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AMAR O MORIR XII ANDREA

Cuando entras aquí, te desnudan hasta de tu identidad. Yo trabajaba en familia. Cuando llegas, dejas de ser hija de…, hermana. Se te rompe la vida. Te denigran. Yo estuve arraigada. Me dijeron que estaría como testigo y acabé como indiciada, acusada de secuestro. Me dieron cuarenta años. Llevo doce recluida en Santa Marta Acatitla.
Tenía 1diez años cuando mis papás se divorciaron. Hasta entonces, mi infancia fue contenta. Mi hermana gemela y yo, fuimos muy consentidas por ser las primeras mujeres en la familia de mi padre, luego vino un hermano dos años menor. Mi padre era licenciado en relaciones comerciales. Agente de medicinas. Viajaba mucho. Era posesivo, celoso, controlador, tenía muy limitada a mi mamá, no la dejaba trabajar.
Ella ha sido muy positiva, con mucha luz. Cercana por su juventud, ha sido mi mejor amiga. Se casó a los quince con mi papá de veinticuatro. Su relación era a veces buena, pero él la agredía mucho verbalmente y se fue deteriorando. El divorcio fue forzado por él. Mi mamá estaba enamorada. Un año antes de divorciarse, ella consiguió un trabajo en una editorial. Se compró un coche. Floreció. Tras el divorcio, ella obtuvo la patria potestad. Nos fuimos a vivir con ella a un departamento casi vacío. Él puso todo a nombre de la abuela.
Con el pretexto de buscar un perrito que se había perdido, mi papá nos sube a su camioneta. Nosotras de 10 años, mi hermano de 9, nos lleva a Guadalajara y nos deja con la abuela. MI mamá no nos encontraba. Dos semanas después, nos dijo mi papá,
Su mamá no los quiere, tiene amantes. Ella es mala. Mi mamá llegó con policías a buscarnos. La abuela sacó una pistola y le dijo a mi papá, Deshazte de ella. Él, sin hacer caso, guardó la pistola. Mi mamá entró y dijo, no los voy a obligar, decidan.
Asustados y con la crueldad de los niños por la comodidad, respondimos: Nos quedamos. Durante ocho meses no supimos nada de mi mamá. Una vecina dijo que nos había enviado flores. Fuimos a su casa. Ahí estaba ella. Ahí la veíamos a escondidas. A los catorce años le pedimos a mi papá nos dejara verla. Lo permitió. Ya la vimos más. A los quince, pedí a mi papá salir con un novio. No, si sales no regresas, dijo. Me fui a vivir con mi mamá y mi abuela materna. Al poco tiempo me siguieron mis dos hermanos. Mi mamá no nos dejaba salir mucho. Fuimos a terapia. Nos quejamos. Ella decía, yo no salgo con nadie. Pues sal, le dijimos. Tenía treinta años. Mis amigos se enamoraban de ella. Por primera vez estuvo en un antro. Fue una etapa divertida.
Empezó a salir con amigos, nosotras felices. Tuvo dos novios, luego a mi actual padrastro. Llevan treinta años. Yo fui la celestina. Mi padre ahora lamenta haberse separado de mi mamá. En la escuela, buenas notas. Cursé hasta segundo de preparatoria. Dejé los estudios para trabajar con mi padre.

Mi papá se sacó la lotería. Puso una tienda de patinetas. Luego tres más. Todos trabajábamos en las tiendas. A los veintiún años, me hacía cargo de una tienda en Plaza INN. Estando ahí, me enamoré perdida de Michael, adicto a la coca y al alcohol. Empecé a tomar un gramo de coca diario para trabajar. También probé Éxtasis y fumaba mota. La relación, muy conflictiva, duró un año. Sus padres lo enviaron a un tratamiento a Estados Unidos, no quisieron decirme el lugar. Investigué dónde, pero decidí dejarlo. Él me llamó luego diciendo se quedaría allá. Para darle en la madre, me volví muy reventada. Tenía 22 años. Un año después, en una noche de farra, me embaracé de un amigo distante. Quise tener el bebé. Mi amigo propuso que uniéramos solterías. Me negué. No lo volví a ver. Toda la familia quería el bebé. El parto se adelantó. A las horas de nacida, mi niña murió por choque genético. Gran dolor. Se desencadenaron pérdidas. Mi abuela materna enfermó de cáncer, mi madre por un mal negocio perdió su casa, tuve que sacrificar a mi perrita, fracturada de la columna. Caí en depresión. 15 días en cama, con culpa. Me enganché aún máscon la coca. Quería evadir. Sin responsabilidades, todo era para la fiesta.
A los veintitrés años, pedí a mi papá abrir una tienda en Coapa. La puso a mi nombre. Me asocié con un novio. Sólo le compraba mercancía a mi papá. Facturaba $150,000. 00. Ya no tenía control sobre mi. Un día descubrí que el novio me hacía fraude. Terminé la relación, también la amorosa. Devolví la tienda a mi padre. Me daba una renta mensual. Trabajé en una veterinaria sin sueldo por un año. El contacto con los animales. Me hizo bien. Dejé de consumir. Al año, tuve una recaída con la droga. pesaba 48 kilos. Mi papá me internó en la clínica San Miguel Allende. El tratamiento era de desintoxicación con alimentos jugos, lecturas, escuchar a las vivencias de compañeras. Me empecé a conocer. Valoras lo que tienes. No me volví a sentir sola. Sentía la presencia de mi hija.

 

Solo había un hombre de dieciocho años en el grupo, Arturo. Nos enredamos. Al salir, desapareció. Cuando regresé a México mi papá me ofreció trabajo y me regaló un Jeta. No acepté el trabajo. Estaba enojada por su relación con una jovencita con la que tuvo un hijo. Vendí el coche y me fui a Cancún.
Arturo me buscó. Se fue a vivir conmigo. Él de diecinueve años, yo de veintiocho. Mi papá nos apoyó, enviándonos mercancía para vender. Vivimos tres años juntos, uno en Cancún, dos en México. De regreso al D.F. me embaracé. Planeamos vivir juntos. El vivía y trabajaba con su mamá. Ella lo instaba a que me dejara. Pidió prueba de ADN. Me negué. Mi embarazo era de alto riesgo por problemas en la matriz. Decidí estar sola. Arturo se ausentaba por meses. Cuando nació la niña, le avisé. Me dijo,
Voy al hospital. No llegó. Luego llamó pedo, feliz de ser papá. Le di un año para que pensara. Al año llamó. No preguntó por su hija. Sentí que le valía madres. No la volvió a ver. Hace un año, supe que había muerto.
A Valentina la registré como madre soltera. La mamá de Arturo ahora la ha buscado. Tenía 32 años cuando nació Valentina. Dejé de trabajar para cuidarla. Vivía en un depa cerca de mi mamá. Ella me ayudaba. No fui mamá todo el tiempo. Mi familia me apoyaba. Empecé a trabajar con mi hermano, en su tienda de patines. Me sentía sola. Tenía treintaitrés años. Reencontré a Ernesto, ya divorciado. Había sido mi novio a los catorce y chambelán a los quince. No me gustaba. Por no estar sola, empecé a andar con él. Me fue conquistando, se ocupaba de mi hija de año y medio. Hicimos el amor. Quería vivir conmigo. Se instaló en mi departamento. No sentía confianza. Me sentí invadida. me pidió llaves de la casa, me negué. Me ofreció un anillo de compromiso, no lo quise, tampoco que pusiera su apellido a mi hija. Duró 3 años.
Mi hermano tenía una pista de patinar. Cielo era su empleada. La despidió. No pregunté porqué. Me caía bien. Vino a cuidar a mi hija. Me presentó un amigo, Arturo, por teléfono. Simpático. Me llama cada semana. Me manda su foto y yo a él. Me dice está en otro país, luego que está en Culiacán, ya pronto vendrá al DF. Mi celular se mojó. Cielo lo mandó a arreglar. Luego supe que sacó información del teléfono.
Tuve un romance con un vecino. Ernesto se enfureció. Desapareció por tres semanas. Cielo dejó de venir. Arturo no me volvió a llamar. Cuando Ernesto aparece, me dice lo tenían secuestrado. Le pidieron 2 millones. Tomó mi teléfono, lo revisó. Me dice ya están las investigaciones. Me dijeron que fue la güera, mi ex quien dio mis datos a los secuestradores. Tu amante Arturo desde la
cárcel y tú, me secuestraron. Él ya habló. Empecé a atar cabos. Confundida, traté de explicarle. Cásate conmigo, me dijo. Vámonos a Argentina. Si no eres para mi, no serás para nadie. Me negué. Con violencia me aventó al piso. Me violó. Se fue llevándose mi celular. Supe entonces que mi hermano había corrido a Cielo por vender narco menudeo. Imaginé el resto con Arturo. En realidad me llamaba desde la cárcel. Orquestaron el secuestro con la información de mi teléfono. Ahí cambió mi vida. Sigo sin entender. A los tres días, tocaron a mi puerta, diciendo que traían un ramo de flores. Eran agentes de la SIEDO. El edificio estaba rodeado de policías. Me llevaron ante el Ministerio Público en la SIEDO. Ya no tuve contacto con nadie. Me enseñaron fotos de gente torturada. Tomaron mis generales. Me dijeron que yo visitaba a alguien en la Peni. Yo solo había tenido contacto con un hombre por teléfono, dije. Ignoraba que estuviera en la cárcel. Me obligaron firmar un escrito sin leerlo, diciendo me iría peor si no lo hacía. Me bajaron a las mazmorras. Me desnudaron, me dieron una cobija puerca. Aventaban la comida por debajo. Oía gritos. Aterrada, me sentía devastada, humillada.

 

Me amedrentaron por noventa días, me llevaron arraigada en un hotel en Eje Central. Me pusieron una camiseta roja de secuestro. Nos llamaban por rojo o amarillo cabeza agachada, manos atrás. Ya podía tener visita todos los días, pero no podían llevar comida, solo ropa. Diario me sacaban a “diligencia” para declarar ante el Ministerio Público. La gente con la que me involucraron, venían lesionados, torturados. Uno de ellos declaró que una güera de nombre desconocido, ponía las casas. Supe fue Ernesto quien denunció que yo lo había “puesto”, dando los datos para su secuestro. Creo se vengó, porque le fui infiel con el vecino y no me quise casar.
Me trajeron a Santa Marta. Mi proceso es por secuestro. Me sentenciaron a cuarenta años por secuestro. Llevo doce. No se ha acreditado mi participación. Todas las pruebas salen a mi favor. Solicité la aplicación del protocolo de Estambul sobre tortura. Se dieron cuenta de que el proceso estaba viciado. Regresaron el proceso al juzgado. Tengo tres años sin sentencia. Espero la nueva resolución. Santa Marta me ha servido. Afuera era hija de papi, reventada, aquí no. Te vuelves más sensible y tolerante hacia los demás. Nunca fui una mamá de veinticuatro horas.

 

Ahora ansío darle una relación de calidad a mi hija. Descubres tus limitaciones, tus errores. También tus capacidades. Mi peor defecto ha sido la soberbia. Aquí recuperas cierta humildad. Soy bastante manipuladora. En Santa Marta he estado en sicoterapia individual. Quiero ser una mejor mujer. Estoy terminando mi preparatoria. Ahora pinto, Trabajé en el proyecto de murales que hizo aquí Mujeres en Espiral del PUEG.
Llevé cursos de Técnicas penitenciarias, Valores, Servicio médico, primeros Auxilios,
Prevención de suicidio. Coordino un cineclub semanal. Doy clases de italiano a las compañeras. He llevado talleres de Filosofía, guitarra, Creación literaria, danza contemporánea, Danzón, Arte en pluma, Teatro, Ajedrez, entre otros. Por cada dos días que dedicas a trabajos, cursos y talleres, te pueden disminuir un día de sentencia.

Yo no había tenido relaciones con mujeres, pero la necesidad de pertenecer, de
compañía y el coraje hacia los hombres, porque la mayoría estamos aquí por uno,
nos lleva a aceptarlas o buscarlas. Lucía era catorce años menor. Como yo, había
tenido relaciones con hombres, pero quisimos experimentar y nos enamoramos.
Duró 5 años. Era una complicidad del dolor de estar lejos de los hijos y nos gustaba a
las dos pintar. Tomábamos “Colage”. Cuando salió, no nos vimos más. Dos años
después sentía muchas ganas de enamorarme. El amor provoca cambio en todo.
Pertenecerse, complementarse, te hace sentir con más armonía en ti. Me gusta tener
mi espacio, pero estar en pareja es muy importante.
Una compañera fue a visita conyugal al reclusorio Oriente. Le preguntó a un
compañero de su esposo si quería conocer a una amiga. Él preguntó si estaría yo de
acuerdo en que me enviara una carta. Sí, siempre que no tenga faltas de ortografía,
respondí. Mandó una carta muy correcta. Mi nombre es José Alfredo Jiménez, pero
no canto. Güero, ojos verdes, de 1, 82 metros. Me gustaría iniciar una amistad. Soy
abogado, estoy aquí por fraude. Mi sentencia es de nueve años, escribió. Nos
carteamos de forma clandestina, (está prohibido), por medio de la compañera que
iba a su visita conyugal. Hablamos por teléfono. Yo marcaba a su mamá, él marcaba a
la misma hora y nos entrelazaban. Nos reíamos mucho. Así por dos años. Nos fuimos
conociendo, intimando, enamorando. Él siempre amoroso, detallista. Nunca me
había sentido tan querida, aceptada, protegida. Apareció el deseo, nos escribimos
cartas eróticas. Hacíamos el amor en el papel, imaginando la presencia del otro. Él
siempre cuidadoso, tierno. Yo más abierta, disoluta, sin tabúes. Ardíamos en deseo
de vernos, olernos, tocarnos. Hace tres años, me propuso matrimonio. Acordamos
casarnos sin compromiso. Si el encuentro no funcionaba romperíamos el acta. Sí
funcionó en todos sentidos. Los lunes, a las mujeres nos llevan a visita conyugal,
permanecemos juntos hasta el martes por la tarde que nos regresan a Santa Marta.
Los sábados nos llevan a visita de convivencia familiar. Llevamos dos años de
casados. Sigo muy enamorada. Lloro cuando nos separamos. Los días de ausencia,
seguimos enviándonos cartas. “Hermosa esposa, mi cachorrita, gracias por los
maravillosos días que me das. Los momentos que estás a mi lado, hacen que salga de

mi realidad. Son mágicos… Muero de ganas de verte, tocarte, olerte; meter mi mano
dentro de tu pantalón, quitarte la ropa y hacerte el amor. Tendré que esperar. Unas
horas más y estarás en mis brazos… Te deseo!! Te admiro!! Te respeto!! Te
necesito!! TE AMO!! “ Tu esposo José Alfredo

Acerca de Rosamarta Fernández

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