Sergio Pitol

 

Pensar menos en su muerte y más en su obra

El escritor fue homenajeado por la Academia Mexicana de la Lengua y el INBAL al cumplirse un año de su fallecimiento
 Rememoraron las diferentes facetas de Pitol: escritor, amigo, diplomático, compañero de viajes y como interlocutor en largas noches de conversación.

 

  E  n sesión pública y solemne de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), celebrada en colaboración con el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) este martes por la noche en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, se recordó al escritor poblano Sergio Pitol al cumplirse un año de su fallecimiento, el 12 de abril de 2018.
En dicha sesión, presidida por el director de la AML, Gonzalo Celorio, los académicos Adolfo Castañón y Margo Glantz rememoraron las diferentes facetas de Pitol: escritor, amigo, diplomático, compañero de viajes y como interlocutor en largas noches de conversación.
“Esta es una sesión de duelo para tratar de consolarnos de la ausencia de Sergio Pitol –dijo de entrada Adolfo Castañón. La pérdida de un ser querido siempre es una suerte de mutilación, y si eso lo reconoce alguien no tan cercano a él –yo lo reconozco, aunque lo quise mucho—, imagínense lo que será para otros, para la AML y para la cultura mexicana en general”.
Comentó que Sergio Pitol (Puebla, 1933- Xalapa, 2018) tuvo muchos amigos y formaba parte de un archipiélago de personas que constituían un México ilustrado y culto: “Fue un niño muy lector, y escritor, que a la edad de seis años quedó huérfano, encontrando consuelo en la lectura. A los 15 había leído ya a muchos autores y descubrió un gran mundo, sobre todo a los escritores que ahora ponemos bajo el rótulo de los Contemporáneos”, comentó Castañón.
Hace un año Pitol fue traducido a la otra orilla, pero parece que aún no nos hemos dado cuenta y todavía viajamos a Varsovia y Moscú para encontrarlo, sin saber que con su muerte se nos acabó la visa y tenemos que volver a aprenderlo todo (…) pues solo quedarán esos minutos de la ventana de oro que supo abrir para nosotros de par en par, de tal forma que nuestro deber es pensar menos en su muerte y más en las circunstancias de su obra, perdurable y gloriosa, destacó.
Castañón dijo que Pitol tradujo al español más de 50 libros de diversos autores, pero para ello, dijo, debió haber leído a otros 100 en otros idiomas, siempre consciente de que su Ítaca era el español de México, de Yáñez y Galindo, el de Agustín Lara, Margo Glantz, de Pacheco y Monsiváis, de Poniatowska y Alfonso Reyes.
El también editor y poeta calificó a Pitol como un viajero constante que a veces parecía extranjero, un hombre ruso que se hacía pasar por veracruzano, por lo que exclamó emocionado: “Adiós, Sergei; adiós, Sergei, nuestro hombre en Varsovia y en Moscú: el agente secreto de El desfile del amor en Roma y en Londres; el mexicano que tomó por asalto Barcelona desde las trincheras de Cracovia y Budapest; el que hizo suyas las leyendas de Praga y de Zúrich”.
Por su parte, la también académica Margo Glantz recordó a partir de una semblanza a Sergio Pitol “como escritor y amigo”, con quien compartió charlas, viajes y proyectos, para después leer un texto que escribió al enterase de su muerte, combinado de una reseña de su libro El mago de Viena.
“Con él conversaba noche tras noche, intercambiábamos textos y criticábamos a los amigos; hablábamos de nuestros proyectos y viajes, de política, con él, con quien tanto viajé, iba a la ópera. Compartí amistades decisivas con él y veía películas clásicas. Un amigo con quien discutía de literatura y me leía sus textos”, recordó emotivamente.

El 12 se abril de 2018 –compartió con el público- recibió al mismo tiempo una foto de la máquina de escribir de Franz Kafka y la noticia de la muerte de Sergio Pitol: “Fue como un presagio, una metáfora, un paradigma, una gran tristeza, una añoranza. Él pertenece a una generación de escritores que se están extinguiendo como le sucede ahora a las ballenas y a los elefantes”, expuso la escritora.
La última vez que vio a Pitol –dijo— fue hace dos años, en Xalapa, adonde viajó junto con Mario Bellatin. “En esa ocasión me tomó de la mano y me mostró los retratos de varios de sus escritores preferidos y amigos, entre ellos, yo. Señaló mi retrato y me abrazó con mucho cariño y solo pudo pronunciar sonidos inarticulados. Fueron tres días entrañables. Fue la última vez que lo vimos, y después de ello no he sabido nada”, concluyó.

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