Futbol

28

El amor y el futbol pueden ser las únicas dos cosas en el mundo que atraviesan todos los estratos sociales, de arriba abajo, casi sin complicación; dadores de pláticas como ningunos; en otras ocasiones son actos de fe y, sobre todo, generadores de fortunas.

En nuestros días ha circulado la noticia de que altos funcionarios de la FIFA están inmiscuidos en asuntos de corrupción, fraude electrónico, lavado de dinero y extorsión, atributos que frecuentemente son conseguidos a través de la administración de los intereses de las masas o, en este caso, de las pasiones de las mismas. Quienes están a cargo de regular y dirigir lo antes mencionado, ven desde su escritorio el inmenso horizonte de la especulación, el gran margen de error que se les presenta para tergiversar la encomienda para la cual fueron elegidos o contratados.

En los altos cargos del futbol —y en general, en los altos puestos que se sustentan alrededor del planeta—, hallan en la televisión a su más grande aliado para transformar la más primaria de las necesidades o la más sincera de las vehemencias en fortunas considerables; sin embargo, esto no es nuevo: basta echarle un vistazo a lo que nos cuenta Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra: “A fines de 1994, hablando en Nueva York ante un círculo de hombres de negocios, Havelange confesó algunos números, lo que en él no es nada frecuente: ‘Puedo afirmar que el movimiento financiero del futbol en el mundo alcanza, anualmente, la suma de 225 mil millones de dólares’. Y se vanaglorió comparando esa fortuna con los 136 mil millones de dólares facturados en 1993 por la General Motors”. João Havelange fue el predecesor de Sepp Blatter, presidente de la FIFA durante veinticuatro años.

Así como Eduardo Galeano, hay otros escritores y periodistas que han convertido cada vuelta de la pelota en historias que se cuentan con ayuda de la literatura, entregando líneas sobresalientes, viendo al balompié como un fenómeno social, económico y necesariamente político (no partidista). La crónica literaria, el periodismo literario se ha convertido en el refugio de las historias que no sólo tienen que ver con el análisis de lo que sucede en el “terreno de juego”, sino con las percepciones del aficionado, las anécdotas y las verdades del barrio; algunos ejemplos de este tipo de literatura son: Juan Villoro y su Dios es redondo, Jorge Valdano y Los 11 poderes del líder, Martín Caparros con su obra Boquita, Vázquez Montalbán y el Fútbol. Una religión en busca de un dios.

Lo cierto es que la literatura ha estado pisando terrenos que antes desdeñaba por considerarlo cosas para idiotas. Jorge Luis Borges decía que “el futbol era popular porque la estupidez es popular”. Matizando las palabras del maestro argentino, se entiende que la estupidez no sólo se hacina en el balompié, está en todas partes, incluso en lo que se piensa es de un nivel superior para el alma o de urgencia innegociable en las relaciones y debates de la sociedad. Solamente hay que prestar atención y buscarla (la estupidez); ahí está, aunque no sea tan obvia para los ojos y el pensamiento.

Una explicación a la incursión de los intelectuales en el tema del futbol, la ofrece Jorge Valdano, que antes de ser escritor fue jugador del Real Madrid y campeón del mundo con Argentina en México 86: “Los intelectuales ahora le han perdido el miedo al futbol. Hubo una época, que yo creo que por el espanto que les producía la masa, se alejaron del futbol; y a aquellos que les gustaba el futbol, lo disimulaban”. Él mismo ha contado una anécdota que involucra a Gabriel García Márquez, el escritor colombiano, que en una dedicatoria dirigida a Jorge, en alguno de sus libros, le daba las gracias por haber “contribuido a la eliminación de Colombia en el mundial del 86”.

Como Jorge Valdano, hay otros personajes involucrados de manera directa con este deporte, que han colaborado por medios distintos al de las letras para hacer notar la relevancia del futbol en la sociedad mundial. Un caso ejemplar es el de Didier Drogba, ciudadano marfileño —antes que jugador marfileño—, quien salió de su país a los cinco años de edad con destino a Francia en busca de mejores oportunidades de vida. Tuvo sus rachas negativas durante su adolescencia, sin embargo, lo que terminó de sacarlo  adelante por aquellos años —aunado a su indiscutible talento como centro delantero—, fue el nacimiento de su primer hijo. Su andar por las canchas es el de un jugador exitoso: prácticamente lo ha ganado todo.

Corría el año 2005 cuando Costa de Marfil se jugaba un histórico pase al mundial de Alemania contra la selección de Sudán. El marcador final fue un contundente 3 a 1, en favor de los marfileños, quienes irían por primera vez a una copa del mundo. Ya en los vestuarios, en medio del festejo y siendo conscientes Didier y sus compañeros de que todo su país los seguía a través de la televisión, el delantero tomó el micrófono, se arrodilló –lo secundaron sus congéneres– y dirigió el siguiente mensaje a su pueblo: “Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste… les pedimos de rodillas que se perdonen los unos a los otros. Un gran país como el nuestro no puede rendirse al caos. Dejen sus armas y organicemos unas elecciones libres”. Una guerra civil que había comenzado en el 2002, y había dejado alrededor de 4 000 muertos durante casi tres años, empezaba a conocer el preludio a la tregua que se pactaría en el 2007 entre los dos bandos en disputa por el poder. Todo surgió a raíz del discurso de un jugador, que como ya se mencionó, dejó su país, a su familia a la edad de cinco años, que en el camino de adversidad que recorrió, y antes de que la fama que hoy posee, lo alcanzara, aprendió a priorizar la vida fuera de cualquier postura ideológica. Hoy en día, Didier dona la mitad de su sueldo a comunidades necesitadas de África.

Las relaciones entre el futbol y el gobierno de cualquier país (especialmente en los que pertenecen al tercer mundo, como el nuestro), son relevantes. Son relevantes por esa función que le han asignado los grupos en el poder como un enorme distractor de la mayoría de la población. ¿Pero qué cosa que sea considerada como esparcimiento no distrae? ¿Acaso ante una cuestión de urgencia social (de los problemas de toda esa aglomeración de sujetos e individuos llamada sociedad), se prefiere alzar la voz, ir a  protestar antes que ver un partido de cualquier deporte, ir al teatro, al cine, al museo, a un concierto, proponer soluciones en una mesa, hacer ensayos sobre la misma, ir por unos tragos?

El futbol es un arma de dos filos, pero sólo se conoce el lado más desgastado del cuchillo: en la década de los ochenta, había un joven que fue a ver un partido que enfrentaba al Guarani contra el Corinthians, su camarada, que estaba a un lado, le dijo al oído: “El día que tengamos tanta gente en la asamblea como en un partido de futbol, empezaremos a cambiar a Brasil”, ese joven era Luiz Inácio Lula da Silva.

8

Sobre el verde, estaba otro joven llamado Sócrates. Al Doctor, como le apodaban a Sócrates (porque se graduó de la licenciatura de Medicina), le causaba mucha gracia saber que compartía nombre con un filosofo de la antigua Grecia. Él fue futbolista profesional en una época oscura para la sociedad brasileña, que vivía bajo las atrocidades de una dictadura militar.

A Sócrates le llegó la oportunidad de jugar con el Sport Club Corinthians en el año de 1978. Tras cuatro años en el club, Sócrates vivió los cambios internos del Corinthians a nivel directivo. El Doctor, junto con sus compañeros de equipo, y aprovechando dichos cambios, crearon un movimiento llamado Democracia Corinthiana, de la mano del sociólogo Adilson Monteiro, quien tomó la dirección del equipo, y quien confesaría no saber nada de futbol. No obstante, les inculcó a sus jugadores los ideales democráticos que la sociedad brasileña estaba persiguiendo en las calles. Con el paso de los partidos, en las playeras de los jugadores se imprimiría la leyenda “Democracia Corinthiana”, imitando ésta el símbolo de la Coca-Cola en color y tipografía. Una gran maniobra para atraer toda la atención.

De las continúas protestas en las calles, el acompañamiento del rock brasileño, del nacimiento de la enmienda “Dante de Olivera”, que fue promovida por un joven político de nombre idéntico que pugnaba por llevar al país a comicios para la elección del presidente y así poner fin a la dictadura, era partidaria la Democracia Corinthiana.

Era simple entender el movimiento cuya cabeza era Sócrates: ellos, los jugadores, explicaron a la afición que “si vamos a bordo del autobús y alguien quiere bajar a hacer del baño, lo sometemos a votación, si la mayoría dice que sí, paramos, si no, continuamos”. La gente en las gradas, las aficiones de otros equipos, se iban uniendo al movimiento, mas no al equipo Corinthians. Una inercia común los hacía sentir empatía por aquel hombre de 1.90 de estatura, enjuto, moreno y barbudo.

El movimiento que comenzó en las canchas culminaría el 24 de mayo de 1984 en un parlamento con la desestimación de la enmienda “Dante de Olivera”: 298 votos a favor (faltaron 22 para su aprobación).

A finales de 1983, el Corinthians jugó la final contra el Sao Paolo. En las playeras de los jugadores estaba impresa la frase “Día 15 Vote”. No decían por quién, sólo incitaban a la gente a ejercer un derecho que había costado demasiado conseguir. Minutos antes de que comenzara el juego, Sócrates, Wladimir, Casagrande, Adilson Monteiro y demás jugadores, portaban una manta que extendieron cuando se tomaron la foto oficial. La consigna escrita sobre la manta resumía el clamor de todo un país: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”.

Acerca de Alejandro "Chino" Velasquez

Léa también

INSTANTE

  U  n instante de placer ante los últimos estertores del atardecer que se desangra …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *