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Amar o morir IX Yazmín

Cuenta mi madre que embarazada, se quedó dormida bajo un enorme árbol. Al despertar, tenía una víbora enroscada en su vientre. La víbora huyó. La comadrona del pueblo me sacó de ahí. Colgó mi cordón umbilical en el árbol.

Nací en un pequeño poblado de Guerrero. Al año, nació mi hermano. De mi padre nada supe. Sólo que tomaba mucho y golpeaba a mi madre. Ella, siempre triste, decía que si queríamos nos llevaría a conocerlo. Me hacía falta, pero no quise.

Mi madre empezó a trabajar con Angelita, una señora árabe, dueña de una fábrica de suéteres y una casa de cuentos de hadas. Nos aceptó a los tres, alojándonos en una casita alterna con árboles de toronjas en Xochimilco. Ahí crecí, sin mayores carencias, con regalos de navidad y algunos paseos. Cármen, hermana de la dueña, fue mi madrina. Nos queríamos mucho. Su hijo murió en un accidente de carretera. Entró en depresión. Cuando iba en secundaria, la vi por última vez. Murió. No me dejaron despedirme. Soñé que me extendía la mano, pidiendo me fuera con ella. Se la daba, cuando mi madre me despertó.

Iba bien en la escuela, becada. Era buena deportista. Soñaba con una fiesta de mis próximos quince años. La señora Angelita enfermó.

Terminaron las salidas, los regalos. Un día me envió a dejar papeles a casa de su hijo. Al llegar, se me abalanzó y abusó de mi. Amenazó, le iría mal a mi familia si lo decía. Quedó manchada de sangre la faldita blanca de deportes. Llegué así a mi casa. Se lo dije a mi madre, creyendo diría -Vámonos de aquí – Cuando llegó el muchacho, me ordenó – Pídele perdón-. Salí huyendo. Llorando, caminé sin rumbo hasta ya muy noche. Debajo de un puente, vi gente sucia. Alguien preguntó – Qué haces aquí?- -me fui de mi casa- respondí. – Ven te vas a calentar-. Bebí por primera vez. Primero vomité, luego me sentí bien. Me dormí. Al despertar, estaba con otras mujeres. -Vas a trabajar con nosotras- Sí, dije. Limpiábamos coches, recogíamos basura. Dormíamos en la calle, con cartones, bajo un puente. Nunca me drogué. Alcohol sí.

 

Meses después apareció Fernando, un señor ya mayor. Me llevaba comida. Decía era sin nada a cambio. Platicaba con él. Me invitó a vivir en su casa. No quise.

En la calle crecí. Empecé a reglar a los diecisiete. Me asusté. Las chavas me explicaron.

Mi madre me localizó. No quise volver. Por su culpa estaba ahí.

La chica que me recogió, murió atropellada mientras limpiaba un coche. Mi primera muerte. Me fui al centro. Ahí se tenía que ganar una su lugar. Entré a una banda. De bienvenida, me golpearon entre varias. No me defendí mucho, solo puse el cuerpo fuerte. El líder, de veintiocho años, las frenó: – Ya déjenla, sí aguanta la bata-. Me curaron. Me volví ruda. Éramos “las amazonas”. Solo mujeres de carácter fuerte.

Andábamos por las vecindades de Tepito, por Garibaldi. Fernando reapareció. se había casado. “Tienes que estudiar”, me dijo. “Ven a vivir con mi familia.” No quise.

Sentada en la banqueta, una señora se detuvo. -Tú me gustas, tienes algo-, dijo. La ignoré. Días después, la vi salir del cabaret “la Burbuja”. -Es mi negocio- dijo, -si quieres trabaja conmigo. Tú no eres de la calle-. Sí soy, respondí. –No, tú eres de casa. Sabes hablar. Búscame, soy Paloma-. Meses después, detuvieron al líder. La banda se tambaleó. Busqué a Paloma. Me contó que había perdido a su hija, tendría mi edad. Nunca la halló. –Quiero hacer algo bueno. Vente conmigo-, dijo, -No quiero que hagas nada. Vas a estudiar. Te quedarás en el cuarto de atrás, no en el bar-. Y sí. Comí mucho, siempre con hambre. Estudié hasta segundo de prepa. Paloma enfermó. Dejé la escuela para cuidarla. Tenía 18 años. A los diecinueve me dijo – Hoy tú puedes decidir qué hacer con tu vida- Quiero aprender a bailar, respondí. Fue excelente maestra, y a mi, se me dio. Ya en el bar, bailaba en el tubo. Ella decía – El tubo es un arte, y la mujer que se atreve a desnudarse, es valiente-. Así lo vi. Me gustaba. Hay tubo rotatorio y tubo fijo. Se requiere mucho ejercicio, condición física, talento y libertad de decir con el movimiento de tu cuerpo lo que quieres comunicar al que te mira. La primera pieza es movida, la segunda lenta, para tener el tiempo de desnudarte. Me gusta lograr que me deseen. Me llamaban a las mesas. Sólo bebía. Le generaba dinero a ella. Yo invertí en mi ropa. No faltaban los “mano larga”, pero yo no consentía. No me acostaba con ninguno. No me involucraba emocionalmente con nadie. Están las chicas de variedad, que bailan en el escenario y las de salón, que se Cotizan mejor. Un mesero te trae un recado o un detalle del cliente que quiere te acerques a su mesa. El trabajo es que el cliente consuma. Tú recibes una comisión. Con lo aprendido, fui a trabajar en otros bares. Hacía también “table dance” y ya daba a los clientes el servicio completo. Ganaba bien.

 

Me gustaba leer, viajar a través de las letras. Mi primer libro fue “El conde de Montecristo”.

Busqué a mi madre. Habían demolido la casa a favor de un edificio de departamentos.

Me reencontré con Fernando en el Bar “Los pericos”. Primero no me reconoció. Me había cambiado el nombre a Yazmín. Con la mirada me hizo sentir que estaba mal que me estuviera prostituyendo. Luego dijo – Baila para mi.- Lo hice. No me pidió más. -No trabajes aquí-, me dijo. Me gusta, respondí, pero pensé. – Tiene razón-

De compras en un Supermercado, vi que solicitaban personal. Trabajé en el área de salchichonería. Ahí conocí a José Luis. Me hice del rogar, pero me fui a vivir con él por tres años. Yo tenía veintidós. Fue una relación de muchos golpes. Llegaba y golpeaba. Compensaba luego con cosas materiales. Lo primero, una licuadora. Decidí dejarlo. Volví a mi trabajo de tubo en los bares.

Experiencias de todos tipos. Algunas desagradables. Un cliente se puso violento. Tuve miedo. Me chupeteó todo el cuerpo. Cubierta de moretones, con mucho dolor, tuve que trabajar tapada durante tres semanas. En otra ocasión, fuimos varias con un grupo de muchachos. El que me tocó, tenía un miembro muy largo y delgado. Sentía que me clavaba una espada. Otra vez, en una “orgi-fiesta” en un hotel, el cliente que me eligió, tenía el pene muy rojo. Me negué. No cobré. Me fui. Un día, me llevaron a un muchacho de dieciséis años para que lo estrenara. Les dije – Sería mejor si va con una chica de su edad-. Insistieron. Estaba muy nervioso. Me pagaron bien, pero no hicimos nada.

Los demás creyeron que sí.

Fuera de eso, tuve suerte. Nunca me golpearon.

Muchas veces los hombres, más que una relación sexual, buscan desahogarse, sacar el estrés, hablar, sentirse adulados o aceptados. -Sé que estoy comprando amor-, te dicen. Otras veces, vienen a vivir las fantasías que no pueden realizar con sus mujeres, porque tienen prejuicios. Con frecuencia les decimos que son muy guapos y que lo hacen bien. Salen contentos y pagan mejor.

Me he dejado llevar siempre por las emociones. Si los clientes me gustaban, disfrutaba, dejaba venir el orgasmo, si no, lo fingía. Siempre clara de que no venía a ser novia, sino a chambearle para llegar con dinero a la casa.

En eso ha cambiado la mujer. Ahora tenemos derecho de sentir.

Haciendo mi show en el tubo de un bar, noté que una clienta me miraba. Estaba sola.

Al terminar, me invitó a su mesa. Acepté. Nos gustamos. Me fui a vivir con ella. Fue una bella relación, de respeto y cuidado mutuo. Todo nuevo para mi. Confundiéndola con otra, la mataron afuera del bar. La vida ha sido así. Me arrebata lo que más quiero.

Meses después, me reencontré con Ariel, un joven, cinco años menor que yo, que tiempo atrás me había gustado. Por primera vez me enamoré profundo. Por primera vez me embaracé. Tuvimos tres hijos. Él trabajaba en la construcción. Nunca faltó de comer, pero abandonaba. Tomaba y le gustaban demasiado las mujeres. Perdió su trabajo. Supe que había embarazado a otra mujer. Huí de mi casa preñada de un mes, de mi hijo Pedro. Fui a la Delegación de Coyoacán. -Estoy embarazada. No sé dónde ir-, les dije. Me enviaron a una casa hogar para madres solteras. El Club de Rotarios enviaba comida. Nos obligaban a empaquetarla y venderla. A nosotras nos daban sobras de restoranes del aeropuerto, con frecuencia descompuestas. Noté que no les entregaban actas de nacimiento a las mujeres cuando parían. Las enviaban a un mandado y al regresar ya no las recibían. Los bebés luego, desaparecían. Pensé en escapar. Logré enviar la dirección de la casa hogar a Ariel. No hubo respuesta. A los ocho meses de embarazo, llegó mi suegra preguntando por mi. -No puede salir-, le dijeron, -prometió dar a su hijo en adopción.- Sí me sacó. Volví con Ariel. Seguía enamorada. Mi hijo nació bien.

Estando en un parque, Pedrito de cuatro años, en el columpio, mi niña en la resbaladilla, un coche se metió sin control estrellándose contra el columpio. Mató a mi niño. Ensangrentado, lo abracé. De nuevo la vida me quitó lo más querido. Su padre no vino al entierro. Empecé a sentir mucho rencor.

Un día, teniendo intimidad, Ariel me llamó con otro nombre. Lo rechacé. Discutimos. Abrí su celular. Tenía fotos. Lo aventé. Se rompió. Me golpeó muy feo. Dije – ¡YA! – Regresé a lo que sé hacer en los bares: bailar en las mesas. Me desnudaba ya solo de la cintura para arriba.
A los treinta y dos años, conocí a Eduardo, de cincuenta y cinco. Capitán de Aeroméxico. Cliente frecuente del bar. Me veía bailar. Algo le atrajo. Me invitó a salir. La dueña del bar dijo: Hazlo, es buen cliente. Muy caballeroso. Comimos en un restorán elegante. Luego en un hotel, resultó ser excelente amante. Quedó satisfecho. Me pagó dos mil pesos. ¡De aquí soy! me dije. Salí con él por tres años. El pacto era no enamorarse. Yo cubría sus fantasías. Me trataba con respeto. En la cama, cuando terminábamos, con ternura, decía- Ven, descansa.- Aprendí a beber vino tinto, con pescado y carnes rojas.

Me veía como una dama, una señora. Acepté que era tan puta, como señora. Trabajaba para él, cuidando su cartera, sus tarjetas, mientras bebía. Yo me abstenía de hacerlo. Me pagaba mil pesos por noche, en dólares o en euros. Fui ahorrando. Él Viajaba mucho, a Londres, Paris, China, Japón. Yo viajaba a través de sus ojos. Así conocí bastante, sin estar ahí.

Te has subido en un avión? Preguntó un día. –No-. – Viajo a Guadalajara, te invito-

Me compró zapatos, tres mudas de ropa. Como si fueran mis quince años. Pasar por el túnel, entrar a primera clase en el avión, luego a la cabina. Él en su traje de capitán. Conocer el cielo.

La amistad se fue estrechando. Él, alcohólico, buscaba compañía para sustituir a su familia. Platicaba con mis hijos como nunca lo hizo su padre.

Pagó la fiesta de quince años de mi hija. Bar Cuauhtémoc decorado, vestido de la Lagunilla, coche descapotado, pastel de tres pisos, mariachis. Invité al papá. -Te pago el alquiler de un traje-, le dije. Llegó en mezclilla. Asombrado de que el capitán tomara mi mano al bajar del coche. Al tiempo supe que Ariel vivía con otro hombre operado de mujer, con pechos y nalgas nuevas. Se llama Lady. Cerré ese capítulo. Me quedo con lo bonito, de cuando me enamoré.

Siete años duró la relación con el capi. Seguí ahorrando.

Al jubilarse, los pilotos hacen su último vuelo en un Boing 777 y una gran fiesta. El capi me invitó a la suya. Tuve miedo. En un bar estaba segura, pero ahí?…

Fui. Poder desenvolverme en ese medio, fue importante. Ahora sé que me puedo parar en cualquier lugar.

Poco después, invité a una amiga a salir con nosotros. Los descubrí teniendo relaciones. De ahí, él se fue alejando. Lo extraño.
Mi madre me buscó. Más de veinte años sin verla. ¿Como manejar la emoción? Me ilusionó la posibilidad de reconciliación, del perdón. Preparé comida. Cuando llegó, no me dejó tocarla. Al ver la casa con los arreglos y la gran pantalla que me había comprado el capi, su comentario fue – Debes estar muy endrogada con todo esto-. Me revisó los brazos, a ver si tenía piquetes. No me aceptó ni un vaso de agua. Se fue. El perdón esperó hasta que murió. Aún me duele.

Con lo ahorrado, en sociedad con una amiga, compramos el traspaso del bar “Venecia”. Ya no bailaba. Una acaba aceptando que la firmeza de las carnes, se acaba. Mejor mantener la dignidad. Trabajaba detrás de la barra. Tenía cuarenta y dos años.

Entonces, llegó Julián, aluminero, de veintitrés años,. Química inmediata. Tomamos juntos. Lo que nunca antes, empecé a pagarle. – Recibí propinas de más- , le decía, sin mencionar que era dueña, para no despertar su interés. Nos toqueteábamos. Ya calientes, le decía que se fuera. Al día siguiente ahí estaba. –Hoy se te cumple lo que tanto quieres-, le dije una noche. Hicimos el amor en un hotel. Me fascinó. Con miembro grande. Sabía moverlo. Nada que enseñarle. Conocía todo. Me enganché.

-Quiero andar contigo, ser novios-, me pidió. A los seis meses, decidimos vivir juntos. Mis hijos , él de nueve, la niña de quince, no lo aceptaban. Yo, enculada, no veía claro. Un día llegó tomado. Me golpeó. Quedé con marcas. Mi hija preguntó si era la forma en que iba a educarla. Lo corrí. A los quince días, volvió rogándome. Acepté. Mi hija se fue a vivir con su padre.

 

Una noche, Julián me invitó a salir. Tomamos y bailamos. Al salir, buscamos un taxi. Ismael, un joven, caminaba junto a nosotros. Nos dijo –Vienen de fiesta. Vamos a seguirla. Yo traigo con qué. Vamos a mi casa por más-. Mostró su cartera con dinero. Por la mirada de Julián, supe sus intenciones. Le dije – Me voy-. Vamos o ya sabes lo que te espera-, respondió. Samuel compró tequila y fuimos a su casa en un taxi. Siguieron tomando, yo finteaba. Quería irme. Samuel entró al baño. Al salir, Julián lo golpea en la cara. Su cabeza pegó contra el piso. Lo creímos muerto. Le puse un espejo. Respiraba. Julián lo amarra a la cama con un cable de luz y le mete un calcetín en la boca. Me pone unos guantes. -Toma lo que puedas-, dice. Él saca en su mochila una cámara de video, tres celulares, dos pares de tenis, dinero de una caja.

Caminamos a la casa. Del miedo, no salí en una semana. No quería nada del dinero. Me enfermé de calentura. Por miedo lo seguí. No supe poner límites. Al día siguiente, vendió todo. Se compró ropa, llevó comida a la casa, dio dinero a su madre para pagar rentas adelantadas. Recibí una llamada – su esposo pidió que la llamara. Está detenido en la Delegación-. Fui. Ahí estaba Ismael, y Julián con los tenis robados puestos. Me detuvieron, acusada de secuestro y robo. Me trajeron al penal de Santa Martha, esposada de pies y manos. En el trayecto, te amenazan con lo que te harán en la cárcel. Aterrada, pensé me violarían. Al llegar, sangraba por lo apretado de las esposas. Me curó una doctora déspota, tratándome como animal. Después de tres horas de trámites, me llevaron por túneles oscuros, interminables, hasta una estancia con otras internas. Una mujer machín amenazó -Aquí, todas las que llegan, tienen que pasar por mi cama.- Yo no, alcancé a decir. Me quedé hecha bolita contra la pared. No había camas. Al día siguiente la machín me despertó trayendo un colchón, ropa, jabón. -Tienes que bajar a pasar lista y a comer el “rancho”-*, dijo. Fue la primera muestra de solidaridad.

Durante cuatro días, no comí. Poco a poco me fui incorporando. Cuando por fin me asignaron una cama, la indicación era que otra compañera la desocupara. Las de la estancia, se solidarizaron con ella. Me hicieron “buling”. Encontraba mi cama mojada, mis cosas rotas. Desaparecieron mis trastes. Todas hostiles. Me aconsejaron reportarlo a las autoridades. Me negué. Caí en depresión. Tuve una dermatitis extrema, con escamas de pescado. Sangraba. Quería morir. Sin decir porqué, expuse que prefería permanecer en el módulo de castigo. Me cambiaron al dormitorio F. Aquí he tenido buenas compañeras. Me operaron de un lipoma mamario. Aún no sé los resultados. Las compañeras me cuidan.

Me sentenciaron a cincuenta años, que luego redujeron a veinticinco. Llevo dos.

Al año empecé a trabajar como “estafeta”,** apoyando en el Área Jurídica, en Trabajo Social y en visitas íntimas. Por cada dos días que trabajas, te pueden bajar un día de sentencia. Si logro ese beneficio, mi pena se reducirá a doce años y medio.

Bendigo este lugar por todo lo que me ha enseñado. He actuado en cuatro obras de teatro, dirigidas por otras internas. También en Don Quijote. Doy todo de mi. Me fascina. Sacas lo que llevas dentro, lo liberas. Hemos ganado algunos premios, compitiendo con otros penales.
Mi hermano y mi madre me localizaron al año de reclusión. Me apoyaron con dinero y trámites. Volvió la esperanza de reconciliación. Recién, la muerte me golpeó de nuevo. Mi hermano, llamó de Texas. Habían matado a mi madre en Guerrero. Un tío, me dijo luego que unos sicarios, antes de matarla, la violaron. Mi hermano, no soportó el dolor. A las semanas, compró una pistola y se suicidó. El tío me entregó una carta, que mi madre nunca envió. Decía: “Aún en ese lugar, sé feliz. Tómalo como un aprendizaje. Lucha por tu libertad. Cuando la logres, sal con la frente en alto. Toma las manos de tus hijos y míralos de frente.” Dolor profundo que queda en el pecho y no desvanece.
Hace un año, en el comedor, una mujer añosa, se acercó. – ¿Te gustaría escribirte con alguien?- preguntó.- –No, No sé.-, respondí. – Escribe una carta, es mi hijo. Se llama Ulises. Dile cómo eres. Te he observado. Me gustas. Solo te pido que no lo lastimes-, dijo. Le escribí. Desde el inicio afloraron cosas en común. Nos gusta el arte, el futbol, el color morado. No se droga. Muy respetuoso. Me hace reír. Tiene dos hijos. Yo también. Cada semana vienen y van cartas ocultas. Las llevan escondidas mujeres que van a su visita conyugal al reclusorio Sur. O mi suegra cuando la llevan a la visita de convivencia con su hijo. Vi su foto. Guapo, güerito, de cuarenta y cuatro años. No le pregunto porqué lo ingresaron al penal. Eso no se hace aquí. Dicen que viene acusado de intento de homicidio y robo. Está en la lucha legal.

Al principio, todo muy formal. Empezamos por decirnos lo que nos gusta y lo que no. Si acaso, me enviaba un beso, un abrazo. -¿Te puedo decir “corazón”?- escribió un día. La confianza creció. La intimidad también. – Quiero todo contigo-, me dice. Mis fantasías con él, también son todas. Imagino que hacemos el amor sin vulgaridad. Todo erotismo. Imagino que compartimos el día a día con nuestros hijos. Planeamos casarnos en las bodas comunitarias. Quizá podamos antes coincidir en el juzgado y vernos por primera vez.

De lo vivido, sigo creyendo que el amor es lo que más importa. Te hace sentir emociones, desde la más profunda tristeza, hasta las más abnegadas o alegres. Encierra vida y muerte. Agradezco que el amor llegue otra vez a mi vida. Agradezco todo lo que me pueda dar.

* “Rancho”: Comida del penal.
** “Estafeta”: Ayudante sin pago monetario.

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Acerca de Rosamarta Fernández

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