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Principio y fin. La muerte de un periodista

  • Rubén Vázquez Pérez

jacobo

El que casi coincidieran dos hechos aparentemente desvinculados entre sí, provoca una lectura de los mismos que habría de interpretarse como un principio y un fin de tiempos bien distintos, por los que necesariamente debía de transitar, y transita, el periodismo mexicano, pese a todo, en evolución.

Primero, una propuesta novedosa –harto interesante- a cargo de la senadora Dolores Padierna Luna, para dotar a los periodistas de, quizás, el único recurso para sostener el rasgo que les da sentido y los justifica en una sociedad que se quiere democrática, esto es, el ejercicio de la libertad de expresión.

Y después, con un par de días de diferencia, el fallecimiento del más influyente periodista mexicano, Jacobo Zabludovsky, de quien, es cierto, habrá que recordar por su profesionalismo, riguroso método de trabajo cotidiano y enorme erudición; también por su aceptación del papel que le asignó el poder sexenio tras sexenio y, desde luego, por la honestidad que demostró al reconocerlo, así como por la capacidad para rehacerse a sí mismo, ante la opinión pública.

La propuesta de la senadora Dolores Padierna de introducir una cláusula de conciencia en las leyes secundarias que regulan el trabajo; el ejercicio de las profesiones y protegen a defensores de derechos humanos y a periodistas da, sobre todo a estos últimos, la posibilidad de desempeñar su profesión a partir de principios éticos.

Es decir: la propuesta apunta a asegurar la permanencia en el empleo de todo periodista que se niegue a convertirse en un mercenario o francotirador de los medios, dispuesto a escribir o publicar cualquier alabanza o infamia, ya sea porque su director así se lo ordena o porque se le presiona desde el gobierno.

Es decir, que ningún periodista podrá ser despedido, en razón de negarse a escribir o publicar aquello con lo que no esté de acuerdo, ya sea que se trate de algo que no le conste; que no haya verificado por sí mismo o que de plano, sea una mentira, un infundio, una calumnia.

Tampoco habrá de perder su empleo si se le obliga a usar su firma o reclama que se la haya utilizado sin su consentimiento para publicar textos que no son suyos y con cuyo contenido, no esté de acuerdo.

Y es precisamente esa posibilidad la que representa la finalización del más grave de los condicionamientos que todo periodista ha padecido desde que esta actividad se volvió industrial, incluido, desde luego, Jacobo Zabludovsky.

Sería fácil señalar que el finado se acomodó en la posición de manipulador y vocero oficioso que el poder le asignó en Televisa. Pero, ¿qué nos haría suponer siquiera que Zabludovsky no hubiera sido él también presionado, desde dentro del poderoso monopolio para el que trabajó desde tiempos en que éste se llamaba Televicentro?
¿Acaso los Azcárraga no intervinieron en este imaginario pero posible proceso de presión; se imagina alguien que el entonces joven reportero no tenía necesidad alguna como la han tenido los reporteros de todas las épocas porque su paga ha sido siempre insuficiente, improbable, irregular e incluso hasta inexistente?

Es muy probable, altamente probable, en cambio, que las decisiones sobre lo que se habría de informar o no; acerca de lo que se habría de resaltar o soslayar en Televisa, hayan sido tomadas en el escritorio de los Azcárraga, luego de un acuerdo con el mandatario en turno y, como sucede aún, a cambio de concesiones, permisos o exenciones fiscales.

El que los periodistas y reporteros dispongan ahora de una cláusula de conciencia –siempre que la propuesta prospere y no sea vista con desdén por legisladores, muchos de los cuales, por cierto, acudieron a dar el pésame y ofrecer condolencias a familiares de Zabludovsky-, implica la toma de conciencia por parte de los comunicadores.

Implica que tomen en sus manos los instrumentos legales disponibles y los usen y presionen para que la justicia laboral funcione con prontitud, con estricto apego a la ley; implica que dejen de escuchar el canto de las sirenas que prometen billetes y posiciones de poder y fama.
Veremos…

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