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	<title>Tania Rodríguez &#8211; Cronopio.MX</title>
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	<description>Periodismo Cultural</description>
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		<title>Los escalones de tu desamor, Camila</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 04 Feb 2016 03:35:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Tu voz, tu sola voz, papalote que arrastraba una cola de recuerdos. Reconocí tu dicción juguetona, tus muletillas, tus gestos seguros. Eran muchos años sin vernos, sin saber cómo se habían enhebrado las historias. Volver aquí, te desmigajo la coraza de ejecutiva que llevas desde hace tanto tiempo. Los años que teníamos sin vernos se &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_2170" aria-describedby="caption-attachment-2170" style="width: 276px" class="wp-caption alignleft"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="  wp-image-2170" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/Captura-de-pantalla-2016-01-30-a-las-15.29.06.jpg" alt="Captura de pantalla 2016-01-30 a las 15.29.06" width="276" height="393" /><figcaption id="caption-attachment-2170" class="wp-caption-text">ISABELL BEYEL Believe Me Mark Hachem Gallery Preview de ZsONA MACO</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Tu voz, tu sola voz, papalote que arrastraba una cola de recuerdos. Reconocí tu dicción juguetona, tus muletillas, tus gestos seguros. Eran muchos años sin vernos, sin saber cómo se habían enhebrado las historias.
</p>
<p style="text-align: justify;">Volver aquí, te desmigajo la coraza de ejecutiva que llevas desde hace tanto tiempo. Los años que teníamos sin vernos se fundieron en un parpadeo. Se me olvidaron las canas y los kilos de más que había tratado de esconder en el camino.<br />
-Envejecemos y ¡qué carajo! Dijiste.
</p>
<p style="text-align: justify;">La carcajada retumbó en el Hall del hotel donde conversábamos. Esperábamos a los amigos. Tu nombre era un poderoso imán que nos unía a todos. Allan, escondido, nos observaba. Se acercó con sigilo. El ¡taaantos aaños! y los ¡estás igualito!, se ritualizaban. Nadie más llegó. Ahí estábamos Allan, tú y yo. Llevabas con soltura tu éxito, como si no te hubiera costado ningún esfuerzo. Irradiabas magia. Como antes. Allan quería mostrarte sus días. Fuimos a su oficina. La noche estaba entera, aprisionando este monstruo de ciudad en que se había convertido este valle extransparente, tan querido por ambas, extranjeras las dos, tendimos los puentes necesarios para volvernos indispensables. ¿Te acuerdas? Cortázar decía que un puente no puede tenderse de un solo lado. Bueno, uno de sus personajes lo dice. El autor se nos funde, a veces, con sus personajes, pero las palabras son rescatadas, y eso al menos es lo que cuenta. Las palabras.
</p>
<p style="text-align: justify;">Llegamos al edificio en donde Allan tenía sus oficinas. Descubrimos un talento, una creatividad que ese hombre sencillo guardaba con reservas. Había ampliado su negocio. Si aceptábamos subir  al piso siguiente nos mostraría un ángulo de reforma que no conocíamos. Yo me apresuré a subir los escalones, te vi entonces, Camila al pie de la escalera. Temblabas ´´no puedo´´ dijiste, tengo miedo. Allan y yo preguntamos la razón. ´´tengo miedo´´, contestaste escuetamente. ¿Tú, Camila, con miedo? Imposible. Habías sido siempre la más libre. Creíamos que nada te ataba. Nunca entendimos tu prisa de regresar. Amaneciste regalando tus cosas, con el mismo desprendimiento que acostumbrabas. Te marchaste. No dejaste para las despedidas. Después de tu partida fue un interregno. Todos pedimos los vínculos. No había imán colombiano que nos atrajera. Noticias escasas. Matrimonio, isla caribeña. Problemas. Sin fotos que guardan el acontecimiento, sin testigos, sin familias, sin amigos. Yo siempre sospeché que nos ocultabas a un marido negro. Contigo todo lo inesperado era posible. ´´Tengo miedo´´.   La frase no nos era ajena. De mi era creíble, un rasgo de mi zozobra vital. No de ti. Breve psicoanálisis. Allan y yo intentamos desenredar el pequeño hilo que se nos tendía. ¿Cuándo comenzaste a tener miedo a las escaleras? Tú Camila, morosa, meditabas. Yo te tendí mi mano. Allan te custodiaba desde atrás con su mano asida a la tuya. Nosotros te cuidaremos, murmuramos. Por turno fuimos espetando las preguntas. ¿Qué asocias cuando ves una escalera? ¿Cómo es el miedo que sientes? La obscuridad. La obscuridad. El miedo se ahonda, cava nidos en la carne. Comprime gritos. Vuelve los huesos alaridos. ¿Me entienden? Hubo un tiempo de grandes apagones en Bogotá. Fue por la época de mi divorcio. Fue también cuando comenzaron las llamadas obscenas. Algunas veces eran voces femeninas, voces chirriantes, otras eran voces masculinas, voces untuosas que deletreaban lubricidades. Cuando se lo dije a Santiago se rió. Me dijo que me ocupara más. No era posible que le diera tanta cabida a unas llamadas ociosas. Yo no entendía que su tiempo era valioso. El gran crítico literario construía su colmena de textos que consideraba su prestigio. No debía interrumpirlo, nunca.
</p>
<p style="text-align: justify;">Subimos las escaleras. Tu voz adquirió seguridad. Tus pasos también. Interrumpimos la historia cuando llegamos a la azotea. Allan había arreglado todo. Las luces de ese paseo deslumbrante, refulgían. Nada tan lejos de nuestra mente como las historias perversas que diariamente circulaban en la nota roja. Nada tan lejos como los años de nuestra juventud. Habíamos estudiado las carreras juntos. Almibarábamos los sueños. Yo había truncado mi pasión por el cine. Ya no sería la directora que ambicionaba ser. Tú Camila, la de los pasos de rumba, la de los sorbos de mota, la habitante de las azoteas, te habías convertido en una personalidad-mana, tu brazo se extendía en busca de un portafolios, tu dedo guiaba las horas en las páginas de tu apretada agenda. Allan, nos descubría sus manos pobladas de pájaros, de árboles de pequeñas figuras que transformarían las historias que los niños mirarían en la tele. Era un artista. Construía su trabajo con suavidad y el encanto que mantuvo siempre.   El hombre bueno. El amigo generoso. Recordamos nombres, reconstruimos historias. Sin pudor relevábamos nuestras fantasías. La Diana Cazadora, con sus ancas poderosas y su brazo amenazante, monopolizaba nuestras miradas. Mujer altiva, mujer solitaria, mujer de bosques. Aquí, inmersa en la garúa de coches, en el hollín rasposo.
</p>
<p style="text-align: justify;">Fuiste tú, Camila, la que quisiste romper con todas esas frases que ocultaban nuestra verecundia. Al confesarnos tu miedo, develaste también a una Camila desconocida. Era duro, dijiste, distante. Me convertí en su testigo. Sólo lo de él era importante. Sus cenas con personalidades de la literatura, donde incluso hasta con el mismo Gabo coincidíamos. Tú tan querido Gabo…
</p>
<p style="text-align: justify;">Pautamos el aire con nuestras carcajadas. Había surgido el nombre tabuizado. Gabriel García Márquez, al que tú, Camila, habías despreciado siempre y al que yo rescataba navegando entre tus dicterios. ¿Cuándo van a dejar atrás a García Márquez con historias fraudulentas? ¿Por qué carajos no podemos darle cabida a otras voces nuevas? Explotaste con la misma vehemencia de siempre. Yo estaba tentada a seguir por esos recodos literarios. Tuve que morderme la lengua para no entrar en el juego y así, con mi silencio, permitirte, a ti, Camila, reconstruir, o ¿desconstruir?</p>
<p style="text-align: justify;">Tú propia historia. Escribía sobre una monja, ¿saben?, los hábitos de esa mujer distante ocuparon sus horas, sus ganas, sus sueños. A mí, la mujer de carne, la construida con astillas de realidad y del más puro amor, no la tocaba. Yo quería un hijo, o una hija, el sexo no era importante, me bastaba con imaginar aquél pequeño ser formándose adentro de mí.
</p>
<p style="text-align: justify;">Cuantas veces recordé unos versos sueltos de Sabines, unos donde hablaba de una cojita embarazada ´´se le agrandaron los ojos como si su niño también le creciera en ellos pequeño y limpio´´.
</p>
<p style="text-align: justify;">Sola me lo repetía, pequeño y limpio. No deseaba más. Fueron días de discusiones bizantinas. Nudos gordianos que no tenían solución. Yo corté de tajo. O lo tengo, o me voy, le dije. Nunca pensé en sacrificar mi maternidad. EL aceptó, renuente. Algo ocurría en mi cuerpo, como si estuviera clausurada. Tierra infértil. Me sometí, con las ganas acumuladas, a dolorosos tratamientos. Tal vez mi cuerpo era más sabio que yo misma. No pude tener un hijo con él. Creo que me fue mejor. No hay  vínculos, no hay pretextos. Ahora que lo pienso preferiría adoptar una niña. Alguien que sepa que la deseé. Alguien con quien compartir mi mundo de mujer, ese que tengo regalado. Yo la interrumpí, le dije que no era tarde. Podía tener un hijo propio, salido de su cuerpo. Yo estaba en contra de la adopción. Tal vez por las historias escuchadas. Por miedo. Hijos que buscan a sus padres biológicos. Niños eternamente atormentados por el abandono. Tú, Camila, te exasperaste, preferías adoptar a alguien para rescatarlo del abandono precisamente. Redentora. Siempre redentora, La palabra tenía resonancias, ambas lo sabíamos.
</p>
<p style="text-align: justify;">Recordamos nuestros años juveniles. Yo pagando culpas inexistentes. Recogiendo desamparados. Recordamos las relaciones sostenidas por ambas. Tú, Camila, reíste. Yo reunía un tuerto, un paralitico, un suicida. Te respondí, entonces, que el cojo los habías encontrado tú. Entre las dos lográbamos reunir un pequeño infierno. Algo, un nombre, un país, nos permitió anidar un rato en la historia de aquella amiga mutua, que había escrito un libro titulado ´´Saudade´´, ¿Qué habrá sido de ella? ¿Te acuerdas? Me dijiste, Camila. Yo te respondí que se había aislado, que había construido una casa laberíntica donde termino encerrándose con sus historias de nostalgia. Tal vez en su próximo viaje, lográbamos tenderle el hilo de Adriana. Está muy sola. ¿Sola? Con tus ojos lo expresabas todo. Solas estamos todas. Tú y yo queriéndonos tanto, también nos abandonamos. Quince años de abandono. Allan nos escuchaba en silencio. Respetuoso siempre.   Redescubriéndonos, él tenía una historia más feliz  que la nuestra. Una mujer que había sido pan y vino.
</p>
<p style="text-align: justify;">Decidimos cenar en un restaurante cercano al zócalo: Los Girasoles. Música, comida estimulante de sabores ásperos. Harina, mucha harina. Tequila, estábamos en la tierra del ágave.
</p>
<p style="text-align: justify;">Salimos a caminar por esas aceras anchurosas. Un grupo de jóvenes artistas entretenía con sus cantos. Fue entonces que lloraste. Tus ojos se volvieron peces. Habías vivido tanto aquí. ¿Por qué nunca quisiste regresar? ¿Qué te impedía una parada en tus constantes viajes? Hablábamos de la familia. Recordé los poemas de tu hermano Erwin, Nunca lo conocí. Jugábamos con la fantasía de que él se enamoraría de mí. Traías más dolor, Camila, del que podías imaginar. Tu amado Erwin, tu compañero insustituible, tu intérprete de silencio estaba inmovilizado. Una enfermedad terrible lo paralizaba. Su cuerpo había enmudecido completamente.
</p>
<p style="text-align: justify;">Una pequeña computadora conectada a sus cejas permitía aún un pequeño contacto con el mundo. Esperabas su muerte con la rabia y el llanto de tus noches de insomnio.El mundo, me dijiste, ya no va a ser igual, es como si me arrancaran un brazo o una pierna. Sé que puedo vivir cercenada, pero que el dolor y la añoranza los llevaré conmigo. Quise abrazarte, tantos años sin poder abrazarte. Así, fuertemente, transmitirte con mi cercanía la ilusión del reencuentro. Quise saberlo todo. Preguntarte. Llenar ese agujero enorme que nos separaba. Quince años. Tú tampoco sabías de mi historia. Pero eso podía esperar. Te pedí que continuaras contándonos de Santiago.
</p>
<p style="text-align: justify;">Un día decidí dejar los intentos de maternidad, me encontraba cansada y triste. Como si el placer fuera lo más ajeno a mí. Carne desprolija. Santiago, con su experiencia, me llevaba más de veinte años, supo también que algo se rompía. Que yo no era  ya la testigo incondicional de su vida. Una parte mí se resistía a morir en esa relación donde el puente no había llegado al otro lado. Me invitó a pasar unos días fuera de Bogotá.   Descendíamos por la carretera culebreante, sinuosa, llena de precipicios. Había llovido. El coche comenzó a deslizarse. Grité. ¡Santiago , los frenos, deténlo. Nos vamos al abismo! Cerré los ojos. El coche se estremecía. Una parte de mi daba al abismo, la otra, sostenida, apenas tocaba la tierra. Aterciopelamos los movimientos.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuidadosamente abrimos la puerta de mi lado, logramos salir, ya seguros, sin el aire amenazante del precipicio, Santiago me estrecho fuertemente, fue raro. Sentí que era un desconocido, un extraño, alguien ajeno a mí el que me apresaba entre sus brazos. Esperamos en silencio, no sé cuánto tiempo. Los automovilistas se paraban por la curiosidad, por la perplejidad de ver un coche suspendido en el aire por algo que no sabíamos que era. Llegó la grúa. Mi parálisis, mi extrañamiento se desdibujaron, observé con detenimiento todas las maniobras para rescatar el vehículo. ¿Saben lo que lo había detenido? Allan y yo in tentamos adivinar. Una planta. El tronco mutilado de un árbol. Una roca. Te reíste, Camila, ante nuestras inútiles palabras. Una cruz. Dijiste. Una cruz. Yo, con urgencia te pregunté si habías anotado el nombre de la persona a la que le pertenecía esa cruz. Sabíamos de inveterada costumbre de poner una cruz donde alguien murió en un accidente. Te reíste, con más fuerza aún Camila – propio de ti, no de mí. Tú habrías indagado quien era, qué hacía, cómo murió, habrías intentado conocer a los familiares. Quince días después de ese suceso, Santiago y yo no nos separamos. ¿Era necesario entonces buscar el nombre de esa cruz? ¿Lo entienden? Cualquiera hubiera sabido. Nos bastaba con saberlo los dos. Era el desamor.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo me quedé en la casa que habíamos habitado. Paralizada, ciega, muda, nostálgica, adolorida, entumecida, acongojada, embrutecida, vacía, hueca, seca.
</p>
<p style="text-align: justify;">No sé cuántas semanas pasaron. Cómo lograba bañarme y salir a trabajar como si nada hubiera pasado. Como si mi vida no se hubiera convertido en añicos. Las llamadas ¿recuerdan? habían continuado. No colgué, escuche. Me regodeé en el dolor de las revelaciones. Santiago había tenido un amante desde que nos casamos, una vieja que había continuado. Tristeza y rabia. ¿Dónde estaban mis ojos? ¿Dónde? ¿Cómo no había yo podido darme cuenta de lo que pasaba? ¿Dónde estaba mi sensibilidad, mi capacidad de percibir, de intuir, de presagiar? ¿Dónde?<br />
Era la época de los apagones ¿recuerdan? Nadie se atrevía a subir elevadores por el miedo de quedar enjaulado por varias horas. Todos optábamos por las escaleras. Atletas improvisados.
</p>
<figure id="attachment_2171" aria-describedby="caption-attachment-2171" style="width: 220px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="  wp-image-2171" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/Captura-de-pantalla-2016-01-30-a-las-15.33.35.jpg" alt="Captura de pantalla 2016-01-30 a las 15.33.35" width="220" height="257" /><figcaption id="caption-attachment-2171" class="wp-caption-text">Yves Hayat Femmes au bord de la crise de guerre &#8211; Sac revolver, 2015 Mark Hachem Gallery Preview de ZsONA MAC</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Santiago me habló. Ni siquiera pude reclamarle. Era innecesario. Las caretas habían sido desechadas. Me pidió retirar objetos, ropa, del departamento. Acepté. Ya me conocen. Le dije que se llevara aquéllo que considerara suyo. El día que habíamos quedado en que él acudiría a recoger las cosas, yo no estaría. Inquietud y desasosiego. Por la noche, cuando subía por las escaleras para llegar al departamento, mi mente era un panal ¿Qué se habrá llevado? ¿Las fotos, los libros, los discos? El apagón sobrevino mientras yo estaba subiendo uno de los escalones. Sentía frío, hielo, escalofríos. Con cuidado, en medio de la obscuridad fui subiéndo los peldaños. Abrí dificultosamente la cerradura. Tinieblas. Cerré la puerta. Me arrecosté en la pared, con los ojos apretados, esperando el momento en que regresaría la luz. ¿Horas, minutos? No lo sé. Cuando abrí los ojos, vi. Ví. el departamento estaba vacío. Tristemente vacío.
</p>
<p style="text-align: justify;">Fui a dejarte al aeropuerto. Algo pasaba. Los pasajeros tenían que caminar hacia el avión de Avianca que estaba detenido. Yo, desde el enorme ventanal, divisé tu figura caminado, con el portafolios en tu mano. Vi, como con soltura, tus pasos se encaminaban hacia la escalera, subías con orgullo, tu porte perfecto, satisfecha. No había incertidumbre, tus pies te respondían.
</p>
<p style="text-align: justify;">Entraste al avión que te llevaba a Colombia, tan lejos de mí, hasta cuándo.</p>
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		<title>Si nos pagaran</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 17 Jan 2016 18:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[“¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahveh en una tierra extraña? ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, que se seque mi diestra! ¡Mi legua se me pegue al paladar si de ti no me acuerdo…” Durante los últimos años nos acostumbramos al uso del condicional en nuestras vidas. De alguna manera era vivir en &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><strong>“¿Cómo podríamos cantar </strong><br />
<strong>un canto de Yahveh en</strong><br />
<strong>una tierra extraña?</strong><br />
<strong>¡Jerusalén, si yo de ti</strong><br />
<strong>me olvido, que se seque </strong><br />
<strong>mi diestra!</strong><br />
<strong>¡Mi legua se me pegue al </strong><br />
<strong>paladar si de ti no me </strong><br />
<strong>acuerdo…”</strong></p>
<figure id="attachment_2064" aria-describedby="caption-attachment-2064" style="width: 650px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-2064 size-full" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/jerusalem.jpg" alt="jerusalem" width="650" height="639" /><figcaption id="caption-attachment-2064" class="wp-caption-text">Edgar Jeke</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Durante los últimos años nos acostumbramos al uso del condicional en nuestras vidas. De alguna manera era vivir en la precariedad de la esperanza, pero a algo teníamos que aferrarnos.</p>
<p>Algunas veces nos distraíamos contándonos cada quien sus fantasías, que sueño loco realizaríamos en el caso de que nos pagaran. Ahí estaban las pruebas: un enorme fajo de bonos que podían cobrarse al cabo de 25 años.</p>
<p>Cada cierto tiempo nos reuníamos. Preferíamos hacerlo en casa de Tita, la luz que entraba por los ventanales iluminaba los cuadros en donde los platanales inmensos se derramaban en verdes. Todo lo que su casa nos recordaba algo que era como el sueño colectivo: hamacas vencidas por el ocio, macetones con olor a salvia, hierbabuena, chicoria (la que al fin había pegado), gatos acróbatas, cojines obesos de plumas, y el sabor inigualable del café parecido al que tomábamos allá.</p>
<p>Yo siempre decía que lo que esperábamos era un dinero triste. Talvez porque la imagen que se escurría en mi cabeza era la de papá meciéndose en la “silla abuelita”, urdiendo estrategias de odio.</p>
<p>Nené, con un gesto adusto me callaba, “Ya venís vos echarnos a perder  las ganas”, masticaba las palabras con la misma rabia con que pronunciaba la palabra ‘Revolución’.</p>
<p>Nunca la, la verdad, nos habíamos planteado la idea de regresar, aún así, esperábamos las noticias que al principio aparecían en las primeras planas de los periódicos y que, paulatinamente, se convirtieron casi en objetos perdidos en las páginas interiores. La curiosidad tiene una demanda que se alimenta de sonidos de balas y muertes espectaculares: algo novedoso siempre. Una  tierra desangrándose durante tantos años resultaba ya un paseo cotidiano.</p>
<p>¿Regresar?&#8230; ¿Para qué?. Allá todo era destrucción. Las casas habían estallado en esquirlas, los árboles se agazapaban en la orfandad, las voces se habían vuelto susurrantes, cualquiera se erigía en un prospecto seguro de traición.</p>
<p>Un Marx mal digerido se estrenaba en el viejo lago y los tartajeantes volcanes. ¡Alguna vez imaginábamos las preguntas que nos harían?</p>
<p>Ya no podíamos arrimarnos al calorcito tibio de los parentescos. Los burgueses tenían que hacerse a un lado. El apelativo infamante caía sobre los cuerpos, como la estrella de David adherida a la ropa de los judíos.<br />
Cuando pasábamos por las calles las voces sofocadas nos llegaban. Sabíamos que hablaban de nosotros.<br />
Nos empezamos a sentir extranjeros en nuestra propia tierra, no había guetto en el cual refugiarnos. Una palabra, un gesto, una falda, una lectura podía denunciarnos fácilmente.<br />
Fue, entonces, cuando decidimos escanciar con prolijidad cada palabra y cada gesto, Ensayábamos  frente al espejo para despojarnos de manierismos.</p>
<p>Las pláticas perezosas y dilatadas se convirtieron en frases lacónicas que mutilaban nuestra antigua espontaneidad.<br />
Sólo Nené se negaba a asumir el silencio.<br />
Nené fue la primera en decidirse. “Me voy”, -Nos dijo en una tarde lluviosa- “Callar es morir”.<br />
Los demás nos observamos con resquemor y desconfianza. Si Nené se iba, parte de nuestra fuerza se desmoronaba. Reacia a aceptar los cambios se había erigido, en la intimidad de la casa, en la panegirista del general. Largos soliloquios acompañaban su elegante figura.</p>
<p>“Nada más cambiaron de collar”, solía argumentar. Ya no sabíamos si en esa sentencia también nos incluía a nosotros.<br />
Cuando se fue todos buscábamos su presencia en las maceteras que solía regar, en las jaulas de los pájaros que sólo ella disponía con decimonónicas. Nené se había ido, y con ella se agotaban nuestras reservas de palabras.</p>
<p>Deambulábamos por los corredores recogiendo vestigios de frases, las que ella había ido derramando en sus soliloquios perpetuos.<br />
Los demás no nos atrevíamos a hablar de una posible vida en otro país.<br />
Esa era nuestra tierra.</p>
<p>Nené fraguaba cartas optimistas. Los amigos recién adquiridos solucionaban sus problemas, las joyas de la abuela Chila eran mas valiosas de lo que suponíamos, las librerías estaban repletas de novelas, y, sobre todo, tendía a reiterar:<br />
«Mi casa es su casa, como dicen por aquí´´.<br />
Mas que el aislamiento en que nos fueron sumergiendo, lo que determino nuestra partida fue la irrupción de `las turbas divinas´ con su clamoreo, consignas y actos vandálicos. Ventanas rotas, ‘pintadas’ ofensivas, gritos, canciones, con signas: El inventario era imposible.</p>
<p>Tita tenia algunas amistades entre las `divinas´. Solo eso podía explicar el respetuoso trato conferido a nuestra casa.<br />
El tío Moncho, gordo y tremolante, se asomaba a través del cortinaje de la sala para ver pasar a las turbas. Luego corría dejando un rastro acuoso que casi todos fingíamos no ver. Se encerraba en su estudio donde la imagen de una virgen de Lourdes y su santa Bernardita le daban certidumbre.<br />
Tita lo despreciaba: «viejo cochón, en lugar de rezar, debería de comer menos. En este país de hambre es una provocación constante estar gordo´´.<br />
Yo no decía nada. Tío Moncho me fascinaba. Conocedor exquisito de la comida criolla, era insustituible en la hechura de los huevos chimbos y la cajeta de coco. Dos golosinas que me regocijaban. Tío Moncho además, era el único que alimentaba mi esmirriado narciso. «Vos sos la mas bonita, cuando te vayás de aquí, lo único que no podrán quitarte es tu belleza´´.</p>
<p>Yo respiraba hondo cuando escuchaba a Tita, aun cuando sus palabras eran ríspidas, algo de ternura suavizaba sus comentarios, como si su comprensión del mundo y de lo que estaba ocurriendo la divirtiera.<br />
Inteligente, utilizaba una dialéctica sutil para hacernos sentir tontos a todos.<br />
Fue la que cuidó a papá en los últimos años. Se acercaba a cubrir sus piernas desmadejadas, abrochaba la chaqueta acolchada que nunca volvió a quitarse, como si el frio le naciera desde adentro.</p>
<p>A veces yo lograba convencerlo y pasaba su cuerpo lastrado a la silla de ruedas de la abuela Chila, lo llevaba al jardín donde los frutos se descolgaban de los árboles con el mismo entusiasmo de antes. Pequeños astros que siempre habían iluminado nuestra mesa.<br />
Papá me pedía, entonces, que lo fuera acercando a cada uno de los árboles: al de naranjas, al limonero, al de durazno, al platanal, el de limas. Sus manos delgadas y gráciles recorrían los nudos de los troncos, con sus brazos deletreaba un nuevo cuerpo vegetal. Cada árbol había sido sembrado el día del nacimiento de Nené, de Tita, de Chepe, de Nuni y del mío. Así el alma de la planta se transmitiría al carácter, sembraría su impronta en el humor de cada uno de nosotros.<br />
Papá abrazaba intensamente a los árboles de naranja, durazno y al de lima. Nené, Tita y yo. Miraba con tristeza al limonero y movía rítmicamente su cabeza. Panal de dolor.<br />
Yo alcanzaba a escuchar, brotando por su boca desfigurada, el nombre de Nuni.</p>
<p>A Nuni nunca la conocí.  A los quince años, sin hojas de higuera que la cubrieran, salió al jardín enarbolando el viejo crucifijo de la abuela Chila. Salmodiaba una canción a la Virgen María. Su delirio místico cesó a la llegada del Dr. Blandón, quien le acarició la cabeza y cubrió su cuerpo con la gentileza de su abrazo. Se la llevaron a la capital donde los baños de agua fría fueron mitigando su furor místico hasta que la encontraron en la laguna de Tiscafa. Pequeña Ofelia.</p>
<p>Mamá, después de la muerte de Nuni, nunca mas regreso al jardín: «No le debí haber permitido a ese hombre sembrar un limonero´´, decía .<br />
Desde lo de Nuni, papá se transformo en «ese hombre´´ . Yo fui el resultado de una noche, quizás donde papá volvió a llamarse José.<br />
Mamá no pudo o no quiso darme pecho. Una alegría intermitente inquietaba sus días. El Dr. Blandón recetó unas pastillas para aminorar el escozor: Benadril. Después, mamá navegó en cardúmenes de migrañas hasta asfixiarse en ellas.</p>
<p>Yo tenia cinco años cuando acompañe al cortejo fúnebre. Asida a la mano de Tita me distraía con la tumba de Don Rafael Castellón. Los grandes ángeles de alas amenazadoras exprimían su sombra en el suelo de la tierra negra y yo esperaba sólo el aletear y su huída.<br />
El padre Baltodano logró hilvanar un discurso elegíaco: Quería a la muerta. Yo no alcanzaba a encontrar el rostro de mamá en la mujer que describía: alegre, entusiasta, devota. Yo solo recordaba aquella mujer de cuerpo luctuoso y doliente, yo…</p>
<p>Papá tampoco se acercaba al plátano desbordante de hojas canoa. A Chepe lo había borrado de su vida y pretendía, a su vez, borrarlo de las nuestras. Una noche, mientras dormíamos, acuchilló el tronco generoso, mientras susurraba: «Maldito traidor´´.<br />
Chepe, el del uniforme blanco, condecorado con insignias por el general, se volvió su ángel guardián, el custodio de sus sueños amorosos en las hamacas que se mecían a la orilla del `bunker´. Chepe, el que probaba el pescado recién engañado, para que ningún veneno se deslizara por la garganta del general. Chepe, el primero en subirse al avión que transportaba en su huida a quien hasta hacía poco era  «El Benemérito de la Patria´´. Se fue con el a su exilio tostado. En el avión se llevaron su hamaca, sus guayaberas blancas y a su amante añosa.</p>
<p>«El general se fue a Paraguay´´, decían. «Ya la bestia se fue´´, gritaban los semilleros de quienes después serían «Las turbas divinas´´.<br />
Y sí, el general se fue solo, el otro general lo recibió. Entrechocaron estrellas. Al general, el nuestro, le gusto la carne contigua al general , el otro. Fue su sentencia. Aquel paisito que había quedado cerrado para todo lo que no fuera el correo y los cobros de la Banca Mundial, se abrió para recibir un comando especial. Luciferinos, sus integrantes tramaron la muerte del desterrado. Una bazuca, una explosión. Aquel pedazo de tiempo que era el general, estalló, se borró. Su Rolex de oro relumbraba entre los escombros.<br />
Con la muerte de su tiempo, se pretendía borrar el tiempo histórico: cuarenta años de dinastía tropical .</p>
<p>De Chepe no supimos más. Alguna noticia nos llegaba. Estaba organizando las huestes vengadoras, decían, las que regresarían para instaurar en el trono a «Chigüín´´.<br />
Nunca supimos si por represalias o porque así tenía que ser, -para que le péndulo de la historia pudiera continuar-, el nuevo gobierno despojo a papá. Las miles de hectáreas quedaban reducidas a unos bonos cuyo pago se difería a 25 años. «Tierras de papel´´, fue lo único que papá dijo. Al día siguiente lo encontramos chapoteando en sus propios humores: demediando, con un lado de su cuerpo estancado, cristalizado para siempre.<br />
Tita lo cuidó con esmero. Logro sentarlo. La silla de ruedas de la abuela Chila fue desempolvada. Desde entonces la canícula de invierno se metió en su cuerpo y su chaqueta acolchada se convirtió en una segunda piel.<br />
Aquella verba maravillosa, aquella facundia que había alimentado nuestra infancia y adolescencia con los juegos de palabras, retruécanos elaboradísimos, y cuentos de duendes, c dejos y lloronas, se convirtió en una lengua de Moisés, balbuceante y tímida.</p>
<p>Tita lo sometía a ejercicios implacables. Logro finalmente que comiera solo y que su lengua se desentumeciera. Fue entonces cuando comenzó su salmodia: La Guanábana, el Encanto, el Tanque, Hungría, Sábana grande, el Porvenir, Yupalí…una lista de nombres y nombres y nombres.</p>
<p>Una noche la canícula de invierno se metió mas hondo en el cuerpo de papá. Compramos el ataúd más chico. Carne consuncionada, poquísima carne, era lo que quedaba de el.</p>
<p>Tita lo arregló, lo lavó con pulcritud, lo vestimos con uno de sus trajes de lana inglesa. Al sacudir su chaqueta, Tita encontró un fajo de papeles: los bonos con que le habían permutado sus tierras… Tierras de papel.<br />
Ahí estaban los nombres: Hungría, el Porvenir, Yupalí…</p>
<p>Cerramos la casa , no sabíamos, entonces, si alguna vez volveríamos a poblar corredores.<br />
Tita y yo salimos al jardín, corrimos hasta estrellarnos cada quien contra su propio árbol.</p>
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		<title>El collar de perlas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Jan 2016 03:36:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Para: Doris, lectora resignada de mis relatos. Quien por fin, disfruto las cuentas de este collar. Tengo un amante, dijo. Te quedaste perpleja. La insolita revelación aquietó el jugueteo de tu mano, por encima de tu largo collar de perlas. Tu rosario de rica, como solías decir.   La observaste con detenimiento. Celeste evitó mirarte. &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="p1" style="text-align: right;"><b><i>Para: Doris, lectora resignada de mis relatos.</i></b></p>
<p class="p1" style="text-align: right;"><b><i>Quien por fin, disfruto las cuentas de este collar.</i></b></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-1972 alignleft" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/collar1.jpg" alt="collar" width="213" height="320" />Tengo un amante, dijo. Te quedaste perpleja. La insolita revelación aquietó el jugueteo de tu mano, por encima de tu largo collar de perlas. Tu rosario de rica, como solías decir.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>La observaste con detenimiento. Celeste evitó mirarte. Se habían citado en este café tan querido por ambas, donde podían vagabundear las miradas sobre las portadas de los libros dispuestos estratégicamente. Alzaste el brazo para tomar el libro que se encontraba más cercano. Era de una autora chilena, recientemente descubierta. Leíste el título en voz alta: “Nosotras que nos queremos tanto”. Tu voz resultó desconocido pozo de tu voz. Celeste enarboló una sonrisa displicente mientras tú tratabas de encontrar las palabras, en la telaraña, en que se había convertido tu mente. Despegaste algunas con el miedo y asco de su contacto.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-¿Lo conozco? – lograste balbucir.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Su “No” rotundo y seco profundizo, profundizo el abismo que ya empezabas a vislumbrar, después de esa mañana. Conocías a Celeste. El precio que tenias que pagar por una confidencia suya, era el silencio y el distanciamiento de meses. Nunca lo entendiste. Pero así era. Compañeras en la universidad, junto a las largas noches de lecturas dispersas Calvino, Cohen, Camus. Iban trenzando una relación inequitativa: tú, a decirlo todo, ella a esbozar alguna historia de familia, apenas.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Quisiste aligerar el peso que caía sobre ti. Juzgar con las palabras. Tomaste con prisa el resto del café ya frio.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Le pone títulos que suenan a bolero.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Celeste te miro con recelo.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Su voz fue ríspida<span class="Apple-converted-space">  </span>-¿No es a que te refieres?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Te reíste con nerviosismo.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Me refiero a la escritora chilena, que te decía antes. Otro de sus libros es ‘’ para que no me olvides ‘’ . Dime si no te parece una frase de bolero.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Era una salida absurda. Lo comprendiste cuando viste su boca enfurecida. Pero algo que iba creciendo adentro de ti, te impedía posarte en las frases que pugnaban por brotar.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Tu mano nerviosa se enredó nuevamente en tu collar de perlas.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Tengo un amante, tengo un amante ¿me escuchas?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Los ojos de la pareja que estaba en la mesa de junto sobrevolaron por la mesa de esas cuarentonas, ávidas de adrenalina y perfume ‘’ Envy ‘’ .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-No grites – masticaste la frase, ya te oí. El jalón con que acompañaste tus palabras, rompió el delgado hilo de tu collar. Las perlas se desperdigaron por la mesa y el piso. Entre Celeste y tú, un mesero solicitó y otra mujer de una mesa cercana, recogieron las cuentas de tu collar. Las pusiste en el fondo de tu bolsa negra. Sabias que tenias que haberlas envuelto, protegerlas; las perlas eran vivas, decía tu hermana, se mueren cuando no las cuidas, pierden su luz.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Pediste otro café. Brownises , un pedazo de cheese cake y una bola de helado de cajeta. Querías comer. En ese momento el agujero de tu estomago era ingente. Tenias que llenarlo con algo. Aprisa. Llenarlo. Plenitud bulímica. Pasarías después por el pastel de coco, te lo acabarías con un litro de leche.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">La tristeza podía esperar. ¿Era tristeza? No, no deseabas en grande. ¿Miedo? Un poco. ¿Desconfianza ?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>No habias leído todos los indicios de los últimos meses: la operación de pechos, la liposucción, el tatuaje de las cejas, las cremas untuosas del cuerpo, la lencería seductora. ¿Cómo se te había escapado el lenguaje inequívoco del juego amoroso ?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Bastaba ver tu cuerpo. Aquellos kilos de más, las canas que pespunteaban tus cabellos, la falda larga, el suave trazo de tus labios rosados, las pequeñas e insidiosas arrugas que empezaban a aparecer en las esquinas de tus ojos.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Desconociste a un más tu voz.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-¿Y Alberto ?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-No lo sabe. El es su amigo.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">El. No te dijo su nombre. Ese, el te penetro como bisturí.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-¿Lo amas? acertaste a preguntar.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-No. Es química. Cuestión de cuerpos.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">De piel ¿Me entiendes?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-¿Y con Alberto?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Un gesto triste.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Es como acostarme con un tío.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Muy querido, si, pero un tío.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-¿Y las niñas?</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Se rio.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Están muy bien gracias. No tienen por qué enterarse. Tienen una mama renovada, estimulada y viva…</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>En la medida en que hablaba tú percibías su transfiguración. Era un rostro que desconocías.<span class="Apple-converted-space">  </span>¿Pero acaso lo habías conocido alguna vez? una amiga común solía decir de Celeste que era ‘’ recovecuda ‘’ . Alguien llena de recovecos y de agujeros por donde solía escabullirse.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Nunca había sentido esto. No creí que mi piel hablara. Pero habla. Adquiere otra textura. Es la misma sensación que tengo cuando corro. Siento un aleteo …</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>No podías seguirla escuchando. Separaste tu cuerpo de tu pensamiento. Tenias que pasar por el queso feta que tanto le gustaba a Jose, enviar la ropa de la tintorería, comprar el libro que Dehesa recomendó, en tu clase de los martes, comprar los geranios, para las macetas de la entrada.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Ten cuidado – le dijiste.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Te levantaste, arguiste la salida de la escuela de los niños.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Se te hacia tarde.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Quedaron de verse. La próxima semana, algo así te dijo.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Saliste con prisa . En el coche , recordaste que no habias pagado la parte de tu cuenta. Algo establecido desde siempre .Despues se lo dirias . Le debias una disculpa .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Cuando llegaste a tu casa te tranquilizaste ahí estaba Jose . Buscaste su contacto . Tenia un regalo para ti . Veinte años de haberse conocido . Eso había que festejarlo . Tu viaje a la india . Dos semanas y estaris en el país que ocupaba tus lecturas desde hacia años .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Ese mes que pasaste embriagada de colores, tropezando en cada rincón con hombres ‘’ vestidos de espacio ‘’ y miradas muy fuertes, imágenes de bailarines cósmicos, vacas ciudadanas de las calles, comidas picantes y olorosas, diluyeron el recuerdo de Celeste.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Le enviaste algunas postales con el deseo de que se extraviaran. Un nuevo encuentro era inevitable. Te oíste mentir como nunca: dentista, ginecólogo, junta en l escuela, los pretextos se agotaban.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Tenias que verla. Ya no en el café. Escogiste Plaza Loreto. Podían ir al cine después.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Delgada, guapa, segura, entro en el lugar.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">El beso de rigor. Ojeras, que ni siquiera el corrector lograba ocultar.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Hablaste de tu viaje. Te escuchaba sin entusiasmo.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Tengo que dejarlo…</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Su interrupción almidonó tu sensibilidad. No la escucharías. No querías esas confidencias. Vulneraba tu seguridad.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Que viviera su “encuentro de epidermis” lejos de ti. No quería salpicarte.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>-¿Recuerdas cuando vimos la película de ‘’el imperio de los sentidos ‘’? al salir me dijiste que demasiado Eros atrae el Tánatos. No puedo evitar verlo cada día es como ahondar en una adicción. Tapaste tus oídos. <span class="Apple-converted-space">  </span>Ulises femenino. Sirenas perversas. Cera en tus oídos. Mira como mueve los labios mudos. No oyes, no oyes nada. Sus lágrimas caen sobre el plato. El almidón de tu corazón se desintegra. Cae la cera de tus oídos.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Le sugieres que se vaya a ver a la Dra. Di Pardo, una excelente psicoanalista. Celeste ríe. Se te olvida que no cree en ‘’eso ‘’ como despectivamente la has escuchado decir innumerables veces.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Eres franca. Tratas, al menos. No sabes cómo ayudarla. Se lo dices. La confidencia te escuece. Y verla así, extraviada, enloquecida de piel, te sublema más. Que te perdone pero así es. Ya no recuerdas lo que dices.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>La invitas al cine. La película está basada en una novela leída por ambas. ‘’ Malena es un nombre de tango ‘’.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Se rie , es una risa suelta como las de antes.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Celeste es un nombre de crisis , dice.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Festejas su humor . Al llegar a la taquilla se enteran que los boletos están agotados .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Una colmena de jóvenes las empuja .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Celeste te comenta que parece que ya no tiene cabida, los jóvenes invaden todo .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Son como lepra – concluye .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Le dices que eso se llama envidia .Son pieles tersas .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Nunca la habias visto intolerante .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Abre su bolso , extrae unas pastillas . Alcansas a leer ‘’ Prozac ‘’ .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Celeste encuentra tu mirada.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">-Mi vida antes y después de ‘’Prozac ‘’ .</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Has oído hablar del producto. Es un antidepresivo que esta de moda.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Te percatas que tus amigas, casi todas, toman o antidepresivos o pastillas para bajar de peso.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">‘’El valle de las muñecas ‘’ piensas.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Mira que venir a recordar una lectura de adolescencia.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>La última imagen que te queda de Celeste es su cuerpo esbelto perdiéndose entre la colmena de jóvenes.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Anoche lo supiste Jose te dio la noticia. Quisiste gritar. Le pediste que no fuera cruel, que no era cierto. Celeste estaría ahí, en el café de siempre, con su risa, sus comentarios mordaces, su figura elegante, estaría ahí sin pieles adheridas, sin pechos voluptuosos. Estaría sola, única irrepetible.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Celeste ,Celeste ,CELESTE, no es un nombre de muerte.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>No has<span class="Apple-converted-space">  </span>querido verla. Prefieres recordarla como antes. El rostro de la muerte no le queda bien a nadie. Traerla a tus sueños como era. Alberto te pidió hablar, pregunto si sabias que Celeste tomaba somníferos. Moviste la cabeza. Un gesto escueto. No sabias.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;">Ahí están todos los amigos comunes, los hermanos de Celeste. El féretro cerrado.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Ves una pequeña mujercita que se acerca. Anadando llega al ataúd, quiere alcanzar la tapa, no lo logra. Es enana Te preguntas, de donde pudo salir. No la conoces. Sus esfuerzos desacompasados te inspiran hilaridad. Te muerdes las mejillas. No quieres reírte. No, en el velorio de Celeste.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Alberto te mira. Rehuyes de su mirada, sientes también los ojos del hombre que lo acompaña agarrándolo del brazo.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Ojos fieros, no lo conoces. Insiste en su mirada. Tu no sabes qué hacer. Abres tu bolso. <span class="Apple-converted-space">  </span>Hurgas en él. Suelto, quizás encuentres un kleenex. Siempre traes. Necesitas sacudirte el dolor. Arrancarle el hielo a los ojos. Tu mano, huronea, busca, tienta. En el fondo, la sientes. Unas pequeñas cuentas se enredan entre tus dedos. Se mueren, piden su luz, piensas.</p>
<p class="p2" style="text-align: justify;"><span class="Apple-converted-space">  </span>Los ojos del hombre, inquisitivos, te observan.</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Un poquito de tierra para recordar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Dec 2015 03:48:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[          “Para Diana, cazadora siempre” Decían que los concordianos habían adquirido sus calles para tener a su alcance las grandes piedras que le servían de municiones para mantenerse entre ellos. Decían que era un pueblo donde los hombres mataban con las balas y las mujeres con sus miradas. Decían de alguien que venía huyendo y &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_1735" aria-describedby="caption-attachment-1735" style="width: 347px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-1735" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/luna-2.jpg" alt="luna 2" width="347" height="484" /><figcaption id="caption-attachment-1735" class="wp-caption-text">Yanika Luna</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;"><strong>          “Para Diana, cazadora siempre”</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Decían que los concordianos habían adquirido sus calles para tener a su alcance las grandes piedras que le servían de municiones para mantenerse entre ellos. Decían que era un pueblo donde los hombres mataban con las balas y las mujeres con sus miradas. Decían de alguien que venía huyendo y había sembrado la primera casa del pueblo, y era, entonces, un pueblo maldito, construido con la saliva del rencor y las historias sucias.
</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie sabía con precisión cuándo habían llegado los demás, pero las cosas se fueron acumulando, sin orden, alrededor de la pequeña plaza de árboles desnutridos y resecos. Decían… ¡tantas cosas!
</p>
<p style="text-align: justify;">Su hermana La Negra les contaba todos los rumores, y era la que se enteraba de quién llegaba, quién se iba, quién moría y quién vivía con quién. Pero con ella tenían que andar con cautela por su afán de fabular; La Negra era capaz de decirles que desde el limbo había visto cómo nacían todas las hermanas mayores y por qué les ponían nombres que respiraban otros aires.
</p>
<p style="text-align: justify;">En el “lo sé todo” se informaba de lo que la maestra Herminia no podía responderle. Diana jamás olvidaría aquella vez cuando La Negra se acercó sigilosamente y le dijo en secreto que ya sabía por qué le habían puesto “Diana”: “Para que cazaras y mataras hombres; vos nunca podrás casarte”. Y le dijo también que los ojos se le habían hecho grandotes, como venado, para que pudiera ver a la mocuana, la llorona, al cadejo y a la cegua, y así podría cuidarlas a todas y Dulce Penélope no lloraría por las noches. Desde entonces tuvo pesadillas: un toro que bufaba en su cabeza, pies que corrían, jadeos y esa bola negra, inmensa, que rozaba su espalda y siempre estaba a punto de alcanzarla.</p>
<p style="text-align: justify;">–Mañana llevaré a Diana con el compadre Alejandro, tiene calentura y delira, dice cosas –oyó que mamá comentaba.
</p>
<p style="text-align: justify;">Hacía días que los orzuelos enormes le cubrían los parpados. La Negra estaba trise, y le comentó que seguramente ya no sería cazadora. Justina les prometió llevarlas con doña Laura, porque como acababa de dar a luz, ella, con sus pechos rebosantes de leche tenía la mejor medicina. Nunca supo quién le fue con el chisme a mamá. Eso decidió todo.
</p>
<p style="text-align: justify;">Sus hijas se estaban criando con vacas y piedras, con supersticiones y creencias absurdas. El colmo había sido lo de Justina, llevar a la niña a recibir en sus ojos infectados el chorro de leche de doña Laura. Ya no quería ese pueblo para sus hijas. Las monjas las recibirían, al aceptarlas sabían que todos los productos deliciosos de “la costumbre”, llegarían a su mesa bien servida. De nada valía llorar, suplicar, los últimos días fueron de telas, medidas, zapatos y despedidas.
</p>
<p style="text-align: justify;">Diana recogió todas sus cosas: el rosario que le regaló su tía Nidia por su Primera Comunión, el libro de cuentos donde estaba el gato con botas y que le recordaba a papá: “¿de quién son esas tierras?, ¿del Márques de Carabas?”. ¿De quién son todas esas tierras?, ¿de papá, de papá, de papá? Metió entre sus camisolas dobladas la foto que la Navidad pasada le tomaron con el primo Ricardo: feliz él, abrazándola finalmente. Por supuesto que no aparecía la hilera de ladrillos donde tuvo que pararse para poder alcanzarla. Ella, llorosa, enojada por las morisquetas que le hacían sus hermanas mientras le cantaban: “Diana tenía un violín y con él se divertía, y cuando Diana quería el violín decía…”.
</p>
<p style="text-align: justify;">Guarda todo: su colección de llaves, sus cromos y la navaja preferida de La Negra, quien solamente se la había entregado “para que te defiendas y mates a muchos hombres”. Le había recordado, además, una mujer desnuda disparando un arco: “Esa sos vos, llévatela para que te acompañe”.
</p>
<p style="text-align: justify;">Salió al patio, habían regado con la manguera roja y el olor a tierra la inundó totalmente. Se sentó, con sus uñitas rascó la tumba reciente de la Bamba, la perra que había muerto. Se llevó a la boca los grumos de tierra y los saboreó, mientras las lágrimas le caminaban por la cara. ¿A qué sabía la tierra de Jinotega? ¿No le gustaba? Abombó su falda y echó en ella toda la tierra que le alcanzaba, la metería en una de sus fundas.
</p>
<p style="text-align: justify;">No supo cuánto lloró. Desde donde estaba podía ver la hamaca colgada en los matapalos. Papá hacía la siesta; vio cómo jalaba a Rosa, la china de su hermana Penélope, y buscaba algo entre sus faldas. Se sintió observado y la vio, alzó el puño; ella corrió, cuidando, eso sí, de no tirar la tierra que llevaba en su falda. Papá no volvió a hablarle, ella no entendía, Rosa se había ido.
</p>
<p style="text-align: justify;">Subieron a la camioneta, desde la ventana muchos ojos las observaban. Olimpia, su hermana mayor, le había echo un peinado elaborado y todos se rieron al verla: era toda una señorita de diez años. Se distrajo con las risas. Su primo Ricardo, parado en el quicio de la puerta de la casa grande, mecía la mano despidiéndola. Rogó que sus hermanas no comenzaran con su canto, pero no, todas estaban tristes.
</p>
<p style="text-align: justify;">Afortunadamente en el último momento se le ocurrió cargar en sus bolsillos bastante tierra, se metió un terroncito y lo comió en silencio.
</p>
<p style="text-align: justify;">Las monjas no eran tan malas como le habían dicho a su hermana La Negra; es cierto que tomaban las cajetas de leche, las mermeladas de higo y las cuajadas que papá y mamá traían, no obstante, lo que sí le molestaba era bañarse a las cinco de la mañana con el camisón puesto: “Dios la miraba y el cuerpo no se debía mostrar, era pecado”.
</p>
<p style="text-align: justify;">Micaela tenía cuatro o cinco años más que ella, nunca lo supo bien. Desde que llegó, se convirtió en su gran amiga, casi todo lo compartían. Lo único que nunca le diría era que comía tierra a escondidas y que de vez en cuando acariciaba la navaja que La Negra le había regalado “para matar hombres”.
</p>
<p style="text-align: justify;">En el colegio de las monjas no entraban hombres, todo el trabajo lo hacían “las hijas de casa”. El único que acudía era el padre Núñez, un cura joven y casi guapo, que les revolvía el pelo cuando llegaba. Micaela le dijo que tuviera cuidado, que cuando fuera a confesarse nunca estuviera sola: nunca, nunca, nunca.
</p>
<p style="text-align: justify;">Los días eran largos, las mañanas frías y las tardes de armonio y rezos. Las noches eran del toro y sus pies huyendo. La noche anterior sintió un dolor en sus pechitos, comió tierra, tal vez el sabor hiciera que el dolor disminuyera… ya se la estaba acabando, tendría que confiarle a La Negra su secreto para que en su próxima visita le llevara un poco de tierra.
</p>
<p style="text-align: justify;">En el baño le dijo a Micaela lo de su dolor, ésta le pidió que se quitara el camisón, y entonces le mostró sus pechitos hinchados, Micaela se los chupó mucho rato: “es buena medicina”, eso le dijo; ella sintió una cosquilla que subía por alguna parte de su cuerpo.
</p>
<p style="text-align: justify;">Toda la mañana estuvo preocupada: ¿y si fuera pecado lo que hizo con Micaela? ¿Y si Dios la castigaba? ¿Y si…? Llegó a la penumbra de la capilla. El padre Núñez estaba solo, ¿cómo decirle? No supo en qué momento se lo dijo. El padre Núñez se rió. No, no era pecado. Se levantó, cerró el pestillo de la puerta. Él también podía ayudarla. Cerró sus labios en la hinchazón de sus pechos. La cosquilla no subió esta vez, esperó, esperó… Pensó en la navaja de La Negra… y si…</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>El color del hambre</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Nov 2015 01:14:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Para: Diana e Ivonne, Escribas de mis noches – diurnas “Siempre estás pensando en mí, de tu mente no me puedo ir, piensa en otra y déjame salir” El ritmo es pegajoso. Repites alguna frase, tamborileas en el volante. Te miras en el retrovisor, te gustas: escogiste el color que más te favorece, eso fue &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><em>Para: Diana e Ivonne, </em></strong><br />
<strong><em>Escribas de mis noches – diurnas</em></strong></p>
<p><strong><em>“Siempre estás pensando en mí, </em></strong><br />
<strong><em>de tu mente no me puedo ir,</em></strong><br />
<strong><em>piensa en otra y déjame salir”</em></strong></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone  wp-image-1567" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/1977-Poetaóleo-sobre-tela68x79cms..jpg" alt="1977 Poeta,óleo sobre tela,68x79cms." width="408" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">El ritmo es pegajoso. Repites alguna frase, tamborileas en el volante. Te miras en el retrovisor, te gustas: escogiste el color que más te favorece, eso fue lo que dijeron en el diseño facial: un azul rey; y de veras que sería el rey de los colores de no ser por el rojo, pero ese color ni muerta; aunque está de moda últimamente. Qué bueno que te animaste a dejar el negro, luto perenne, y todo porque te sentías pasada de peso.
</p>
<p style="text-align: justify;">No quieres verlo. Sabes cuando una relación está dando los últimos estertores; algo aprendiste de las clases de Prieto cuando analizaban las novelas de Moravia.<br />
Se lo has dicho, honestidad antes que nada, ésa es tu consigna. Insiste, no puede dejar de pensar en ti, eres su obsesión. ¿Cómo explicarle que tú estás en otra cosa? Le pediste que se dieran un break… la palabra te molesta, adultera el lenguaje que acostumbras.</p>
<p style="text-align: justify;">Tú siempre traes una teoría a cuestas, un autor por discutir; deconstruccionismo es lo último que has visto. No entiendes nada, pero pones cara de inteligente, como si realmente lo aprehendieras.
</p>
<p style="text-align: justify;">Tenías mucho tiempo de no sentir esta placidez. Mañana te sentirás libre. Hay nudos que te atan, y el que tienes te atenaza la garganta.
</p>
<p style="text-align: justify;">Amaneciste sin asma, buen síntoma. Los últimos quince días fueron un suplicio; entre el asma y las llamadas de Gabriel te sentías acosada. Lo bueno es que en la universidad no puede localizarte… sabes de memoria lo que te dirá: “No me dejes, déjame reconquistarte, sin ti no puedo estar… si me dejas, me mato”.
</p>
<p style="text-align: justify;">¿Por qué tiene que hacerlo todo tan dramático? Es tan patético lo que ocurre, hasta su tía te habló. Claro, como lo tiene en su casa todo el día, ya no sabe qué hacer. Eso te pasa por relacionarte con un actor; qué sensibilidades tan enfermas, son tan lábiles. Juras que la próxima vez te buscarás un contador: estructurado, ordenado, sin complicaciones… como si la profesión lo fuera todo, ¡después hay cada esquizofrénico!
</p>
<p style="text-align: justify;">Dejas el coche en el valet parking. Entras en la Taberna del León. Ahí está esperándote; se vistió de negro, rotundo negro. Maryfer dijo en su curso de psicología que los depresivos crónicos buscan siempre colores apagados. Hoy, tú estás maniaca, por eso escogiste el azul escandaloso.
</p>
<p style="text-align: justify;">Ya habías pensado en lo que pedirías, ese filete de pescado con ajonjolí y chile; ver a Gabriel cancela tu apetito. Trae puesta su cara de Hamlet… sólo esperas que de sus manos brote una calavera: That is the question!
</p>
<p style="text-align: justify;">Te habla de su amor, de tocar tu piel nuevamente, delinear con sus manos tu deseo, leer el capitulo 7 de Rayuela y hacer brotar una boca del dibujo de tu rostro.
</p>
<p style="text-align: justify;">No sabes qué hacer. Desde el arpa de tu estómago sientes venir una oleada de náuseas, no sabes en qué momento su olor comenzó a molestarte; imaginarte a su lado, respirando su aromosa tristeza, arañando la costra de su desesperación… Lo que sí sabes con certeza es que llevarías tu cuerpo con la fuerza de tu rechazo para que de Gabriel no quedara ni un átomo de su historia; lavarte por dentro, borrar sus huellas pegajosas, expulsar los restos de sus besos, desenredar tus cavidades, las palabras que un día susurró en tus poros, sentirte libre, que el aire penetre en tu cuerpo, que corra por él sin obstáculos; experimentarte libre para salir de su mente, dejar de sentirte vejada en sus sueños y nostalgias.
</p>
<p style="text-align: justify;">Qué distantes los días de tus ansias alocadas, cuando las horas transcurrían con paso de hormiga, mientras tú, sentada en la última fila del foro “La conchita’’, esperabas el final de los ensayos. Mirabas a Gabriel con la medida de tus ganas. Gabriel se demoraba, se desgajaba en flirteos descarnados. El beso dado en cada escena te perseguía: morosos, expectantes, sus labios vagabundeaban en la boca de una compañera. Sentiste siempre la mirada burlona de la actriz de marras. Cuando tú y Gabriel partían, ella gritaba: “Hey Gabriel, no se te olvide practicar el final de nuestro número, te doy permiso”.
</p>
<p style="text-align: justify;">Fue por ese tiempo que lo escuchaste decir que la gordura era algo aborrecible. La mujer tenía que estar lisa, sin enjundias que abultaran el cuerpo; para evitar eso estaba la liposucción, la salvación de las gordas. Comenzó a medir lo que comías, sus ojos críticos se arrastraban por tu cuerpo. Empezabas a ver tus muslos gruesos, como si fueran enemigos, tus pechos se agitaban en el espejo distorsionado de tus pupilas. Querías comerlo todo, nada llenaba el apetito que crecía como una boa cósmica. Para disimular las huellas de tus excesos de alimentación, tus “festines de Babette” privados que ocultabas a su mirada exigente, adoptaste como uniforme tus ropas de duelo.
</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando descubriste que tu dedo era potente, poderoso, que podías introducirlo en tu garganta y raspar con él tu epiglotis hasta hacer que tu vomito espumoso ascendiera vivo, desafiante, mirabas con placer los restos de chilaquiles o pastel de chocolate que acababas de comer. Te sentías dueña de la porción de mundo que te tocaba vivir. La comida no dejaba rastros en ti, era tu secreto, tu pequeño número de magia particular. Sólo así mirabas en el restaurante la carta que te había dado el mesero para elegir los platillos que después vomitarías; descubriste que ya no existía el placer de saborear, sino el placer de arrojar de tu cuerpo todo lo extraño.
</p>
<p style="text-align: justify;">Gabriel era lo más extraño, lo más ajeno a ti, su voz te llegaba arenosa: “ No te puedes ir de mí, si te vas seré tu pesadilla para toda la vida”. Hubieras podido contestarle que ya era tu pesadilla, que querías vomitarlo como si se tratara de una rebanada de pastel enmohecido. Le dices que es egoísta, que siempre lo ha sido, que se quite la máscara, que ya no está en el teatro, que te deje salir de su mente, que no tiene derecho a retenerte.
</p>
<p style="text-align: justify;">Su mano morena azota el florero de la mesa y cae con estrépito. Gabriel se aleja, el aire penetra en tus pulmones con la fuerza de un ciclón, cierras los ojos para evitar que las miradas de los demás comensales penetren tu intimidad, que se siente liberada.
</p>
<p style="text-align: justify;">Viste una blusa roja en el escaparate de Frattina, la quieres; rojo, el rey de los colores, tal vez te atrevas a pautar tu camino de libertad reciente. El celular resuena en el fondo de tu bolso, contestas, es la tía de Gabriel: está encerrado en el baño, no contesta, te apremia. Tienes que ir. De un manotazo avientas el teléfono. Chantajes, son puros chantajes, ya sabías que esto vendría. “Esto me pasa por meterme con este pinche actorcillo de quinta, que ya imagino tiene el show preparado, no tengo que comprar el boleto. Maldita la hora en que lo conocí… y este tipo de adelante que no se quita, me dan ganas de aventarle el coche al imbécil… Qué tráfico… si todavía no es la salida de las escuelas… hubiera tomado un taxi, con lo nerviosa que estoy…”.
</p>
<p style="text-align: justify;">Como puedes, estacionas el coche. El vómito espumeante y picoso asciende, puedes sentir, la comida china por tu esófago, todavía alcanzas a oler el café que endulzaste esa mañana. Te limpias con el dorso de la mano… Que no le pase nada, que no le pase nada… que sea una más de sus actuaciones.
</p>
<p style="text-align: justify;">La tía de Gabriel te espera, corres al fondo del corredor, tocas el cristal de la puerta, lo llamas, dulcificas la voz, acendras la dulzura de tu dicción. Nadie responde. El tambor de tu cuerpo se desborda, de la orilla del patio interior tomas una piedra, rompes el cristal e irrumpes en el pequeño cuarto de baño. El bulto se mece incierto. En el espejo del gabinete vez los ojos entreabiertos que te miran.     Oyes la voz de la tía de Gabriel, que grita. No lo crees, es otra de sus trampas teatrales. Balanceas sus piernas, el cuerpo se bambolea y algo mancha tus manos, es excremento. Tus ojos deciden por la mancha amarilla que se abre gigantesca, desde el fondo de ti el sabor conocido se acerca, la arcada te viene con la fuerza de tus futuras noches de insomnio.</p>
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		<title>La Hamaca</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 31 Oct 2015 21:20:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Para: Ada Carrasco. Que me regaló un sentimiento. “Sueño un horizonte falto de palabras. En la sombra y entre las luces todo es negro para mi mirada” (De una canción de Andrea Bocelli) He vuelto a recordarla. Ella, mi tía Clara, fue el eje de mi infancia. Era hermana de mi abuela, la más chica &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong>Para: Ada Carrasco.</strong><br />
<strong>Que me regaló un sentimiento.</strong></p>
<p>“Sueño un horizonte<br />
falto de palabras.<br />
En la sombra y entre las luces<br />
todo es negro para mi mirada”<br />
(De una canción de Andrea Bocelli)</p>
<figure id="attachment_1532" aria-describedby="caption-attachment-1532" style="width: 650px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-1532 size-full" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/volcan-1.jpg" alt="volcan 1" width="650" height="405" /><figcaption id="caption-attachment-1532" class="wp-caption-text">Pintura. Murillo, Gerardo (Dr. Atl)</figcaption></figure>
<p>He vuelto a recordarla. Ella, mi tía Clara, fue el eje de mi infancia. Era hermana de mi abuela, la más chica de esa casa de mujeres.</p>
<p style="text-align: justify;">De verdad que las casas habitadas por mujeres son distintas. Al menos a mí me lo parecen. Son casas con más luz, llenas de olores peculiares, plantas, flores. La casa de mi tía Clara era así; y de una blancura que cegaba. Las plantas le daban un aire selvático y crecían como matorrales. Tenía buena mano para sembrarlas. Bastaba con que alguien le regalara una pequeña estaca, una hoja, para que ella lograra hacerlas germinar. Pero lo que más me gustaba de su jardín eran dos enormes matapalos, rugosos, serenos, cercanos y de un verde alegre.</p>
<p style="text-align: justify;">Tía Clara había colgado una enorme hamaca familiar tejida en Masaya, una remota ciudad centroamericana donde tío Julio, su esposo, pasó algunos días arreglando asuntos de negocios. La hamaca blanca y hermosamente trabajada era disputada por todos; nos mecíamos en ella cuando llegábamos a visitarla.</p>
<p style="text-align: justify;">Mis hermanas Ana y Lila me tenían envidia, yo era la preferida de tía Clara, no sé si por ser la mayor o porque había heredado su nombre. Los domingos me llevaba a Misa y después comíamos unas enchiladas suizas en el Sanborns de los Azulejos. Disfrutaba esas mañanas: yo, con mi vestido de organza suiza, y tía clara con aquellas joyas de piedras que refulgían: esmeraldas, topacios, rubíes, amatistas, aguamarinas… dependiendo el color del traje que vistiera. Siempre le atrajeron las alhajas, pero argumentaba: “mi mejor joya es mi marido”. Cuando reía, su boca armoniosa se abría, era como si todo su cuerpo participara en ese gozo.</p>
<p style="text-align: justify;">Tío Julio era ingeniero, un hombre de gestos elegantes y parva sonrisa. Sus trajes obscuros le daban un aspecto sombrío. Al ver a tía Clara, el rostro se le transmutaba, como si su sola imagen le inoculara vida y emoción. Nunca tuvieron hijos, pero sé que tía Clara lo intentó todo. Era el tiempo en que apenas se hablaba de la inseminación artificial, pero algo llegué a escuchar en las tardes en que se reunían a tejer macramé. Según la opinión de mi abuela, la inseminación era un agravio que se le infligía a Dios. “Más me ofende él al no darme hijos”, le respondía tía Clara. Nunca se volvió a hablar del tema; pero miraba cómo esa mujer desinhibida y alegre preparaba pócimas amargas con hierbas medicinales que le compraba en el mercado de Sonora a una vieja que me infundía temor .</p>
<p style="text-align: justify;">De un sólo trago se las tomaba, arrugaba la cara, la mueca se le desleía; asomaba nuevamente la sonrisa como si la imagen de algo o alguien querido le cosquilleara en la mente. “Tomaría lo que fuera con tal de darle un hijo a Julio”, me decía.</p>
<p style="text-align: justify;">Tía Clara tenía muchas amigas, Lupe era su consentida. Acostumbraba visitarla en el restaurante que ésta heredara de su esposo muerto. Servían unas maravillosas crepas con cajeta que yo enriquecía aún más con una bola de helado de vainilla. Lupe era diferente a mi tía, conservaba una aura de inaccesibilidad, como si viera el mundo desde un faro. Algo de ella me recordaba la oscuridad del mar profundo, un mar sin olas, de aguas caliginosas. Sus dos hijas, algo mayores que yo, habían calcado el talante taciturno de la madre; ante mis preguntas respondían con monosílabos.</p>
<p style="text-align: justify;">Tal vez yo comía por angustia; recuerdo que al salir de ahí, un dolor se me enroscaba en el estómago. El comentario de mi tía era invariable: “La próxima vez no permitiré que le agregues helado de vainilla”.</p>
<p style="text-align: justify;">El restaurante quedaba cerca de la joyería La princesa. Íbamos con la emoción reverberante, como quien acude a una cita de amor furtivo. Los ojos de mi tía Clara se abrían hasta la desmesura; con su lupa examinaba una a una las joyas que le mostraban, seleccionaba con rigor de conocedora: sus dedos palpaban, como si las yemas tersas tuvieran mirada.</p>
<p style="text-align: justify;">“Benditos los ojos que pueden ver esta maravilla”, repetía hasta la fatiga, cuando un anillo, o un collar o unos aretes monopolizaban su deseo. Pedía que la joya en cuestión se guardara en un cofre grande que tenía guardados todos “mis pequeños tesoros” como ella misma los nombraba.</p>
<p style="text-align: justify;">Un día sacó todo. Yo, extasiada, miraba deleitosamente cada pieza. Tía Clara sonreía: “Todo esto será tuyo algún día”, me susurró. “Dime, ¿cuál es la joya que más te gusta?”. Mi mano, atraída por el brillo de aquel anillo de brillantes, se estiró hasta tocarlo: “Me gusta éste, tía Clara”.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella rió estrepitosamente, campana sonando a rebato. “Heredaste mis ojos, sabes apreciar entre toda esta bisutería lo que es realmente bello”. Su beso largo mojó mi mejilla. “Será tuyo, no te preocupes”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la verdad que para mí lo más valioso era su compañía, aquel deshojar de su tiempo generoso. Tía Clara se comía el mundo a través de los ojos: “Mira –señalaba donde estaba ‘la mujer dormida’– ese volcán debe sufrir con tanto hervor por dentro y sin poder expulsarlo. ¿Despertara algún día?”. Yo observaba en la lejanía aquella montaña dulce y coronada de nubes.</p>
<p style="text-align: justify;">Para mí no fue una sorpresa que tía Clara quisiera construir una casa cerca de aquel volcán que amaba. Tío Julio, complaciente y munífico, proyectó el espacio más hermoso que podía imaginarse: una casa colonial mexicano, con sus enormes vigas, sus portones imponentes, sus nichos acogedores y sus ventanales que acaparaban la luz nítida del paisaje. El día de la inauguración fue un derroche de delicias. Mi tía invitó a toda la familia y a los amigos. Las mesas con flores competían con el color del mole, las enchiladas, el arroz dorado, la pierna adobada, los nopalitos a la vinagreta… Una semana completa para los preparativos de la gran comilona.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo deambulaba por todos los rincones, aspiraba el olor de las paredes enjalbegadas, de las flores deliciosas colocadas en búcaros espectaculares. Mientras en el jardín los invitados brindaban entre gritos y risas, subí al estudio de mi tío. Era la única habitación de la casa que no había visto terminada. Escuché susurros y, olvidando la educación recibida, empujé la puerta. Cerca de la ventana, los perfiles de Lupe y mi tío Julio se buscaban. Cerré sigilosamente.</p>
<p style="text-align: justify;">Busqué a mi tía Clara. Bella, vestida de blanco y con su aderezo de esmeraldas en la mano derecha, “mi’’ anillo de brillantes. Me acerqué a ella. “Hoy combinan con tus ojos”, le dije, mientras acariciaba su collar. La abracé fuertemente, su mano cayó sobre mi cabeza, alcancé a ver el rostro de Lupe en el ventanal del estudio. Tío Julio reía en una mesa cercana. No quise separarme, yo era parte de ella. A la hora del brindis, descorcharon las botellas especiales que Lupe había traído; según escuché, era una caja sobrante de la fiesta de XV años de su hija mayor. Festejaron el vino, era delicioso.</p>
<p style="text-align: justify;">El grito agudo de tía Clara me sustrajo de mi embeleso, se llevaba las manos a los ojos y gritaba: “¡No veo nada, nada!”. En su desesperación, rasguñó su cara con el borde del anillo de brillantes.</p>
<figure id="attachment_1533" aria-describedby="caption-attachment-1533" style="width: 374px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-1533" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/volcan-2.jpg" alt="volcan 2" width="374" height="289" /><figcaption id="caption-attachment-1533" class="wp-caption-text">Doctor Atl, Erupción del Paricutín (1943)</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Ya nada volvió a ser igual. La casa cercana al volcán fue vendida, tía Clara hizo transportar su hamaca a la recámara, sacó la cama y hundió su cuerpo en aquel tejido blanco. Con las ventanas cerradas y una radio que fustigaba boleros como ascuas, se sumió en la calígine perpetua. Lo ultimo que dijo fue: “Pregúntenle a Lupe”.</p>
<p style="text-align: justify;">Se investigó, en el restaurante de Lupe habían trabajado unos albañiles que se habían tomado unas botellas que luego rellenaron con alcohol etílico. Sólo mi tía Clara resultó afectada, ninguno de los asistentes a la inauguración había sufrido ceguera.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde su última frase, tía Clara no volvió a hablar. Mecía su cuerpo en la hamaca, mientras tío Julio se fue agostando junto con las plantas y las flores. La casa se percudió, perdió su luz.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo me asomaba a la recámara, abrazaba el cuerpo que se consumía; ningún gesto indicaba que sentía mi presencia. Mi tía Clara complicó su ceguera con la inmovilidad, como si al no tener pupilas que reflejaran el mundo hubiera perdido también la capacidad de caminar. A tío Julio lo fulminó un rayo íntimo, su corazón se quebró. Tía Clara se extinguió sin ruidos, como la vela al acabarse la esperma.</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca supe qué pasó con el baúl de tía Clara, desapareció, pero cuando cumplí 18 años recibí un regalo, mi abuela me lo entregó: era el anillo de brillantes de tía Clara y su hamaca; no hubo necesidad de palabras.<br />
Vendí el anillo, construí con ese dinero una hermosa casa en las cercanías de “la mujer dormida”. Es una casa con grandes corredores.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi vientre es fértil. Mi mirada arrastra mares, paisajes, árboles. Tengo una mano feraz: planta que siembro, se da. Mi casa viste de todos los matices de verde, las buganvilias estridentes se desgajan de los muros. La luz se escabulle por todos los rincones. En el jardín hay dos árboles de troncos gruesos, un espacio ideal para mecerse en hamaca… Aun hoy no me atrevo a desdoblarla.</p>
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		<title>Un buen guión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 17 Oct 2015 00:25:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Para Ivonne, la de ayer, la de hoy, la de siempre Los espacios son inmensos para alojar la melancolía”, qué hermosa la frase. Buena para epígrafe. Autora cubana. Qué bien escriben las mujeres. Y pensar que aquí estoy yo, atrapada en el guión que tengo que presentar en quince días. Linares fue terminante, pero mi &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 12pt;"><strong><em>Para Ivonne,</em></strong></span><br />
<span style="font-size: 12pt;"><strong><em>la de ayer, la de hoy, la de siempre</em></strong></span></p>
<figure id="attachment_1362" aria-describedby="caption-attachment-1362" style="width: 397px" class="wp-caption alignleft"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-1362" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/lieberman.jpg" alt="lieberman" width="397" height="407" /><figcaption id="caption-attachment-1362" class="wp-caption-text">Ilán Lieberman. Las apariencias engañan. Exploraciones a partir de la fotografía en México.</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Los espacios son inmensos para alojar la melancolía”, qué hermosa la frase. Buena para epígrafe. Autora cubana. Qué bien escriben las mujeres. Y pensar que aquí estoy yo, atrapada en el guión que tengo que presentar en quince días.<br />
Linares fue terminante, pero mi historia del general no termina de gustarme. Algo le falta. Los caracteres están desdibujados, tendré que afinar más los diálogos. Definitivamente soy de teatro.
</p>
<p style="text-align: justify;">Soy verborreica. Bueno, eso es en el trabajo escritural, porque en la vida diaria no siempre suelto prenda. Qué fea expresión, será porque es lo que me dice Fernando, y la verdad me tiene fastidiada. Tribulaciones tengo; esa palabra me remite a Musil. Qué horror con los escritores, ya no le dejan nada a uno.
</p>
<p style="text-align: justify;">Desasosiego, Pesoa. Crónica, García Márquez. Laberinto, Borges&#8230;<br />
Yo con tanto trabajo y a mi amiga Ivonne se le ocurre venir ahora. Cuántos años sin vernos. Y no está tan lejos, pero Sudamérica en estos momentos es como decir China. Total, no tengo para viajar a ningún sitio.
</p>
<p style="text-align: justify;">Estoy presa. Ya ni siquiera puedo ir a Valle de Bravo; con lo caro que está todo. Y para colmo, la hipoglicemia, ¿o es hipoglucemia? Ya ni sé. Tendré que preguntarle al doctor Gitler. Me siento cansada todo el tiempo. Es cuando más como, ya no me reconozco. Mi cintura ha desaparecido. Como por angustia, lo sé. No necesito ir con un psicoanalista para que me lo diga. Qué mal me siento. Pensé que al salir de Sogem tendría más trabajo, no hay nada.
</p>
<p style="text-align: justify;">En los periódicos buscan escritores con experiencia, no a los bisoños como yo. Mejor hubiera estudiado Medicina. Estaría abriendo panzas con placer. Fernando dice que tengo vocación de chofer de ambulancia, “andarías feliz recogiendo heridos”. No entiende que mi interés es netamente profesional. Los crímenes que leo me ayudan a mantener la inspiración. Algún día escribiré una novela negra, como mi consciencia. Hoy leí en el periódico que están convocando de la PGR. Estuve tentada, ¿seducida?, a presentarme. Pero no resulte yo involucrada después en una historia tremebunda como la de esa mujer amante del Rasputín, del expresidente Salinas. ¡Qué horror!
</p>
<p style="text-align: justify;">Debe ser mi karma, algo estoy pagando. Ojalá que creyera en esas cosas. Ivonne se burlaría de mí. “Otro muertito”, diría. Yo sé que no le gustan mis historias. “Anda que coleccionas cada historia que para qué te cuento”, era su frase preferida.
</p>
<p style="text-align: justify;">Y bueno, si por lo menos las pudiera escribir, pero nada, me la paso contándoselas a quien me quiere oír. Ya estoy como Bernardo, el personaje de la Woolf que seleccionaba frases y las anotaba para la novela tan anunciada que nunca escribió.
</p>
<p style="text-align: justify;">Mañana tengo que pagar la renta, la viejita ladrona no me espera. Si Gaby llega de Campeche le pediré prestado; con lo ordenada que es, siempre tiene algún dinero guardado. Y pensar que esta casera no me deja ni clavar a gusto, se la pasa espiándome. Vida vicariante. ¡Qué flojera!, pobres viudas, toda la vida como sombras del marido y cuando se les mueren no encuentran qué hacer con sus vidas… y en la India que las quemaban junto con el muerto.
</p>
<p style="text-align: justify;">Quién sabe qué será peor. ¡Pucha! No vaya yo a resultar una misógina. Sólo eso me faltaba. Aunque quién sabe, me ha tocado competir tanto con las mujeres que ya hasta desconfío de mis amigas. Lo que es a Lucrecia no la dejaría, ni muerta, con Fernando.<br />
Estaría bien cambiar algunos personajes, cambiar el nombre del general&#8230; Ya  ni siquiera puedo discurrir a gusto.
</p>
<p style="text-align: justify;">Este guión me va a matar. Ni logro avanzar ni alcanzo a distraerme con otras cosas. Eso sí, desde ahora sé que lo voy a matar. Al final, claro, lo mataré. Dicen que no estoy a gusto si no aparece un ataúd en mis cuentos. Será porque le tengo tanto miedo a la muerte, ¿o seré necrofílica? Definitivamente no sé, pero algo me hace que busque la muerte de mis personajes. Tanática la muchacha.
</p>
<p style="text-align: justify;">Si algún día entrara a análisis lo haría con un junguiano. No soportaría que me estuvieran desmembrando, interpretando y todo para llegar a la conclusión de que tengo fijación por mi padre y odio hacia mi madre; es lo que siempre me dicen.
</p>
<p style="text-align: justify;">Tengo hambre, y sólo quedan las sardinas del gato. Debí de prever que me pasaría esto, tal vez Linares quiera darme un adelanto por el guión.
</p>
<p style="text-align: justify;">Jung. Qué interesante debe ser eso, eso del inconsciente colectivo. Ahora que tenga dinero voy a comprar unos libros. Tal vez me convendría el que habla de la sombra; nada pierdo. Así en el próximo guión puedo poner la relación de una paciente y su psicoanalista.
</p>
<p style="text-align: justify;">Ya tengo que ir por Ivonne. ¿Cómo me verá?, me da vergüenza que me vea tan gorda&#8230;
</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora Fernando que ni se me acerque. Cómo son los hombres, debí haber desconfiado más. Qué trago amargo el que he pasado, y todo por no estar sola, más me valdría estarlo. Lo bueno es que Ivonne ya se fue. No le dije nada, ya suficiente tenía con lo suyo. ¡Qué asunto!
</p>
<p style="text-align: justify;">Desde hoy, para mí Fernando es un difunto. Eso, un difunto. ¡Qué grueso! Pero, ¿qué me pasa? Tenía que haberlo sospechado desde un principio: a estas alturas del partido y que me dijera que mejor no, que teníamos que esperarnos; y yo de ofrecida. Es lo que más rabia me da. Cómo debe de haberse reído. Y él que me decía que soy perversa sólo porque me gusta ver crímenes e indagar en las noticias policiales. Lo peor es que no puedo llorar. Tengo ganas de pegar un alarido, pero la vieja me corre. Un alarido en medio de las tres de la mañana.<br />
Si a Linares no le gusta el guión, ¡me vale!   Que se lo encargue a otro. A ver quién quiere trabajar en esas condiciones&#8230;
</p>
<p style="text-align: justify;">Ojalá que venga pronto por sus cosas. La chamarra asquerosa no la quiero ni ver. Le voy a meter todo en una bolsa de basura. Lo único que me da lástima es la biografía de Nietzsche que ni siquiera he terminado, y tener que devolvérsela. Pero está muy gorda, ni modo de robármela en la Gandhi. Un abrigo grueso y con los calores que están haciendo, sospecharían.
</p>
<p style="text-align: justify;">Qué indigna soy. De ese maldito no quiero tener nada. Pero&#8230; ¿y si lo intento? Tal vez cambiaría. Si le tengo paciencia, si busco la manera; pero a estas alturas, no creo. Y todo por darle una sorpresa. Quién me iba a decir que la de la sorpresa sería yo. En buena hora se me ocurrió meterme en su clóset a esperarlo. Mejor hubiera entrado al cine; y todo por no tener la tentación de comer palomitas con el asqueroso aceite de coco que le ponen. Hubiera entrado. Pero, mira nada más qué ganas de engañarme. Qué bueno que no entré a ver la película de Mike Rourke.<br />
Papelazo el que le hice; y la cara de Fernando, se desencajó todito. Qué fraude. Y él que siempre criticaba.
</p>
<p style="text-align: justify;">Qué bueno que ya se fue Ivonne. “Otra de tus historias”, me hubiera dicho, pero esta vez sin muertito. Aunque ganas no me faltan de matarlo. Pero me las va a pagar. En el próximo guión lo pongo, así, con todo y su nombre. A ver si no le da pena.
</p>
<p style="text-align: justify;">Quién me iba a decir. No me hubiera metido al clóset. ¡Qué ocurrencia!, pero así no me lo contaron, lo vi con mis propios ojos… tendría que morderme la lengua después de esta última expresión, nunca la uso; pero estoy con Santo Tomás: verlo para creerlo. ¡Ay, qué ganas de pegar un alarido! Ni las lágrimas me salen.
</p>
<p style="text-align: justify;">Con razón, ¡tan contento que lo oía! Su voz seductora, pidiéndole que se desnudara. Por lo único que valió la pena fue por ver la cara de Miguel, el petulante ése que se decía tan mujeriego. Ya me parecía que había algo.
</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y si voy mañana y escribo en la puerta de su departamento “Aquí vive un puto”? A Linares le gustaría eso, y hasta me diría: “escríbelo con tinta roja”, un close up&#8230;<br />
No me hubiera metido al clóset&#8230;</p>
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		<title>Covadonga</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 03 Oct 2015 01:32:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Al principio, lo primero que llamaba la atención era su pecho, como enorme quilla. Abundante, señalado hacia un lejano horizonte. Después, era su porte altivo, un poco desdeñosa. Covadonga siempre sostenía que era para asustar a los timoratos. A ella le gustaban los hombres y las mujeres fuertes, inteligentes, los que miraban de frente, sin &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_1078" aria-describedby="caption-attachment-1078" style="width: 295px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-1078" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/4.jpg" alt="4" width="295" height="411" /><figcaption id="caption-attachment-1078" class="wp-caption-text">Eduardo Caamaño</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Al principio, lo primero que llamaba la atención era su pecho, como enorme quilla. Abundante, señalado hacia un lejano horizonte. Después, era su porte altivo, un poco desdeñosa. Covadonga siempre sostenía que era para asustar a los timoratos.</p>
<p style="text-align: justify;">A ella le gustaban los hombres y las mujeres fuertes, inteligentes, los que miraban de frente, sin pestañear. Su tono era imperioso. La voz retumbaba en su pecho de barco. Nosotras siempre estábamos ahí, observándola, participando de las historias que solía inventar. Coleccionaba sueños, anécdotas, historias, como lepidocterófilo que busca aleteos de colores para hundirles el alfiler.<br />
No le gustaban las historias felices, para eso estaban los cuentos de los Grimm y los de Anderson, decía. No, le gustaban las historias que se coloreaban de sangre. Ahí, por lo menos, hay pasión, no remedos. Era categórica en lo que afirmaba.A ella, que no le dieran mitades. Lo quería todo, sin tibiezas. Color. Hondura. Crímenes. Palpitar.</p>
<p style="text-align: justify;">Nosotras le buscábamos historias en la nota roja. Podía pararse horas riéndose después de leer sobre un crimen, en el que al final los asesinos habían comido sandía en la cocina de sus víctimas. Nosotras nos estremecíamos, pero así era. “Es sanguínea”, nos decíamos. En el fondo no era mala.</p>
<p style="text-align: justify;">Era muy poco lo que sabíamos de ella. De origen dominicano, una nariz achatada y unos pómulos poderosos delataban, quizá, su origen negro. Covadonga, sin embargo, hablaba de sus orígenes ingleses. Decía que su apellido era Woolf y que creía estar emparentada con una escritora famosísima de la que, por supuesto, qué vamos a saber nosotras quién era.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando llegó al pueblo todos nos maravillamos. Sus muebles de mimbre, pintados de blanco; sus jaulas llenas de pájaros de colores, aves que nunca habíamos visto y que eran su orgullo.</p>
<p style="text-align: justify;">Se había casado con don Celestino, un viudo viejo sin hijos. El hombre, acaudalado, viajaba por todas partes del mundo. En uno de esos viajes conoció a Covadonga. Mientras él se agostaba cada día que pasaba, ella se hinchaba como nube cargada de lluvias.   Cuando don Celestino murió, Covadonga despidió a los parientes de su esposo con una breve frase: “todo es mío”. Un testamento ológrafo fue la prueba que nadie pudo rechazar. Los rumores crecieron en el pueblo. Era bruja, decían. Fue por esa época que apareció en su casa un gato enorme, con un pelo largo y espeso que lo cubría. En las noches, casi como un ritual, llamaba a su gato: “¡Ptolomeo! ¡Ptolomeo!”. El gato respondía con un maullido poderoso y desafiante.</p>
<p style="text-align: justify;">Acostumbramos visitarla por las tardes. Por un acuerdo, susurrado entre nosotras, decidimos nunca comer nada en su casa. Le llevábamos galletas primorosas que hacíamos de todas las formas de animales: elefantes, conejos, vacas, caballos.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella, cuando recibía nuestro obsequio, se reía. Era como si leyera nuestro pensamiento. Se las comía una a una, remojándolas en una taza de café humeante. Invariablemente, socarrona, nos decía que hubiera preferido que fueran figuras humanas.<br />
En el pueblo todos usábamos colores mudos. De ahí que sus vestidos amarillos vibrantes, rosas vibrantes, rosas chillones, rojos apasionados nos escandalizaban.<br />
Nunca guardó luto. El día del funeral de don Celestino se mostró, ante los ojos azorados de todos, con un vestido púrpura y una sombrilla amarilla.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella, Covadonga, disfrutaba con los rostros atónitos. Jugaba con nuestras emociones como si fueran las cartas del tarot que acostumbraba desplegar en nuestras visitas de la tarde.</p>
<p style="text-align: justify;">Contemplaba las cartas con reverencia. “Él viene”, lo dijo sin emoción. Volteó la carta para mostrárnosla. Era un jinete con espada. Después se hundió en un silencio abismal.<br />
Durante días espiábamos la casa. No nos atrevíamos acudir a verla. Nada pasaba. Nadie llegaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Reanudamos nuestras visitas. Pareció alegrarse. Ella leía complacida enormes volúmenes que le llegaban por correo, eran novelas de Agatha Christie. Las hojeaba delante de nosotras y con sorna exclamaba, “en este pueblo nunca pasa nada”.</p>
<p style="text-align: justify;">Una tarde, mientras observábamos cómo echaba las cartas, sin nada, ni siquiera un ruido que lo delatara, entró en la habitación donde estábamos, el hombre más negro que habíamos visto. Era robusto, y una cara amplia abrigaba su boca descomunal. El hombre, con voz tonante, gritó: “¡ya llegué!”.<br />
Covadonga estaba transfigurada. Tímida. Melosa. Tartamudeante.</p>
<p style="text-align: justify;">Salimos de la casa sin saber quién era aquel hombre rudo. “Ofrecida” dijimos. Las puertas de Covadonga se cerraron. Los alaridos de placer reemplazaron el llamado a Ptolomeo.</p>
<p style="text-align: justify;">Para ir a la iglesia teníamos que pasar frente a la casa de Covadonga. Una mañana descubrimos el cuerpo exánime de Ptolomeo. Las cuencas vacías de sus ojos fue un recuerdo que nos persiguió durante las noches eternas de tés de tila. Con el cadáver de Ptolomeo entre brazos, tocamos el aldabón. Insistimos.   Nadie acudió. Aunque el gato siempre nos había causado miedo, decidimos enterrarlo.<br />
Los alaridos seguían. “Qué amor tan sonoro”, pensábamos.</p>
<p style="text-align: justify;">No sabemos cómo fue que no supimos leer los presagios. Una oleada de intenso calor penetró por las paredes de todas las casas del pueblo. El cielo se enrojeció todo un día. Ese día decidimos ir a la primera Misa. Cuando pasábamos por enfrente de la casa de Covadonga vimos que las puertas estaban abiertas de par en par. Nos alegramos. Llenaríamos nuevamente nuestras tardes con la oronda figura de Covadonga. Estábamos dispuestas, incluso, a conseguir pequeños moldes humanos.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos asomamos tímidamente al corredor de muebles de mimbre. “¿Covadonga, Covadonga?”, llamamos. Silencio. Ya nos íbamos cuando notamos en la atmósfera un olor mefítico. Entonces decidimos entrar. Casi de puntillas recorrimos el largo corredor. Las jaulas estaban vacías. El olor picante y extraño provenía del comedor. En la alta silla de la cabecera de la mesa el cuerpo amarrado, mutilado de Covadonga nos observaba desde unos ojos sin luz.</p>
<p style="text-align: justify;">En la mesa, junto al abanico de cartas del tarot, unas enormes y podridas rebanadas de sandía se distribuían de una manera extraña.<br />
Vimos, entonces, el rostro del jinete con espada que nos miraba.</p>
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		<title>Coma</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 15 Sep 2015 20:01:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Se los dije: al principio era un sentimiento difuso, después fue claramente vívido, angustiante. Yo estaba en la penumbra. Una luma gimoteante de luz apenas alcanzaba a iluminar el paisaje árido, reseco. Unos cactus generosos de espinas se erguían desafiantes. Me sentí con la urgencia de orinar. Mi vejiga me enviaba un mensaje concluyente: gotas &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-1024 aligncenter" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/coma.jpg" alt="coma" width="409" height="381" /></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Se los dije: al principio era un sentimiento difuso, después fue claramente vívido, angustiante. Yo estaba en la penumbra. Una luma gimoteante de luz apenas alcanzaba a iluminar el paisaje árido, reseco.</p>
<p style="text-align: justify;">Unos cactus generosos de espinas se erguían desafiantes. Me sentí con la urgencia de orinar. Mi vejiga me enviaba un mensaje concluyente: gotas se escapaban por entre mis piernas. No tuve necesidad de bajar unas bragas inexistentes. Caminaba desnuda. No había impudicia. Me puse en cuclillas y dejé que el líquido caliente fluyera. Fue –y eso lo puedo asegurar–, una sensación placentera y prolongada. Prolongada. Tiempo indolente. Casi eterno. Mis pies se mojaban. Alboreaba. Unos pájaros negros levantaron el vuelo.   El líquido cesó. Me incorporé y volteé mi cabeza: un lago había salido de mis adentros. Sentía plenitud, ganas de gritar, de expandir mi pecho. Una palabra me obsedía: excidio, excidio, excidio.
</p>
<p style="text-align: justify;">De pronto, el cuerpo de la mujer brotó a unos metros de donde yo estaba. Daba brazadas con desespero. Su cabellera larga y bruna era golpeada por el viento. La mujer alargó su brazo. Alcancé a escuchar, casi un susurro, el: “¡Ayúdame!”. Lancé una mirada alrededor, no había nadie. Sólo estábamos ella y yo. Ni siquiera intenté salvarla. Un placer extraño me inundaba. Vi cómo su cabeza se hundía, cómo el brazo era devorado por las aguas, cómo el puño se cerraba hasta desaparecer. Quise moverme, huir. No pude. Algo me lo impedía. Observé mis pies. Unas raíces gruesas los acordonaban, y fue ento</p>
<p style="text-align: justify;">nces cuando una especie de alarido dilaceró mis carnes. Los nudos brotaron, la piel se engrosó, con perplejidad hundí mis ojos en la imagen que el lago me devolvía: me había convertido en árbol. Alguien adentro de mí gritaba.
</p>
<p style="text-align: justify;">El alarido no encontraba salida. Fue la desesperación lo que me hizo despertar. Mi respiración jadeante y la piel cubierta de sudor. Me levanté. Abrí las ventanas. Los rumores familiares me calmaron. Volví a la cama. Recogí la novela con la que me había quedado dormida, Díalogo del avestruz.
</p>
<p style="text-align: justify;">El remanecer de la palabra me golpeó la cabeza: excidio, excidio, excidio. Hojeé el libro. Ahí estaba. La había encerrado en un círculo. Sabía su sentido de una manera vagarosa. ¿Destrucción? Algo así. No quise buscar el significado en el diccionario que guardaba siempre debajo de la cama. Usted ya lo sabe, las palabras me obsesionan. Juego con ellas. Trabajo con ellas. Las uso y las adoro. Tan sólo una palabra puede despertarme una historia. Por eso, cuando encuentro una que me atrapa, la anoto en esta libretita que siempre traigo conmigo. A veces, la contigüidad entre ellas me permite intuir la historia que quieren contarme. Escuche, por ejemplo, las que tengo anotadas en la última hoja: feérico, proficuo, climaterio, introito, presagio, defección… ¿No cree que podría salir una buena historia con todas ellas? ¿Lo duda?
</p>
<p style="text-align: justify;">Cada quien tiene su sistema de trabajo. Yo soy escritora. Necesito de las palabras para crear. Sin ellas estoy desnuda.
</p>
<p style="text-align: justify;">
<figure id="attachment_1023" aria-describedby="caption-attachment-1023" style="width: 274px" class="wp-caption alignleft"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-1023" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/coma-2.jpg" alt="coma 2" width="274" height="368" /><figcaption id="caption-attachment-1023" class="wp-caption-text">Luis Granda</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">Y usted también las necesita, no me diga que no. Yo pude reconstruirle mi sueño con palabras. Traté de encontrar la palabra justa que expresara lo que sentí. ¿Se fija cuántas veces he dicho la palabra “palabra”? Me hubiera gustado escribirle el sueño. Así hubiera evitado los anacolutos y las repeticiones. Una sintaxis limpia –sí, eso, limpia– es la mejor manera de entenderse. Yo procuro expresarme sin tropiezos. Por eso intento pensar bien lo que quiero decir. Me desespera estar con gente que manotea intentando encontrar las palabras para explayarse. Por eso me adelanto y las digo. Es casi como darle de comer a un bebé. No es un acto de soberbia.<br />
¿Qué pienso de mi sueño? Ese “qué” sonó cacofónico.
</p>
<p style="text-align: justify;">La “Q” es una letra áspera, dura, callosa; no sé si me gusta su sonido. En cambio la “M” es balsámica, llena de dulcedumbre. Y no es porque se encuentre en la palabra “MAMÁ”; a cualquiera, por los tabúes que nos circundan, podría parecerle una de las palabras más plenas, más entrañables, pero yo sé bien que no es así. La palabra “MAMÁ” es un escudo, detrás de él puede refugiarse el ser más sórdido que pueda encontrarse.
</p>
<p style="text-align: justify;">Un vientre fértil no es salvaguarda para los sentimientos más viles. ¿Usted cree que ser “MAMÁ” significa ser buena?<br />
¡Ah, sí!, de mi sueño. Asociación, ¿así lo llaman? Usted me preguntó por el sentido de mi sueño. Para mí es tan claro. Ésa era yo, pariendo un lago. Siempre he estado sola. Mi vida ha sido yerma. Pero yo estaba preparada para ser alguien grande. yo podría haber sido más grandiosa que ella misma.<br />
¿Ella? ¿Que quién es ella? ¿A estas alturas me pregunta? Ella, mi madre. La supuesta mujer llena de atributos, la admirada, encomiada y maravillosa escritora. ¿Usted cree que lo que hizo conmigo tiene justificación? Me encerró durante años. No quería que el mundo supiera que yo era superior, magistral.
</p>
<p style="text-align: justify;">A ella le fue fácil el éxito; ¡y cómo no!, escribía sobre los temas tortuosos, despertaba esa curiosidad patológica de la gente. Sus novelas las sacaba de la nota roja. Ése era su aliento: la carroña. La hez de la sociedad, pura hojarasca. En cambio, yo me he dedicado a escribir cuentos para niños. ¿Una actividad reparadora? Tal vez usted tenga razón.
</p>
<p style="text-align: justify;">Yo no tuve infancia, cómo iba a tenerla, ya se lo he dicho. ¿Para qué insiste? ¿Acaso quiere confundirme? Yo no olvido. Tengo una memoria privilegiada. Y no hay que olvidar. Recuerdo de un filme –de esos lacrimosos hollywoodenses– la frase que una de las protagonistas dice ya casi hacia el final del drama: “No hay que perdonar lo imperdonable”. ¿Y sabe qué? Yo jamás la perdoné a ella.
</p>
<p style="text-align: justify;">No me gusta nada la forma en que expresé mis pensamientos. Un parágrafe muy largo. A mí me gustan las pausas, hacer hincapié, cuando hablo, en donde iría una coma, un punto y seguido, un punto y aparte. Los puntos suspensivos no me agradan, siempre ponen tres. Un triángulo. La promiscuidad en los signos de puntuación. Los usan como relleno, es casi como el “etcétera” cuando ya no saben qué decir.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí. A mí me gusta hablar, pero prefiero escribir. Así no repito las palabras. Y si se fija no hago uso de las muletillas.
</p>
<p style="text-align: justify;">Es repulsiva la manera en que muchos hablan. Y, ¿qué me dice de la dicción? Hay quienes poseen una dicción canallesca. Les deberían cortar la lengua. ¿Cómo se llamará esta operación? Tengo que buscar la palabra; porque clitorectomía es cuando le cercenan a las mujeres el clítoris para evitar el placer. ¡Claro!, es que es una especie de lengua a tráves de la cual el placer de las mujeres puede hablar. Porque no me va a negar que el cuerpo habla.<br />
¿La mujer de mi sueño? ¿La que se ahoga? Soy yo desdoblada. Es un sueño que tuve varias veces. Casi puedo decir que premonitorio. ¿Por qué siento placer al ver que me ahogo? ¿Por qué no quiero rescatarme?
</p>
<p style="text-align: justify;">Yo podía haber sido excelsa. Ella me echó a perder. No quería que yo brillara. Mi inteligencia era fúlgida, todos lo decían. No lo pudo soportar, por eso me encerró. Quería robarme. A veces se acercaba, me acariciaba la cabeza cuando suponía que yo dormía. Cualquiera hubiera creído que era ternura, yo no. Es difícil que alguien pueda engañarme. Ella ansiaba apoderarse de mi inteligencia. Siempre la engañé. Nunca guardé mi inteligencia en la cabeza.
</p>
<p style="text-align: justify;">Ya se lo dije antes: el cuerpo puede ser depositario de muchas cosas. Mi mayor tesoro era mi inteligencia. Tenía que estar alerta. Hacerle creer que no me daba cuenta.<br />
Ella se deshizo de mi padre, lo mató paulatinamente. Dijeron que era cáncer. Yo, por supuesto, supe la verdad. Mi padre siempre se cuidó. Él no hubiera permitido que nada me pasara. Usted se parece a él, ¿ya se lo había dicho? Sí, más que su físico es esa manera de hablar, de entrecerrar los ojos cuando se quita los lentes; el gesto adusto cuando digo algo que lo desconcierta. Usted es un libro para mí, puedo leerlo. Así era él: transparente. En cambio, mi madre, un ser obscuro, turbio, corroída por la envidia. Un viejo escritor, decía que la envidia es el dolor por el bien ajeno; y mi madre me envidiaba. Ella sólo se nutría de mí. Solía anotar los sueños y las ideas que yo le relataba. Y lo hacía con dolor, se veía claramente que hubiera deseado tener esos sueños, producir esas ideas.
</p>
<p style="text-align: justify;">Yo he llegado a pensar que estaba poseída. Y mire que no creo en Dios ni en esas cosas, pero no es posible que alguien pueda abrigar tanta maldad. Así como se deshizo de mi padre también se deshizo de mi hermano. ¿Quién, dígame usted, se muere de un ataque de asma en estos días? Mi hermano bello, amoroso. Pero la vida se cobra todo, es la ley del talión. ¿Lo ha leído en la Biblia?</p>
<p style="text-align: justify;">Me quería sólo para ella. Quería robarme.<br />
¿Qué en el sueño ella es la otra mujer? ¿Qué yo la dejo morir? ¡Ay, lo creía más sutil, más elaborado! Es una interpretación muy simplista. ¿Usted piensa que alguien con mi inteligencia pueda tener sueños tan evidentes, tan simples? No, yo creo que soy yo, desdoblada. Ahogándome en este encierro.
</p>
<p style="text-align: justify;">Mire, a usted se lo puedo decir, ¿conoce el género de la confesión? Le voy a confiar algo que a nadie le he dicho, pero usted me inspira confianza, usted es distinto a todos. ¿Sabe por qué golpeé a mi madre con ese abrecartas hasta hacerla dormir?</p>
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		<title>Un asunto shakesperiano  con fondo de bolero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tania Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 01 Sep 2015 01:51:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación literaria]]></category>
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					<description><![CDATA[Para Ivonne, que sabe de Otelo &#160; Un candado tiene el corazón y tú tienes la llave, que abrirá para siempre el amor que yo siento por ti. Un asunto shakesperiano con fondo de bolero Fulgencio se recostó en el respaldo duro de la silla. Respiró hondamente. Era la tercera vez que llamaba a su &#8230;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Para Ivonne, que sabe de Otelo</em></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><strong><em>Un candado tiene el corazón</em></strong><br />
<strong><em>y tú tienes la llave, que</em></strong><br />
<strong><em>abrirá para siempre el amor</em></strong><br />
<strong><em>que yo siento por ti.</em></strong><br />
<strong><em>Un asunto shakesperiano con fondo de bolero</em></strong></p>
<p style="text-align: right;">
<figure id="attachment_986" aria-describedby="caption-attachment-986" style="width: 274px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="  wp-image-986" src="http://www.cronopio.mx/fabricaweb/wp-content/uploads/7.jpg" alt="7" width="274" height="425" /><figcaption id="caption-attachment-986" class="wp-caption-text">Eduardo Caamaño</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify;">
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<p style="text-align: justify;">Fulgencio se recostó en el respaldo duro de la silla. Respiró hondamente. Era la tercera vez que llamaba a su casa. El repicar del teléfono sin que nadie lo contestara, atizó su enojo.
</p>
<p style="text-align: justify;">Del mercado a la casa eran escasos treinta minutos. ¿Por qué se había entretenido? El lunes fue igual. Hoy no le creería. Si le salía nuevamente con que la fila de la carne era muy larga, se juraba que a partir de mañana no volverían a comer carne. Total, con lo que estaba. Los frijoles podían equilibrar la dieta. Al menos era lo que decían en el curso de nutrición que había tomado en la oficina. Al ver a su jefe, Fulgencio recompuso su cuerpo, encendió la computadora y se dispuso a trabajar, mientras constataba la hora en el reloj de su muñeca y en el de la pared. Se aflojó la corbata. El calor le brotaba desde adentro del pecho. Hoy no tomaría. Aunque los compañeros se lo pidieran, algún pretexto sería bueno.   Nunca decir que se sentía enfermo, él era fuerte, sano. Sus caminatas tempraneras, eran atestiguadas por sus sólidas piernas. No tomaría. No.   Se avergonzaba aún de la última vez que lo hizo. Todavía resuena en sus oídos el ulular de la sirena. El rostro de Irene que lo contemplaba desde la camilla. El reproche de sus ojos. Hubiera preferido que lo insultara. Ni siquiera preguntó qué hubiera podido ser, ¿niño, niña? No había sido su intención, pero el borde de la bañera estaba muy cerca cuando él zarandeó a Irene. El cuerpo como badajo chocó contra el frío metal. Los ojos no mienten. ¿Qué acaso no son los ojos del alma? La vio, claro, su coqueteo era disimulado porque se sabía observada. Pero su voz con fondo de gorjeos lo llagaba. Hablaba de cine, de la última película de Brad Pitt. Como si supiera de cine la muy perra. Quién viera de dónde la había sacado. Pero ahora con su vestido de Suburbia y su tinte rojizo se sentía Julia Roberts. ¡Ja! Ni siquiera le llegaba a la estatura. Fue entonces cuando Carmelo se acercó donde él estaba. Después de advertirle que tuviera cuidado –Irene se estaba poniendo guapísima y había cada gandalla– se alejó sonriendo. Podía sentir la mirada de todos puestas en él, el ofendido. Una copa lo calmaría, y otra, y otra y…
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<p style="text-align: justify;">Irene ha estado distante. Pero él, ¿cómo podía estar seguro de que el dentista no fuera a enamorarla? Por eso tuvo que ir, entrar al consultorio, interrumpir en el cuartito donde Irene, con la boca abierta y los ojos desorbitados, lo vio parado frente a la silla del doctor. ¿Con qué intenciones le había puesto ese dentista la música de madre no sé qué, si no era para enamorarla? Se aprovechan de la cercanía de la paciente, tan fácil que sería darle un beso. Pero a él nadie lo engañaría. Nunca más. Se ve a sí mismo observando cómo la madre baja de un coche diferente cada día.  Ha hecho su cena, ha lavado los platos, hizo su tarea, planchó su uniforme y después se acodó en la ventana, como todas las noches. Cuando oye los pasos que resuenan en las escaleras, corre a la puerta esperando que la madre quite el enorme candado con el que aseguraba su tranquilo deambular por las calles.</p>
<p style="text-align: justify;">No puede estar en la oficina, se marcha a su casa, se esconde.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde la esquina tiene la visión completa en la cuadra. Un taxi se acerca. Es ella. La enorme bolsa del mandado la hace caminar con dificultad. Espera un momento. Corre hacia el interior del departamento. Huele su cuerpo, se agacha, le abre las piernas, introduce su nariz en busca del rastro delator. Saca las cosas con fiera determinación de la bolsa del mandado, hurga en la cartera. Grita. Grita. Grita. Puta. Corre hacia la pequeña bodega donde todas las cosas viejas se han ido acumulando. Busca. Busca. Por fin encuentra. Tropezándose regresa a la cocina donde Irene desmadejada, estupefacta, espera. Fulgencio la golpea.
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<p style="text-align: justify;">Los golpes caen como lluvia tropical. La manos que tratan de defenderse. El hombre recio que somete. En la mano, el enorme candado oxidado es manejado con dificultad. Entreabre las piernas de Irene mientras la carne conoce el duro metal. Sólo yo tengo la llave. Sólo yo tengo la llave.</p>
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