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I am not drink any fucking Merlot!

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  • Jorge Palomino Benítez

El vino es ese compañero comodín que se atreve a marcar o definir qué platillo se maridará con él, ¿o acaso es al contrario? El maridaje del vino y la comida es simplemente un obligado o, como dicen los gringos, un must. En Sideways (Alexander Payne, 2004, Estados Unidos) aprendemos un poco cómo hacer esto.

Nuestro querido Miles, un muy deprimido maestro de literatura con una novela de 750 páginas que espera ver la luz en la siguiente semana, vive en un suburbio de San Diego, California. Un sábado despierta “crudo”, por una cata de vinos, y recogerá tarde a Jack, su entrañable amigo de la universidad con el que compartió habitación. Pasarán una semana juntos en una aventura gastronómica, y no tanto eso, si no incursionando en el País del vino (Napa Valley, Santa Mónica, Los Olivos, etcétera).

El letrado Miles es un desenfrenado bebedor de vino y sólo eso: espumosos, tintos, de postre y digamos que algún tipo de mezcla, aunque venga de una cubeta de sobrantes. Jack, por otro lado, es un neófito que sólo quiere pasar un “buen rato” antes de casarse el sábado siguiente.

Así, nuestro Quijote y su torpe Sancho se hospedan en el Windmill Inn. El molino será testigo de las peores crudas que le puede dar a un alcohólico y fanático del vino. La visita a las vinícolas empieza. Nuestro catador favorito reconoce de pronto en un Byron 100% Pinot Noir 1992 sepa única, tonos de queso edam, espárragos y clavo. El listado de olores que puede reconocerse en un vino no va más allá de cuarenta aromas; sin embargo, la nueva ola de catas permite que se reconozcan olores de regiones que antes del descubrimiento de América no se conocían. El caso de Miles es más tradicional y sólo recuerda los que vienen a su memoria gustativa.

La historia nos lleva a clásicos lugares para comer, como el Hitching Post, donde el obligado platillo es un filete de avestruz, un filete sellado de manera perfecta, previamente marinado una noche con mostaza, soya, sidra, perejil seco, ajo picado y aceite, el platillo perfecto para maridar con un… Bien nacido vineyard Pinot Noir, Santa Bárbara, un vino bien afrutado, tenso, concentrado y, lo mejor, hecho en casa.

De pronto, en nuestra aventura se nos cruza un Chardonnay, un Cabbernet Franc y un Syrah que resultan poco trascendentales, pasados de maduros, fofos o desalmados, diría Miles.

Merlot, esa uva comercial, vulgar, conocida, prostituida, prefabricada, sale de la boca de Jack, y Miles explota: “No voy a tomar puto Merlot”; ahora sabemos de qué va esta historia. Cede por un instante y reconoce que un Fiddlehead Sauvignon Blanc es interesante y lindo, alcanza a encontrar un toque de clavo.

Dejemos de salivar por las copas y entremos al plato fuerte; pasarán por nuestra cabeza una sopa de elote con tocino, medallones de cerdo escarchados con trufas negras y puré de papas con wasabi. Acompañará esta cena un Whitcraft Pinot Noir 2001, bien nacido, un Sea Smoke Pinot Noir 2001 botella, un Kistler Sonoma Coast Pinot Noir y pausa.

Un Pommard 1er Cru de pronto aparece, puede que en este momento se hagan los únicos halagos a los vinos de Francia, siendo éste uno de los mejores y más premiados vinos a nivel mundial, sin ser un vino caro, que a la fecha en una subasta puede llegar a costar unos 1 800 pesos. Un reconocimiento a un Richebourg, un vino Grand Cru (viñedos que tienen historia desde la Edad Media, entre otras cosas).

Pero la estrella de la noche –y celebraremos con ella al final– es un Chateau Cheval Blanc 1961, como debía ser.

El vino para terminar de emborracharnos es un Murray de Santa Barbara, un vino para eso, y por supuesto, no, no es Pinot Noir.
La uva favorita de Miles es obviamente el Pinot Noir, por su delicado tamaño, localización geográfica, fina piel y difícil cultivo. ¿Por qué es tan preciada por él? Puede que se refleje nuestro melancólico borrachín en ella.

Este filme provocó tanta conmoción entre los gustosos del vino y la gastronomía del país del vino, que las ventas de Merlot se fueron al subsuelo entre los exigentes consumidores de California. ¿Quién salió beneficiado? Nuestro personaje favorito, el Pinot Noir.

Nuestro héroe vive las finales y terribles aventuras del ser amigo de un ignorante tropicalón y una fastidiosa noticia lo hace beber de una cubeta de sobras de degustación en un viñedo industrial, no hay mejor escena para ver su derrumbe. Al regresar a casa, sólo es un fracasado escritor que celebrará su miseria abriendo ese Cheval Blanc acompañado de una asquerosa hamburguesa tipo “Mc roñas” en un vaso de papel encerado. Para ponerlo en perspectiva, una botella así, hoy en día, se subasta hasta en 80 000 pesos. Salud.

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