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Todos por la presidencia, ¿y por México quién?

“La ambición es el último refugio del fracaso”

Oscar Wilde

  A  ctualmente noticias van, noticias vienen, pero lo que es claro es que México se encuentra en un impasse, con muchos matices del descontrol histórico que ha permeado nuestro andar durante la vida independiente. Pareciera, según el viejo adagio, que la historia de México se resume así: “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”; ocurrencia dudosa, porque la Edad Media tuvo línea directa con Dios y no sería fácil considerarla el periodo más venturoso de la historia europea y tampoco sería fácil probar, hablando del presente, que la fe en Dios  sea la clave de la felicidad, pues ahí están los brasileños que, de cada cinco, cuatro creen en él y sólo tienen mucho qué Temer.

Olvidemos las ocurrencias, por ingeniosas que sean, y limitémonos a las desgracias construidas por nosotros mismos: 70 años de gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que dejan a México un saldo de 60 millones de pobres, una distribución del ingreso entre las más polarizadas del mundo y un Estado que es muestrario inagotable de ineficacia, clientelismo, corrupción y simulación.

Posteriormente vino una transición postpriísta que, desde el año 2000,  incumplió casi todas sus promesas, llevando a la presidencia a un individuo como Vicente Fox y a un partido de centroderecha ―el Partido Acción Nacional, PAN― que, por temor escénico, pusilanimidad, falta de ideas, “exceso” de responsabilidad (o, tal vez, las cuatro cosas juntas), dejaron prácticamente intactas instituciones atrasadas por décadas de presidencialismo absoluto.

Después, se vislumbró la posibilidad de que llegara al poder un hombre como Andrés Manuel López Obrador, otrora jefe de gobierno de la Ciudad de México, cuyo “izquierdismo” inquietó a las cúpulas oligarcas, mismas que iniciaron un trabajo de desprestigio y lo consumaron con la simulación del conteo electoral, utilizando al Programa de Resultados Electorales Preliminares como legitimador de un fraude. Fue así que se dio paso a una segunda gestión panista que, en perspectiva, se convirtió en la era de los mitos de la influenza, las líneas de crédito del Fondo Monetario Internacional y una violencia desmedida que trajo el mandato de Felipe Calderón. 

Por lo anterior, los esbirros del discurso de “roban, pero dejan robar” utilizaron lo sucedido para así volver a la silla presidencial con un pelele que ha traído en su maleta casos como la Casa Blanca; Ayotzinapa; su cliente favorito, Grupo Higa; los gasolinazos y el programa de espionaje cibernético Pegasus, acompañado todo lo anterior de pobreza, violencia y el engrosamiento de las filas del desempleo.

¿Hasta cuándo se dará un salto histórico? En realidad, ¿qué lo impide? ¿La política? ¿La gente? O, mejor dicho, la baja calidad de una política que no puede encontrar los consensos mínimos para reformar las instituciones y una maquinaria de Estado que hace agua por casi todos lados. Actualmente cualquier político de ínfima categoría intelectual parece sentirse Napoleón, poco menos o más. Hoy, en un despliegue de obsesión presidencialista que revela la psicología de fondo de los partidos políticos mexicanos, no se trata de gobernar, sino de ocupar el poder, que es el supremo dispensador de favores.

Desde hace meses los favores son el tema central, una especie de hoyo negro en el que todas las urgencias de México se pierden en una feria de ambiciones que germinan por doquier, sin el menor asomo de un proyecto serio. Lo que ocurrió después del 2000, del 2006, del 2012, en realidad es lo que ocurre hoy: nada.

Hoy, los infames que buscan la presidencia no buscan aprovechar la ocasión para iniciar una política seria de depuración y moralización de la administración: ellos prefieren llamar al desprestigio contra todo y contra todos para debilitar las carreras presidenciales. Hasta ahora no han tenido el valor, ni la inteligencia ni la voluntad política para poner las manos en la maraña de inercias ilegales, de colusiones con la criminalidad y de ineficacia sustantiva de los aparatos de policía. “Mucha revolución, mucha critica” y muy pocos resultados: su única misión es tener el poder y abusar de él.

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Acerca de Luis Enrique González Castro

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