Un poquito de tierra para recordar

luna 2
Yanika Luna

          “Para Diana, cazadora siempre”

Decían que los concordianos habían adquirido sus calles para tener a su alcance las grandes piedras que le servían de municiones para mantenerse entre ellos. Decían que era un pueblo donde los hombres mataban con las balas y las mujeres con sus miradas. Decían de alguien que venía huyendo y había sembrado la primera casa del pueblo, y era, entonces, un pueblo maldito, construido con la saliva del rencor y las historias sucias.

Nadie sabía con precisión cuándo habían llegado los demás, pero las cosas se fueron acumulando, sin orden, alrededor de la pequeña plaza de árboles desnutridos y resecos. Decían… ¡tantas cosas!

Su hermana La Negra les contaba todos los rumores, y era la que se enteraba de quién llegaba, quién se iba, quién moría y quién vivía con quién. Pero con ella tenían que andar con cautela por su afán de fabular; La Negra era capaz de decirles que desde el limbo había visto cómo nacían todas las hermanas mayores y por qué les ponían nombres que respiraban otros aires.

En el “lo sé todo” se informaba de lo que la maestra Herminia no podía responderle. Diana jamás olvidaría aquella vez cuando La Negra se acercó sigilosamente y le dijo en secreto que ya sabía por qué le habían puesto “Diana”: “Para que cazaras y mataras hombres; vos nunca podrás casarte”. Y le dijo también que los ojos se le habían hecho grandotes, como venado, para que pudiera ver a la mocuana, la llorona, al cadejo y a la cegua, y así podría cuidarlas a todas y Dulce Penélope no lloraría por las noches. Desde entonces tuvo pesadillas: un toro que bufaba en su cabeza, pies que corrían, jadeos y esa bola negra, inmensa, que rozaba su espalda y siempre estaba a punto de alcanzarla.

–Mañana llevaré a Diana con el compadre Alejandro, tiene calentura y delira, dice cosas –oyó que mamá comentaba.

Hacía días que los orzuelos enormes le cubrían los parpados. La Negra estaba trise, y le comentó que seguramente ya no sería cazadora. Justina les prometió llevarlas con doña Laura, porque como acababa de dar a luz, ella, con sus pechos rebosantes de leche tenía la mejor medicina. Nunca supo quién le fue con el chisme a mamá. Eso decidió todo.

Sus hijas se estaban criando con vacas y piedras, con supersticiones y creencias absurdas. El colmo había sido lo de Justina, llevar a la niña a recibir en sus ojos infectados el chorro de leche de doña Laura. Ya no quería ese pueblo para sus hijas. Las monjas las recibirían, al aceptarlas sabían que todos los productos deliciosos de “la costumbre”, llegarían a su mesa bien servida. De nada valía llorar, suplicar, los últimos días fueron de telas, medidas, zapatos y despedidas.

Diana recogió todas sus cosas: el rosario que le regaló su tía Nidia por su Primera Comunión, el libro de cuentos donde estaba el gato con botas y que le recordaba a papá: “¿de quién son esas tierras?, ¿del Márques de Carabas?”. ¿De quién son todas esas tierras?, ¿de papá, de papá, de papá? Metió entre sus camisolas dobladas la foto que la Navidad pasada le tomaron con el primo Ricardo: feliz él, abrazándola finalmente. Por supuesto que no aparecía la hilera de ladrillos donde tuvo que pararse para poder alcanzarla. Ella, llorosa, enojada por las morisquetas que le hacían sus hermanas mientras le cantaban: “Diana tenía un violín y con él se divertía, y cuando Diana quería el violín decía…”.

Guarda todo: su colección de llaves, sus cromos y la navaja preferida de La Negra, quien solamente se la había entregado “para que te defiendas y mates a muchos hombres”. Le había recordado, además, una mujer desnuda disparando un arco: “Esa sos vos, llévatela para que te acompañe”.

Salió al patio, habían regado con la manguera roja y el olor a tierra la inundó totalmente. Se sentó, con sus uñitas rascó la tumba reciente de la Bamba, la perra que había muerto. Se llevó a la boca los grumos de tierra y los saboreó, mientras las lágrimas le caminaban por la cara. ¿A qué sabía la tierra de Jinotega? ¿No le gustaba? Abombó su falda y echó en ella toda la tierra que le alcanzaba, la metería en una de sus fundas.

No supo cuánto lloró. Desde donde estaba podía ver la hamaca colgada en los matapalos. Papá hacía la siesta; vio cómo jalaba a Rosa, la china de su hermana Penélope, y buscaba algo entre sus faldas. Se sintió observado y la vio, alzó el puño; ella corrió, cuidando, eso sí, de no tirar la tierra que llevaba en su falda. Papá no volvió a hablarle, ella no entendía, Rosa se había ido.

Subieron a la camioneta, desde la ventana muchos ojos las observaban. Olimpia, su hermana mayor, le había echo un peinado elaborado y todos se rieron al verla: era toda una señorita de diez años. Se distrajo con las risas. Su primo Ricardo, parado en el quicio de la puerta de la casa grande, mecía la mano despidiéndola. Rogó que sus hermanas no comenzaran con su canto, pero no, todas estaban tristes.

Afortunadamente en el último momento se le ocurrió cargar en sus bolsillos bastante tierra, se metió un terroncito y lo comió en silencio.

Las monjas no eran tan malas como le habían dicho a su hermana La Negra; es cierto que tomaban las cajetas de leche, las mermeladas de higo y las cuajadas que papá y mamá traían, no obstante, lo que sí le molestaba era bañarse a las cinco de la mañana con el camisón puesto: “Dios la miraba y el cuerpo no se debía mostrar, era pecado”.

Micaela tenía cuatro o cinco años más que ella, nunca lo supo bien. Desde que llegó, se convirtió en su gran amiga, casi todo lo compartían. Lo único que nunca le diría era que comía tierra a escondidas y que de vez en cuando acariciaba la navaja que La Negra le había regalado “para matar hombres”.

En el colegio de las monjas no entraban hombres, todo el trabajo lo hacían “las hijas de casa”. El único que acudía era el padre Núñez, un cura joven y casi guapo, que les revolvía el pelo cuando llegaba. Micaela le dijo que tuviera cuidado, que cuando fuera a confesarse nunca estuviera sola: nunca, nunca, nunca.

Los días eran largos, las mañanas frías y las tardes de armonio y rezos. Las noches eran del toro y sus pies huyendo. La noche anterior sintió un dolor en sus pechitos, comió tierra, tal vez el sabor hiciera que el dolor disminuyera… ya se la estaba acabando, tendría que confiarle a La Negra su secreto para que en su próxima visita le llevara un poco de tierra.

En el baño le dijo a Micaela lo de su dolor, ésta le pidió que se quitara el camisón, y entonces le mostró sus pechitos hinchados, Micaela se los chupó mucho rato: “es buena medicina”, eso le dijo; ella sintió una cosquilla que subía por alguna parte de su cuerpo.

Toda la mañana estuvo preocupada: ¿y si fuera pecado lo que hizo con Micaela? ¿Y si Dios la castigaba? ¿Y si…? Llegó a la penumbra de la capilla. El padre Núñez estaba solo, ¿cómo decirle? No supo en qué momento se lo dijo. El padre Núñez se rió. No, no era pecado. Se levantó, cerró el pestillo de la puerta. Él también podía ayudarla. Cerró sus labios en la hinchazón de sus pechos. La cosquilla no subió esta vez, esperó, esperó… Pensó en la navaja de La Negra… y si…

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