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Fragmentos de una escritura perdida

El silencio se hace curación. El silencio va retomando los pliegues de la memoria, los ordena, los ajusta. El silencio se hace reconocimiento y, mucho más importante, se hace respiración. Como una música serena en cuyos acordes se avivan los recuerdos de antaño, el silencio va dejando una leve sensación, una dócil caricia que nos enfrenta, de una manera inexplicable, a lo que dicen las palabras y a lo que callan los labios.

El silencio es, también, el modo en que me reconozco mientras te pienso.


Con tristeza contemplo al árbol muerto en la fangosa llanura. Sus hojas encorvadas y la fragancia de su tronco expresan una rara belleza. He sido valiente al acariciarle; él es tan parte de mí como yo de él. Su esencia vegetal permanecerá intacta en la profundidad de la tierra, en el aire, en las palabras viajeras del agua.

Qué brota de la tierra que jamás se esfuma, qué secreto, qué verdad, qué revelación.


Escuchando a Gabriel Fauré he comprendido que la música es un danzar en el vacío, al modo en que lo promulgaban los antiguos míticos hindúes. La música es la imitación de las constantes naturales: el agua salpicando las rocas, el fuego ardiendo en ritmos secretos y el aire diluyéndose a través de nuestro cuerpo.


Pensar mientras se acaricia la hoja en blanco.


Daphnis et Chloé, obra del compositor francés Maurice Ravel, es una apasionada fuente de colores y decorados al estilo griego. Hay en ella una sensación vital de armonía y de renovada luminosidad.
Recuesto mi cabeza en el dorso cóncavo de la mano, mientras la música se ensancha, retorno a instantes de quietud y de furor, cual una caricia, una ventisca o el hundimiento necesario en el sueño. Daphnis et Chloé, más que un ballet, es el tiempo de un ámbito donde los sonidos se corresponden, y, de una manera delicada y sopesada, la vida solo puede ser una costumbre silenciosa que mientras nos hace desgraciados nos tranquiliza y ennoblece.


En las antiguas pinturas japonesas persiste una cierta inclinación por la sobriedad y el naturalismo. Allí viven instantes, modelos fotográficos de un cerezo en flor, dos grullas bebiendo de un arroyo al atardecer o la niebla matutina cubriendo las laderas del monte Fuji. Quizá el único capricho existente en alguna de aquellas obras pictóricas, sea la de ser lo más fielmente posible a las resonancias naturales, como si además de ver, se pintara con la mano del corazón.
La obra de  Katsushika Hokusai es a un tiempo una cercana emoción del paisaje oriental. En sus trazos los personajes prolongan una íntima relación con su entorno. El arte antiguo de Japón revela, no una verdad candorosa, sino un acontecimiento, un suceso; deja abierta una ventana, un claro; anuncia una experiencia vital, una música jamás escuchada, una palabra, una emoción.


Ha cruzado un pájaro veloz por mi ventana. El movimiento es atracción y yo me inclino ante su trayectoria. El pájaro sigue un curso natural y, sobre todo, impredecible. ¿Qué permanece?: el eco, la vibración, una caricia, una línea recta entre el aire.

Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron…
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.

– Octavio Paz


Lectura de poemas: si John Keats no hubiera escrito ninguna línea, jamás hubiéramos sabido del canto del ruiseñor, de las fragancias estivales o del amor condenado a la fragilidad de la memoria.

Fragmento de Endimión.

… ¡Me aferré
a la nada, amé a una nada, nada vi ni sentí
más que un gran ensueño! ¡Oh, presuntuoso pequé
contra el amor, contra el cielo,
contra todos los elementos, contra el lazo
que une a los mortales, contra los capullos
de las flores, el fluir de los ríos, y contra las tumbas
de los héroes difuntos! Contra su propia gloria
conspiró mi alma…
(Traducción de Julio Cortázar).
– John Keats

He querido evadirme de los otros, ocultarme en mi propia historia, ser corteza, onda, brisa. Aspirar a lo inasible ha sido un golpe del que, atraído por una levedad insospechada, pocas veces he logrado escapar con la fortuna que el mismo acto presume. Como John Keats, supuse, en ciertas ocasiones, que la sensibilidad habría de sobrepasar todo pensamiento, y que el orden de las cosas no podría ser advertido a menos que hubiera hecho de cada instante poesía en un estado natural. Pero no hay tierra que no sea cavada más allá de una noble suposición, y no existe la persistencia en el amor o en el deseo; siempre, frente a todo pronóstico, nos vemos asaltados por la risa o la melancolía y advertimos en ello el doblez de la realidad, y lo comprendido no es otra cosa que una grosera afinidad con lo común, con lo habitual.

 
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Serie fotográfica/ Laura Makabresku

Acerca de Wilson Pérez Uribe

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