Pamela

pamela

Es un evento raro en demasía, tener la oportunidad de observar una mariposa en esta ciudad. He notado que muchas personas tropiezan al caminar, debido a que están mirando sus teléfonos celulares –Smartphones, les llaman ahora–. Yo tropiezo con bastante frecuencia también, pues me cuesta dejar de mirar de frente y hacia arriba, siempre con la esperanza de encontrarme una mariposa. Quizá todos estamos a la espera de alguna clase de aviso o mensaje.

A pesar de ser una farsa absoluta, me gusta mucho mi trabajo. Disfruto la tensión que se crea en el público, expectante, intrigado, deliberando como los hago y como resuelvo los trucos que presento ante ellos. Al final de cada presentación, el resultado es idéntico: los clientes me expresan su satisfacción con el show, se me entrega el pago acordado, algunas personas me solicitan tarjetas de presentación, recojo y guardo los elementos y objetos que utilicé, doy gracias y, me retiro.

Asumo que dentro del círculo donde me desempeño, debo tener una reputación buena pues nunca me falta trabajo; de jueves a domingo cuento con al menos una presentación. El resto de los días suelo pasarlos en  solitario y dado que no espero nada de nadie, acepto mi vida tal como es, sin dejar de reconocer que me gustaría ser más feliz, aunque no logro identificar como sería eso: ser más feliz. Solo el hecho de ver una mariposa puede alterar mi ánimo y, he contabilizado la cantidad de días sin haber visto alguna: 100 días, incluyendo el día de hoy, este lunes.

El sábado pasado tuve una presentación con motivo del séptimo cumpleaños de una niña llamada Pamela. Desde el momento en que me contacto su padre, sentí la intriga de conocer a alguien con ese nombre; no me había tocado tal clase de suerte con anterioridad.

La casa de la familia de Pamela era muy fría. En realidad se trata de un departamento dentro de una torre de muchos departamentos. La torre en cuestión, es de las que actualmente se denominan como: edificio inteligente, de esos que cuentan con estacionamientos privados, elevadores, gimnasio, zonas comunes y demás. Según me explicó el padre de Pamela, el edificio cuenta con un salón de “usos comunes” en donde se llevan a cabo la mayoría de las fiestas de cumpleaños de quienes viven ahí, pero, al estar en remodelación, la fiesta se llevaría a cabo dentro de su departamento, por lo cual tendría que adaptar mi show a ese espacio.

Cuando conocí a Pamela tuve una impresión difícil de describir. Sus grandes ojos grises –casi idénticos a los míos–, eran inexpresivos. Después, conté un total de 14 niños, incluida Pamela, y preparé la misma cantidad de juguetes para obsequiar. Mientras montaba mi presentación, noté que 13 niños escandalizaban tal como suele ser en estas fiestas; sin embargo, Pamela no. De vez en vez, sus padres la instaban a participar en los juegos, sin lograr ninguna clase de éxito.

Finalizada la introducción básica de mi show, inicié mi ronda de actos: cinco sin ayuda de un acompañante, cinco con participación de niños, tres con participación de adultos. Hasta ese momento, Pamela no había participado en ninguno, así que la miré directamente a los ojos y la invité a unirse a mí. Todos reían y gritaban. <<¿Qué te gustaría hacer?>>, le pregunté. <<Volar>>, me respondió de forma nítida en mi oído, y con ese acto que me solicitó, cerré mi presentación.
Mientras recogía y guardaba los elementos y objetos que había utilizado, los niños invitados cargaban a Pamela, como felicitándola; los adultos en cambio estaban en silencio, como paralizados. El padre de Pamela pagó mis honorarios. Nadie me solicitó mi tarjeta.

Hoy, a las 7 de la mañana de este día lunes, me llamó el padre de Pamela para decirme que la madrugada del domingo –ayer–, su hija había muerto. <<Papi, me voy a transformar>>, le había dicho, momentos antes del fin.

En algún momento leí que, en la noche es más probable ver mariposas. Siento una emoción que me endurece los músculos de mi cara, de mi espalda, de mis brazos, de mi pecho, de mi abdomen, de mis piernas, de mis nalgas, de mi vagina, de mis pies. Es de noche, voy hacia el parque cercano a mi casa y sé que veré por fin una mariposa.
 
Ciudad de México, noviembre de 2015.

Acerca de Daniel Antonio

Léa también

INSTANTE

  U  n instante de placer ante los últimos estertores del atardecer que se desangra …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *