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Alfonso Reyes-Pedro Henríquez Ureña, correspondencia 1914-1946 y Alfonso Reyes en una nuez

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Adolfo Castañón publica dos libros en 2018, bajo el sello editorial del FCE  y el Colegio de México, respectivamente

 
El miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua detalló que la obra es continuación de la emprendida por José Luis Martínez; asimismo está en última fase de imprenta Alfonso Reyes en una nuez

 

  E  l poeta, traductor, ensayista y narrador mexicano Adolfo Castañón, reveló que en 2018 aparecerá su libro Alfonso Reyes- Pedro Henríquez Ureña, correspondencia 1914-1946. “Alfonso Reyes y Pedro Enríquez Ureña –refiere el autor– sostuvieron una correspondencia admirable, que la primera parte la hizo José Luis Martínez que va entre 1907 y 1914 pero él ya no pudo hacer la parte que siguió, entonces hice los dos tomos que siguen que es la que viene entre 1914 y 1946”.

 
La publicación será una coedición del Fondo de Cultura Económica (FCE) y El Colegio de México. “Estuvimos trabajando en rehacer la correspondencia porque ya se había reeditado en República Dominicana y entonces hubo que ir a buscar manuscritos; con Alma Delia Hernández e Isaura Contreras, rehicimos eso, corrigiendo documentos, revisando que estuvieran bien las transcripciones”.

 
Estudioso de la vida de Alfonso Reyes, Adolfo Castañón recuerda la importancia de este autor. “Reyes era una especie de milagro que le sucedió a la literatura mexicana porque era, como dice Borges, una especie de sindicato de escritores era filólogo, poeta, traductor, narrador, dramaturgo, ensayista, arqueólogo, hombre de mundo, hombre de pensamiento, todo eso está en él, además tiene una especie de felicidad para decir las cosas de manera pronta, inmediata, no en balde Reyes es el gran fecundador de la literatura mexicana”.

 
Al propio tiempo, Adolfo Castañón relató que está en revisión de prensas Alfonso Reyes en una nuez, “que es el índice consolidado de nombres propios, títulos de obra, personas; para que cualquiera pueda ubicar las referencias a Platón, a Flaubert o a Stendhal en las obras completas de Reyes, sin manejar todos los tomos de su obra y lo va a publicar El Colegio Nacional”.

 
En entrevista en su oficina al sur de la Ciudad de México, Adolfo Castañón repasa los momentos de su niñez y su acercamiento al mundo de las letras, cuando su madre, doña Estela Morán Núñez de Castañón, le contaba cuentos a él y a su hermana, cuentos que ella inventaba.

 
De su padre, don Jesús Castañón Rodríguez, el escritor y poeta recuerda que también tuvo gran influencia en perfilar su vocación. “Mi hermana y yo vivíamos en una especie de isla cultural y que sin que nos diéramos cuenta estábamos muy bien cuidados en relación con la información que recibíamos, fuimos muchas veces al teatro, a la sinfónica, a museos. Todos los domingos íbamos a las iglesias, antiguos monasterios o centros arqueológicos, entre que íbamos de paseo pero siempre había ese otro discurso didáctico, mitológico y reflexivo alrededor, y creo que eso marcó mi infancia”.

 
Lector desde los cuatro años, la palabra y la letra siempre estuvieron presentes en todo su mundo. Cuando la familia Castañón vivía en el primer piso de un inmueble ubicado en Izazaga e Isabel La Católica, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, Adolfo Castañón recuerda algo de lo que lo entretenía siendo niño. “Yo me sentaba en el alféizar, en la ventana a ver pasar autos y personas y mi deporte favorito era repetir o identificar y clasificar los nombres de los autos que pasaban por ahí y me gustaban mucho esas cadenas fonéticas de los nombres que a mí me parecían raros”.

 
Cuando llegaban las vacaciones, su hermana y él, acompañaban a su padre al trabajo, Jesús Castañón Rodríguez, laboraba en Palacio Nacional editando el boletín bibliográfico de la Secretaría de Hacienda; el lugar favorito para los hermanos Castañón era la biblioteca.
Un acontecimiento en este sitio marcó su incursión sin retorno al mundo de los libros, cuando el presidente yugoslavo Josip Broz Tito visitó este sitio y todos salieron a saludarlo. “Salen todos los trabajadores de Palacio Nacional y se les olvidan los niños, los niños se quedaron encerrados en la biblioteca, apagaron las luces y entonces tendríamos no sé unos ocho, nueve años y mi hermana se quedó muy impresionada; sobra decir que en la biblioteca, en la oscuridad de la biblioteca empezaron a adueñarse de ese espacio, los verdaderos habitantes de biblioteca que son, las ratas de biblioteca”.

 
El niño Adolfo Castañón había observado que en este sitio había unas escaleras corredizas y siguiéndolas logró encontrar la salida, “fue un episodio muy significativo, recordado porque yo creo que ese fue para mí como una especie de iniciación digamos a la aventura libresca, a mi hermana después le costó mucho trabajo regresar a una biblioteca, pero a mí en cambio eso me alentó a no salir de la biblioteca y en cierto modo saber que yo no me iba a perder tan fácilmente dentro de un universo libresco”.

 
Ese “universo libresco” se hace evidente en todos los rincones de la oficina de Adolfo Castañón, en la sala los libros no sólo ocupan el librero y las mesas, también el piso porque ya no cabe ni uno más, historia similar se repite en el resto de las habitaciones. En su estudio están ordenados los que en ese momento forman parte de algún trabajo, un artículo, el próximo libro, un ensayo, una conferencia, una investigación en proceso; acomodados en otro sitio, los ejemplares de consulta frecuente, las lecturas a las que siempre regresa: el diccionario, Alfonso Reyes, Octavio Paz, el libro del I Ching, Platón, Montaigne, Rossi, Monterroso, Juan García Ponce, Álvaro Mutis, Saint John Perse, Pedro Henríquez Ureña, Julio Torri.

 
Un momento decisivo en la vida profesional de Adolfo Castañón fue conocer al Premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz. “Recuerdo que cuando conocí a Octavio Paz, en el año 74, él me entrevistó para admitirme como miembro de la redacción de la revista Plural como corrector, fue una conversación muy memorable para mí, me llama la atención retrospectivamente cómo Paz estaba tan atento hasta el mínimo detalle de lo que era su entorno de trabajo, él no iba a dejar que entrara a la revista un corrector anónimo, él quería entrevistar hasta el último peón de su hacienda.

 
“Entonces, yo tuve esa fortuna y eso fue para mí muy importante porque corregí la revista, empecé a colaborar, a traducir, a hacer reseñas y un poco más tarde también empecé a trabajar en el Fondo de Cultura Económica y todo eso me fue llevando a hacer de mis días un calendario que tiene que ver con el ejercicio de la letra, de la traducción y de responder a la pregunta qué hay dentro de un libro, qué hay detrás de un libro”.

 
La poesía también ha sido una constante para el miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, Premio Nacional de Periodismo José Pagés Llergo y Premio de Literatura Xavier Villaurrutia, entre otras distinciones que ha recibido Adolfo Castañón.  “El poema se dicta solo, uno simplemente es como el médium que se pone a hacer el poema, la poesía es una muy buena escuela de meditación y en ese contexto los poetas, estoy pensando en Octavio Paz, no sólo son maestros porque sean grandes poetas, que sí lo son, sino que tienen una maestría que es la maestría un poco del saber desaprender, del saber acallar, del saber regenerarse a través del silencio, la pausa y la preparación para el salto”.

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