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Paseo nocturno iii

Homenaje a Rubem Fonseca*

 

Regresaba tarde del trabajo. Mi mujer había dejado un recado con mi secretaria:
-Pasa a recoger el salmón ahumado para la cena de hoy con tus padres al restorán Delicatessen. Te queda de camino-. Me fastidiaba la idea de tener que apresurarme y no poder hacer mi paseo nocturno acostumbrado que tantas satisfacciones me daba. Recogí el salmón. Varias cuadras antes de llegar a casa, una oportunidad inesperada: La vi de espaldas, se alejaba apresurada, tambaleándose sobre los tacones altos de sus zapatos. Apareció al dar la vuelta en la calle oscura que habíamos denunciado varios días antes por no funcionar los arbotantes. No había nadie más. Ella estaba a punto de cruzar hacia la zona iluminada. No lo pensé. Pisé a fondo el acelerador. Sentí lento el torque. En ese instante, recordé que era el coche que mi hija me había prestado por estar el mío en el taller. No tenía la potencia de arranque ni el reforzamiento de los guarda faros de mi BMW, preparado para estas aventuras, pero la distancia era corta, pronto escuché el tronido agradable de los huesos al resquebrajarse. Placer interrumpido. El carro, sin la fuerza necesaria, viró hacia la izquierda, entrando a la zona de luz. Sentí miedo de estrellarme o ser descubierto. Maniobrando, logré controlarlo. La calle seguía vacía. Oí gemidos de dolor. No miré hacia atrás. No había completado mi obra, pero resultaba muy riesgoso intentarlo. Imposible que dure viva, pensé. Mañana recuperaría mi coche y volvería la tranquilidad para hacer las cosas con profesionalismo y limpieza como todas las noches. Con las manos temblorosas, las sienes cercanas a explotar, metí el carro a la cochera. Inhalé hondo varias veces, hasta recuperar cierta neutralidad. Revisé la defensa. En el lado derecho, una hondanada considerable, un rayón, sangre y cabellos adheridos. Mientras la limpiaba, mi mujer se asomó a la puerta del garaje que da a la casa.
– ¿Qué haces limpiando el coche? ¿Trajiste el salmón?
Asentí titubeante.
– Ya llegaron todos. Tu hija fue a unas cuadras a entregar una cámara que le había prestado Elisa. Ya se tardó. De necia, se llevó los zapatos que le regalaste. Seguro va a llegar descalza, con los tacones en la mano.

*Rubem Fonseca, autor de Paseo Nocturno I y II

 

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