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Como su nombre lo indica

  • Rosamarta Fernández
1996 Sin título, óleo sobre papel, 16.5x11 cms
Luis Granda

Severo Mirón, hijo, se acomoda con sumo cuidado el moño de la corbata, midiendo al tanteo que las dos alas queden simétricas. Voltea para cerciorarse de que todas las cabezas del grupo estén inclinadas hacia el exámen. Con un poco de ansiedad y bastante placer, se dedica a ordenar por tamaños los lápices de finas puntas que precavidamente ha traído para que los alumnos no tengan ningún pretexto de salir; con este mismo fin, permitió ir al baño a quien quiso antes del inicio.

Casi todos los lápices tienen distinto tamaño, lo que facilita su ordenamiento, sólo le incomoda el bicolor, que desentona con su rojo y azul y su doble punta. Duda en ponerlo aparte, junto a la goma, que también es de dos colores… podría ser…

En esas está, cuando escucha el carraspeo femenino que conoce bien. Su mirada resbala por los objetos que hay sobre el escritorio, por la madera del piso, por los asientos vacíos del frente, por los alumnos, hasta llegar a ella. La joven cruza la pierna con aparente descuido, dejando ver buena parte de sus muslos; luego hace un movimiento ostensible de pudor, bajando la falda hasta cubrir la rodilla. Severo siente el esperado y temido estertor en el plexo solar. La joven despega los ojos del examen para mirarlo. Severo se ve descubierto, pierde el eje, el que carraspea ahora es él.

Con aire de autoridad, se levanta, toma un libro y va recorriendo los pasillos. Se crea tensión en el grupo, hay movimientos sospechosos en la parte de atrás, pero él no llega hasta allá, aparenta ver los papeles que se llenan. Con su zapato bien boleado, empuja un tenis que sobresale de una fila. Esta vez va al fondo para aproximarse a ella por la espalda.
Sabiendo que se acerca, la joven desabrocha un botón de su blusa, mira el escote, no es suficiente, desabotona el siguiente; se asoma la línea de los pechos. Severo se detiene y mira lo que se le ofrece. Ella finge no darse cuenta, pero no puede ocultar su nerviosismo; no ha logrado escribir nada en la hoja blanca. Severo siente que la erección comienza, ¡es una lata!, se pueden dar cuenta los demás, pero no se mueve. Ve las rodillas que se han descubierto de nuevo, los pechos en forma de pera, como le gustan, muy desarrollados –piensa–, para catorce años. Imagina los pezones… deben ser rosados…

Ella ve de reojo los pies próximos a su silla, se abotona la blusa. Él reacciona, se encamina a su lugar cubriéndose el sexo con el libro, ¡suerte que se le ocurrió traerlo! Se sienta. Ya protegido por el escritorio, voltea hacia ella.

La joven no sabe qué hacer con el lápiz. Mira al maestro consternada, trata de establecer algún acuerdo. Él es ahora dueño de la situación; toma con delicadeza el bicolor y lo coloca junto a la goma, cuida que el borde que divide los colores de ambos quede perfectamente alineado.

Un nuevo carraspeo lo interrumpe, cuando mira, el ángulo de las piernas se abre, desvía ella la mirada, para que él pueda ver a sus anchas. Severo siente un pequeño vértigo que lo hace cerrar los ojos por un momento. Se controla. La joven intuye que ya ganó.

Suena la campana. El maestro pide que entreguen la hoja de examen. La joven se levanta la primera, entrega la hoja sólo con su nombre; lo mira esbozando una sonrisa más nerviosa que coqueta.

Cuando el último alumno entrega su hoja, Severo mete la mano hasta abajo para sacar la primera. Se cerciora de que todos han salido, toma el bicolor –su mano tiembla un instante–, voltea impulsivamente hacia el lugar vacío de la joven; con la punta roja anota: 0.

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