaba, porque te quitan todo. Me llevaron al servicio médico, luego al dormitorio “A”, de ingreso. Me dieron una cobija delgada. Empezó la cruda, mal, con sed, sin agua. Me dije -Ya estás aquí, güey, tuviste lo que buscabas-. Había otra señora, le comente -tengo cruda- Me trajo un algodón con alcohol. -Aunque sea, para que te aliviane- dijo. No había colchón. Pasé frío. Pensé en buscar a Aura, la ilusión de hallarla me alivió. Días después supe que había salido una semana antes. Me llamaron al juzgado. Todo triste, pesado. Trataba de sacar sentido del humor para que no fuera tan agobiante. Cotorreaba con las custodias, con las licenciadas. Escuchaba las historias de otras.

 

 

El día de visita, llegó mi mamá. Sentí vergüenza: -Ya estás aquí, lo querías no?- No habían palabras para decir más. En vez de regañarme, preguntó -¿Qué te traigo?-. Toallas, calzones, jabón, papel de baño. Lo trajo en la siguiente visita. También un cuaderno y lápices. Empecé a hacer caricaturas. Me colaba en las visitas y ofrecía. Desde ese día, no faltó trabajo. Vi que le caía bien a la gente. Me sentí menos apesadumbrada.

 

 

En el dormitorio “A” están las que llegan mientras se define su situación. Estuve ahí dos meses. Empecé a consumir marihuana, me alivianaba el relax.  Pero cuando me sacaron a “población”, ya de azul, es decir, sentenciada, me pusieron en el “E”. Es el peor. Ahí están las suicidantes, las adictas, las violentas, con problemas emocionales. La locura. Siendo del “E” te menosprecian. No te dan oportunidad de trabajar. No puedes tener cosas: ropa bonita, productos de uso personal, porque te los roban o te los ordeñan.

 

 

En mi estancia había sólo una muchacha y un gato. Ella, con cara “piedrosa”… hostil. Sentía miedo que me robara. Me dijo -Aquí se hace el aseo por 15 días antes de que puedas ocupar cama-. Yo con taquicardia. Puse en el piso un colchón que había conseguido, forrado con una sábana blanca, para ver a las chinches que te invaden. Por la ventana, descubrí un árbol, ¡Un trozo de vida!. Al día siguiente, después de hacer el aseo, lo busqué, estaba en una zona de palapas. Sería mi refugio. Cuando daban el “candadazo”, a las siete, salía volando de la estancia hacia mi árbol. Ahí, bajaba mi comida, ahí hacía casi toda mi vida. Dibujaba, pero seguía fumando. Si no me echaba un porro no podía dormir.

 

Escuché que había ingreso al Programa de desintoxicación. Metí la solicitud, pero pude entrar hasta seis meses después. Ese tiempo sobreviví mal. Por una parte, quería seguir fumando, pero ya estaba harta: Conseguirla, comprarla, soportar las agresiones de las compañeras de mi estancia. Conocí a Lola, una señora de edad, instruida -Quiero que me hagas dibujos-, me dijo. Me alegró tener trabajo, pero noté que empezó a maquillarse, perfumarse. Su real intención era entablar una relación. Me daba más y más trabajo. Que no hablara claro, me molestaba. Nadie se me acercaba, quedé a expensas de ella. Un día envió una carta diciendo -Estoy enamorada-.  Sentía rechazo, pero seguí siendo amable para que me diera trabajo. Era mi única fuente de ingreso. No tuve relaciones con ella, pero la dejaba que me chupara. Me dejaba por dinero. Era una forma de prostitución. Me decían -Sácale el dinero-. Ya no había nada que trabajar. Le pedía que me diera para mis “bombones”. Me empecé a relacionar con otra chava. La señora me dijo -Yo ya pagué para que estés conmigo-, -No es suficiente, y ella es mi novia- respondí. Me sentí agobiada. Asqueada de mi. No podía seguir así. Ansiaba subirme al programa. De no dejar de consumir, tendría que estar sometida, dependiendo de una mujer como ella.

 

 

Llegó el gran día. Podía entrar al Programa de Apoyo Integral.    Convivíamos unas veinte compañeras. Encerradas, todo el día, sólo bajábamos por comida. Desde temprano: baño con agua fría, ejercicio, terapia grupal. Tus pensamientos, emociones, miedos, tu historia, porqué empezamos a drogarnos. Cita con el médico, la dietista, la sicóloga, la abogada. Mucha ansiedad los primeros días. Una semana, algo dopada con medicamentos para relajarme, dormir. Tienes que aguantar. Si ya no puedes, te dan atención inmediata. Yo quería eso, tener quién te cuide, te atienda. Cuando quieres, te puedes bajar del Programa. Varias desertaron.

 

 

Estuve tres meses en la Clínica. Empecé a soltar prejuicios sobre mis relaciones y a incorporar una nueva fe. Aceptar que sí existe Dios, rendirme a Él con humildad. Me fui transformando. Es una introspección, un reconocimiento de quien soy, qué quiero, a dónde voy. De que soy la única responsable de mi vida y puedo darme lo que necesito. No tengo que ser agradable o lame botas para tenerlo.

 

 

Antes me sentía muy culpable de haberme dejado tocar por mis tíos, sentir placer, empezar a  masturbarme. Aprendí que tengo que hacerme responsable de eso. Era una niña, pero sabía que estaba mal y lo permití. Pienso que ese fue el motivo de ir hacia las adicciones.

 

 

Al terminar el Programa, me pasaron al dormitorio “F”. Aquí ya estamos aplicadas a las siete áreas: escuela, capacitación, apoyo a la Institución, culturales, deportivas, extra escolares y sicología.

 

 

Me metí a todas y comencé otra vida, con mi rescate del dibujo. Es lo único que me hace sentir bien, con cierto poder, es otro estatus, soy especial. Me admiran, otras me envidian; no solo soy Marta, soy la dibujante.

 

 

Voy para un año de no meterme drogas. Coordino un grupo de AA. Trato de hacerlo diferente, más ameno, como un debate. Me alegra sentir que puedo ayudar a aliviar el dolor de otras.

 

Yo le camino sola. No interactúo mucho. Solo tengo dos amigas: Alma y Karen. Cuando llegó Karen a la estancia, nos gustamos. Empezamos una relación afectiva, sin consentimiento de las terapeutas. No es adecuado, porque también es adicta y estamos en un mismo grupo.    Aquí el amor es super necesario para seguir viviendo día con día, poder soportar, sentir alegría, placer.

 

 

En la estancia, no les gustó que nos “cachondeáramos”. Llevaron al Consejo un escrito diciendo que teníamos relaciones sexuales por la noche y los gemidos las despertaban. Yo metí una solicitud de cambio de dormitorio, por avance en superación personal. Me cambiaron al “H”, el de personas aplicadas que no consumen ni crean conflicto.

 

 

Al bajar del programa tuve más trabajo. Me invitaron a dar clases de dibujo en Extra Escolares.       Nunca pensé que podía ser así. No consumir y poder darme a conocer como una persona que tiene habilidades, talento. Hago lo que nunca, dibujar todos los días. Dibujo retratos a lápiz que me encargan por ciento veinte pesos. En lo económico antes recurría a la familia. Aquí no hay préstamos. Tienes que ganártelo. Ahora mis gastos salen de mi trabajo.     Abstinencia y dibujo van juntos, porque lo que quiero es ser una artista. El dibujo es mi forma de estar en armonía con la realidad,  más ahora. Sin él, estaría enloquecida, seguiría drogándome.

 

 

Me provoca extasiarme cuando hago las texturas, los claroscuros. No puedo decir que un orgasmo, pero sí una excitación de los sentidos. Olvido que existe el caos. Accedo a la dimensión de la belleza.

 

 

Es cierto que me falta técnica.

Quedan dos años para salir de Santa Martha. Con la familia, no lo visualizo bien. Mi mamá cree que voy a estar con ella. Quizá no. Debo hacer que sienta mi amor, mi apoyo, sin estar pegada.

 

 

Aquí es el clímax de mi historia, de lo que puede ser mi verdadera esencia. Veo lo que me hizo bien y lo que me hizo mal. Este lugar es importante por eso.

 

 

Volví al penal por Aura, pero ella salió libre antes de que yo llegara. Era mi objetivo pendejo, pero en realidad era por mi. Quería huir de los problemas de mi mamá, mis adicciones y todo ese entorno. Estar en un retiro.  Enfrentarme con que mi vida no había resultado. Perdí mucho tiempo con una esquizofrenia en seguir consumiendo. Me encabroné conmigo, con la vida.

 

 

El tiempo es como un caracol. Volver a la cárcel fue para aprender algo que me haría evolucionar y poder regresar a resolver. En eso estoy.

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Acerca de Rosamarta Fernández

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