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Presagio de un adiós

bello
Eduardo Caamaño

“Sé que mi cuerpo es un terrón de sal
y que sólo espera una gran lágrima
definitiva
que venga a disolver su espuma”.
                                                 (T.S)

Hoy Macario está triste. La muerte es una presencia que lo envuelve y, sin embargo, cuando ve a Magaly, el ramalazo de Eros lo sacude. Han sido días sin desdoblar el deseo, un silencio en la piel que comienza a dolerle lentamente.
Sabe que Magaly intuye ese adiós que él gesta cada día. “No la veré más”, se promete cada mañana, cada noche, pero su voluntad se hace arena.
La voz terrosa de Frank Sinatra se confunde con el aire bituminoso y la barahúnda de la bocina de los coches.

“I’ve loved, I’ve laughed an cried,
I’ve had my fill, my share losing”

Sube el vidrio de la ventana con el gesto preciso de quien no quiere contaminar los recuerdos. Frank Sinatra, el cantante más escuchado por su primo Noé. La voz de Frank Sinatra viva vibra dentro de ese breve  espacio.

“I he record shows,
I took the blows,
And did it my way”

Noé está muerto. Noé muerto. Muerto. Ni siquiera puede nombrar ese dolor que siente. Sería lugar común decir que ha sufrido una amputación porque no palpa el vació, es más que eso, es sentirse extraño a ese mundo que marcha igual, sin pausa, ignorante de esa emoción, de ese vapuleo anímico que él, Macario, padece.
¿Por qué es incapaz de expresarle lo que siente? Ella lo cuestiona con sus ojos-mariposa. Y, al no recibir respuesta, llena el agujero verbal con su voz cadenciosa. La voz. Frank Sinatra.

Magaly se detiene. Cesa en su vaniloquio.   Macario se ve desnudo, más desnudo de lo que estará cuando lleguen al hotel y logre abrazarla fuertemente mientras sus manos adquieren – aunque sea por unas horas–, la medida exacta de esa carne tibia y cuidada.
–Te extrañe –se oye decir.

Desconoce la urgencia de ese hombre que se transforma cuando está con ella.
–Extrañe tus besos, tus ojos, tu pelo…

Y ahora sí está ahí en la penumbra de ese cuarto igual a los otros. Puede adivinarlo.   El cuadro de un molino, la cama enorme, el sofá estrecho, el espejo como una puerta a una imaginación avara que necesite de artilugios para crecer.
A él le basta con derramar su tacto, desabrochar paulatinamente el deseo de ese cuerpo que lo hace olvidar el anillo que constriñe su dedo. A él le basta eso. Y hundir su nariz en la cabellera, aspirar los efluvios del perfume conocido.
–¿Fith Avenue?

Magaly asiente. Pequeña concesión. Es un código no verbal. Está ahí, completa, entera para él. Ofreciéndose en ese olor que sabe que le gusta.
–Si alguna vez no tienes mis besos, ¿los extrañarás?
Magaly responde aprisionándole los labios, hundiendo su aliento para aspirar hasta lo más hondo de su miedo, de sus dudas y culpas.
¿Por qué tenía que haberla conocido? Él estaba bien. Una vida ordenada. Los casilleros exactos para que cupiera todo. Todo lo estrictamente escogido por él. A ella no sabe dónde colocarla. No había construido un espacio

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Eduardo Caamaño

para este imprevisto. Rompe su orden. Fragmenta el trazo limpio y perfecto de su proyecto vital.

La recuerda en la universidad: segura, juguetona, acercándose a él para leerle el mensaje que le enviaría al maestro. ¿Por qué tuvo que abrir la boca? ¿ Por qué se desconoció osado, nervioso, expectante?
–A mí, si me haces esto, me mueves todo –se oyó decirle.
Para Magaly fue la anagnórisis jubilosa. Aleteó sus ojos–mariposa, confitó la sonrisa.
–¿Deveras? ¿A ti, Penélope masculino?
Macario se había acostumbrado a sus referencias míticas o literarias. En ella eran ya parte ínsita. Una manera de hablar y comprender el mundo.

Fidelísimo a su mujer y a sus hijos había sido, hasta el momento en que conoció a Magaly, el dibujo perfecto que cabía en una sola hoja.
¿Qué lo sedujo de ella? Había conocido mujeres más atractivas, más inteligentes… ¿Por qué había tenido que ser esa mujer-oleaje la que lo obligara a dibujar en un papel inexistente?
Regresaba de la universidad, buscaba la quietud lacustre de Vanessa. Sus ojos conocidos, su cuerpo delgado, su intergérrima confianza. Acercarse. Besar a sus hijos. Disparar la imagen testaruda de Magaly. Volver a su

país sin zozobra. Pero no. Se metió en la hondura abisal de esa mujer marina. Y no sabe cómo cortar los líquenes y cardúmenes, materia leve que lo ata a ella. No puede dar un átomo más de sí a ninguna: no quiere ser infiel… a ninguna de las dos.

Recuerda los días pasados. La búsqueda de escuelas, de posibles clientes en la otra ciudad a la que se irá en unos cuantos meses.
–Es una ciudad brumosa, un pequeño Londres latinoamericano. Tiene una vida cultural activa: la universidad, los cafés, las librerías. Te fascinaría. Podía imaginarte ahí, recorriendo las calles, extasiada enfrente de los estantes de las librerías, sentada en un café inventándole historias a la gente.
Ella ha cerrado los ojos, admite silenciosamente que él le hable, aunque sea parvamente de ese presagio de adiós.
Es un adiós que construye con palabras, que cava cada día, que adelanta.

Mientras, por dentro, Macario ayudará.
–Estoy sola, necesito compartir con alguien lo que disfruto tanto.
Macario la escucha. Sabe que ha comenzado a irse. Magaly se le va. Se irá primero.  Con su cabeza reverberante de cuentos e historias, con su cuerpo disfrutable, con sus ganas. Hace unos días leyó un cuento. Dos

personajes: un hombre y una mujer. La mujer apacible riega sus flores y espía al enigmático marido. No sabe lo que éste hace en sus horas insomnes. Ella sabe que ha olvidado algo importante. Por más esfuerzos que hace no logra recordar. La noche que lo encuentra, él reza frente a un gran retrato en blanco y negro. Es un joven apuesto. El recuerdo estalla como sandía, la invade, ese retrato es su hijo, el hijo que marchó a la guerra y ya nunca regresó.

Macario ve cómo Magaly se levanta. Se viste, cepilla su cabello. Ríe:
–Hoy no te quitaste el reloj, ¿te diste cuenta?

Macario piensa que tal vez los artilugios, precisos ahora, lo sostengan aquí, en la realidad, sin permitir el acceso al otro lado del espejo. Y ahora siente un vacío.
Las imágenes del hombre y la mujer del cuento se funden. Se hacen una.
Puede verse él mismo, dentro de… ¿diez, veinte años?
Reza, reza, por algo, por un nombre que era importante… y que ha olvidado.

“And now the end is near
and so I face final curtain”.

Acerca de Tania Rodríguez

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