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Tanto para nada

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Él andaba en los 26 y ella en los 38, era la viuda de Don Tacho Flores. La había dejado sin hijos, pero con 50 hectáreas de agave azul. Vicente Araus, hijo del capataz, estaba recién llegado de Watsonville, donde había trabajado por 5 años de mojado en los plantíos. De buen porte y echado “palante”, regresó con un carrote y un puñado de dólares. A punta de serenatas, flores y buena labia, fue ablandando a Doña Lucía, la viuda, quien de por si, estaba muy sola y poco sabía  de lidiar con peones.
El día del casorio, la comida se mosqueó en las mesas vacías, ningún encopetado fue. Vicente le dijo a su mujer: No te apures, al rato me van a querer , o al menos, me van a lamer los güevos… y así fue.

Al morir su padre, me ocupó de capataz. Desde entonces fue Don Vicente. Se trabajaba duro: a las seis ya estábamos en el campo; manejaba al parejo el tractor; con sus manos escarbaba para acomodar una matita que no estuviera bien sembrada; ensayaba haciendo injertos de distintos tipos de agave. Era exigente, pero generoso con los trabajadores. Muy pronto creció la hacienda y mejoró la producción. A veces en buena lid y otras con chanchuyos, se hizo de varios ranchos y haciendas vecinas; Fue el primero en exportar tequila a Chicago y otros estados. La cosa se le cumplió: pocos productores lo apreciaban, pero todos le rendían y le pedían favores.

Aunque a Doña Lucía se le veía poco, se le quería bien: cocinaba ella misma y le servía a la peonada en las fiestas de la Candelaria. Más de una vez llevó en su coche, de urgencia a las mujeres para atenderse de parto a la clínica. Ella misma trató desesperada de embarazarse; cuando al fin lo logró, se puso tan mal que hubo de operarla y de vaciarle el vientre. Ya no podría intentarlo. Vi cómo Don Vicente se limpiaba las lágrimas con rabia cuando lo supo. Un hijo era su mayor deseo  y el principal objetivo de su esfuerzo.

Siguieron las flores, los mimos, pero Don Vicente empezó a frecuentar por las noches a Adela, la muchacha chiapaneca ayudante de cocina. Yo hacía las guardias afuera. Debió ser un trato con doña Lucía, porque nunca hizo preguntas cuando Adela salió embarazada; vigilaba que le dieran bien  de comer y  descansara de más.

A los 7 meses Adela se puso mal. Doña Lucía la llevó a la clínica, de ahí a Guadalajara. No se supo de ellas hasta tres meses después. La señora regresó sola, con Vicentito en brazos y una nodriza para darle pecho. Adela ya no volvió. Se llevo buena paga, dicen. Ya ni sus cosas sacó.

Don Vicente estaba feliz; el chamaco era su propia cara. Para el bautizo se mataron 3 reses, 12 borregos y 30 pollos. Hubieron cajas de coñac y de güisqui, Invitaciones con letras de oro, gran guirnalda de flores a la entrada, todo con la V de Vicentito, también un potrillo que nació ese día, se herró con la V de su pequeño dueño que apareció  vestido de charro con botitas de piel y espuelas de plata.

Esa vez si vinieron copetudos, los grandes productores de tequila, el presidente municipal y el obispo de Guadalajara. Aunque no faltaron las miraditas de lado, los murmullos y las risitas, Doña Lucía como si nada, presumía orgullosa al chiquito. Nadie se atrevió a hacer preguntas incómodas.
Vicentillo no salió como el papá quería; debilucho y llorón, se asustaba de todo. No hubo poder que lo hiciera subirse a su ponny. Cuando cumplió los cuatro, en medio de lloridos y reclamos de la madre, Vicente lo amarró al animal que tras dos varazos se encabritjgfidusfguoeó y botó a Vicentillo en un zarzal. Llanto y reclamos se agrandaron. Don Vicente exasperado, cortó cartucho de su pistola y se la puso en la mano al niño.¡Véngate!, le dijo, ¡No te dejes, mátalo! El niño dejó de llorar, no se que tanto entendió, miró interesado la pistola. Su padre, con una sonrisa de satisfacción, rodeó con sus dedos la mano de niño y disparó. El piso se inundó de rojo, el potrillo agonizaba en medio de estertores. El niño parecía ahogarse de terror, trataba de gritar, sin poder emitir sonidos. Su madre lo  alejó mientras Vicente daba el tiro de gracia al animalito. Entonces le salió a Vicentillo un grito desgarrado que a todos se nos quedó grabado.

Nunca volvió a subirse a un caballo, tampoco mostró ningún interés en los trabajos de campo. Con el pretexto de la escuela y la protección de su madre, los evitaba.

Cuando cumplió los 14 se hizo tremendo fiestón, Don Vicente lo presentó como el nuevo dueño de la hacienda “Los Pirules”. Se la había decomisado al antiguo dueño  en pago de una deuda. Como a las 11 de la noche, llamó aparte a Vicentillo y sus amigos para anunciarles que como regalo, esa noche había cerrado la casona de Flor de Azalea para ellos. Una mujercita nueva esperaba ya a Vicentillo. Vi la cara de estupor del muchacho, pero no dijo nada. A mi, Don Vicente me encargó vigilar que todo saliera bien y me encomendó traerle la sábana con sangre de la muchacha.
Los demás se fueron a caballo. Vicentillo y yo en carreta. Regrésate, me dijo a medio camino, no quiero ir. Es mejor que le sigas, le contesté, tu padre no te va a perdonar si lo pones en ridículo,  ya sabes de lo que es capaz.

La muchachita comprada tendría su misma edad, se miraron con susto. Ninguno habló. Entre gritos y risotadas los empujaron al cuarto preparado para ellos. Yo me quedé junto a la entrada como me ordenaron, los demás chamacos pronto se desentendieron y se fueron con las otras mujeres. Después de una hora, oí risas tras de la puerta. Pensé estaría ya la sábana manchada. Toqué, pero no contestaron.

Vicente, ¡ábreme! Tengo que llevarle la sábana a tu padre. ¿Cual sábana? me dijo al abrir.
Entonces vi la cama sin destender y ellos intactos: La muchacha, sentada en el suelo, comía las frutas que les habían traído. Al parecer habían hecho buenas migas, pero nada más.
Al ver la puerta abierta, varios se dejaron venir. Yo me metí y puse el cerrojo por dentro. ¡Abran! gritaban, mientras empujaban la puerta. Debía hacer rápido. En todo esto iba también mi pellejo. Revolví la cama, saqué una de las sábanas y cerrando los ojos me golpee la nariz con el borde de la puerta del baño. Eso bastaría para que brotara la sangre. Manché la sabana y un poco el colchón.   La muchachita me veía sin entender.

Moja una toalla y tráela, le dije. Con eso me paré el sangrado. Vicente captó de inmediato; se quitó botas, saco, corbata y se desordenó el pelo; yo le recorrí el bilet y el rímel a la muchacha y le reventé los botones de la blusa.

Salí con la sábana entre los gritos de la chamacada. Vicentillo volvió a poner el cerrojo; me imagino que siguieron platicando.
Don Vicente, feliz, colgó la sábana con mi sangre de un balcón y todos le hicieran un brindis.
La muchacha debió luego decirle algo a Flor de Azalea porque Don Vicente me mandó llamar y me dijo: Te voy a dar este dinero por lo que hiciste y para que sigas con la boca cerrada, pero me mentiste. Te vas a ir lejos y no volverás a pararte por aquí.
La recompensa fue bastante para poner un ranchito.

A los pocos meses de mi retiro, supe de la muerte de Doña Lucía. Una víbora de cascabel la atacó en su propia huerta.
De Vicentillo se dijo que de tanto aborrecer el campo y querer irse a estudiar a México, Don Vicente, a sus dieciocho años, lo mandó pero sólo con el boleto de ida para ver si era capaz de hacerse hombre trabajando desde nada como él. Tiempo después las noticias fueron que había dejado de estudiar y trabajaba de mesero en un cabaret.

Don Vicente se amachó en no apoyarlo, hasta que  enfermó de cáncer. Se le veía muy cansado vagar por los campos. Un día sin decir a nadie, se fue sólo a buscar a su hijo. Quizá pensó que ya era hora de perdonarlo. Llevaba la dirección del cabaret por la calle de California. Al llegar, preguntó por él, un mesero dijo que se estaba preparando, no tardaría en salir. Se sentó en una mesa, pidió un coñac. Las luces se apagaron, quedando sólo unas tenues en el escenario. Una rubia desbordante salió a cantar. Apoyada en una silla, con movimientos sensuales, se fue desnudando mientras simulaba un canto que no correspondía siempre con el movimiento de sus labios. Don Vicente vio pasmado unas tetillas de hombre aparecer bajo la abultada blusa. Al deslizarse la falda, una pequeña trusa disimulaba un sexo de hombre. La rubia se quitó la peluca. Era Vicentillo. Don Vicente se levantó de la mesa, sus miradas se encontraron. Vicentillo vio a su padre sacar la pistola; sin dejar de mirarlo, con lentitud se quitó  las pestañas postizas. Fue entonces que Don Vicente dijo !Tanto para nada! y se disparó en la sien.

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