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Cuerpo Equivocado

No recuerdo desde cuándo la detesto, debió ser desde que estábamos en el vientre de mi madre.
Yo fui siempre más bonita, pero por el sólo hecho de haber nacido ella niña, todos la mimaban, le regalaban muñecas, la vestían como caramelo, la peinaban de largos rizos adornados con moños de colores. Mi pelo era máscuerpo equivocado rubio y ondulado, pero lo cortaban al ras y me vestían con camisas y pantalones de colores tristes. Tenía prohibido jugar con sus muñecas; a cambio, me regalaban cochecitos y tractores que siempre quedaban olvidados en sus cajas.

Fue mi abuela la que nos crió. Mi madre murió durante el parto, su cuerpo endeble no soportó la llegada de mellizos. Mi padre, que ya bebía desde antes, se perdió en el alcohol. En sus delirios veía a mi madre diciéndole que cuidara sobre todo a la niña. No era necesario, él la adoraba, siempre que podía la ponía en sus piernas y la acariciaba toda, le parecía igualita a mi madre. También a ella la odié por eso. Si me hubieran dejado mi pelo y me hubieran puesto un vestido, yo me le hubiera parecido más. Él nunca me sentó en sus piernas, ni recuerdo haber sentido caricias suyas, si acaso una palmadita en el hombro con un “ya váyase a jugar m’hijo”.

Desde entonces, me ponía a escondidas los vestidos de mi hermana, con clips me detenía los moños en la cabeza. Tenía la tentación de acercarme así a mi padre cuando estuviera bien briago, para recibir también caricias, pero tuve miedo de que al tocarme, descubriera lo que tengo entre las piernas y me rechazara.

A los doce empezaron a brotar los pechos de mi hermana. Fue todo un acontecimiento. La abuela le compró un corpiño con encaje y moñitos rosas. Cuando crecieron un poco, le regaló un brasier acojinado por los lados, para abultarlos más. Mi padre también los disfrutaba, seguía sentándola en sus piernas, ya más a escondidas de la abuela, y acariciaba con los dedos los pezones que al tacto se erectában. Yo los espiaba. Desde mi escondite veía con rabia cómo ella, hipócrita, se resistía, pero bien que le gustaba. Él la calmaba comparando sus pechos con los de mi madre, diciéndole que eran igualitos y ella estaría muy contenta de las caricias. Odié esos pechos que yo nunca tendría. A veces mientras los veía, me masturbaba.

La escuela no ha sido problema, también soy mucho más inteligente que ella; hasta la prepa sólo saqué nueves y dieces. Entré sin dificultad a la Facultad de Medicina, ahora curso el quinto semestre. La carrera me ha ayudado mucho a fraguar mi venganza.

Mina siempre pasó de panzazo, puros seises y sietes. Presumida como era, dedicaba casi todo su tiempo a maquillarse y buscar la ropa de moda. No paraba de verse en el espejo. Al menos eso me sirvió, copiaba sus posturas y sus movimientos. En la noche los ensayaba en mi cuarto frente al espejo. Nos parecemos tanto… Si me hubieran sacado una foto, creerían que soy ella.

En la preparatoria me seguía poniendo sus vestidos, sus biquinis y sus brasieres, que rellenaba con medias; aunque sí tuve que comprarme unos zapatos de tacón porque medía un número y medio más que ella. También, con cinco semanas de no gastar un centavo en otra cosa, me alcanzó para una peluca igualita a su pelo, con los rizos largos hasta los hombros. Al principio usé sus maquillajes, pero cuando empezó a reclamarle a la sirvienta por faltarle cosas, opté por comprarme los míos.

En las noches, salía a caminar por Insurgentes y la Zona Rosa, al principio con mucho miedo, pero a los pocos días encontré a dos amigas que buscaban lo mismo. Fue un alivio. Nos movíamos por distintas zonas, esperábamos a que salieran ya ebrios los clientes de los bares y con facilidad lográbamos buenos fajes, sobre todo en Garibaldi.

Aun si se daban cuenta, ninguno se oponía a que se lo mamáramos y con frecuencia nos la mamaban también ellos, aunque luego se hicieran los sorprendidos, nos llamaran putos y a veces nos golpearan.

Mi abuela murió de un paro cardiaco cuando teníamos 14 años. Fue unos días después de que sorprendió a mi padre, briago como siempre, con el pene de fuera, lamiendo los pezones erectos de mi hermana mientras ella se lo acariciaba. Me molestó mucho la irrupción de la abuela precisamente en ese momento. Yo nunca había visto erecto el miembro de mi padre. Muchas veces noté el abultamiento bajo el pantalón mientras jugaba con Mina sobre sus piernas, pero esta vez se bajó el cierre, lo sacó y condujo la mano de Mina suavemente hasta él, mostrándole cómo debía acariciarlo. Era de buen tamaño, grueso, rosado, con henchidas venas azules y un glande rojo intenso. Cerré los ojos, imaginando con mi mano la caricia… Fue entonces cuando apareció la abuela.

Después del entierro, mi padre dejó por un tiempo la bebida, también los toqueteos con mi hermana. Sobrio, parecía evitarla, no se miraban a los ojos; él comenzó a buscarme, sobre todo cuando estaban ellos dos, quería que estuviera yo cerca, hablaba más conmigo que con ella. Mina, por su parte, fingía no importarle, permanecía como ausente y casi muda.

Por primera vez mi padre me preguntó qué pensaba estudiar. Medicina, le dije, y le gustó. Me compró una guía de la carrera con todas las materias que se llevaban y me acompañó a ver las instalaciones a Ciudad Universitaria. Me sentía feliz. Al fin le ganaba a Mina una partida, o eso creía.

En ese tiempo comisionaron a mi padre a trabajar en la presa de Infiernillo en Tabasco. No sé si fue él quien lo solicitó, pero se alejó de nosotros. Venía sólo por unos días, cada dos o tres meses, luego ya cada seis, aunque de manera puntual recibíamos un depósito.

Cuando terminamos la prepa, Mina no pasó el examen de admisión a la Universidad. Con la vanidad y el exhibicionismo que la caracterizan, se metió a estudiar a la Casa del Teatro, dizque para ser actriz. Casi no nos vemos.

Con lo pesado de la carrera, yo puedo cada vez menos escaparme por la noche con sus vestidos para ir a los antros, pero aquella noche, al llegar a casa con unas copas encima y vestido de mujer, percibí la voz de mi padre. De inmediato supe que había bebido. Iba a correr para cambiarme, cuando los oí pelear. Fui de puntitas a mi viejo escondite.
–Antes te gustaba –dijo mi padre.
–Era una niña y tú un cerdo que abusabas de mí –respondió Mina–. ¿Porqué no te largas de una vez y ya no vuelves?

Un aguijón de angustia se me clavó en el pecho. Mina subió llorando a su cuarto. La puerta quedó entreabierta. Mi padre había vomitado. Recostado en el sillón, tenía los ojos cerrados, la bragueta a medio abrir. Con esfuerzo terminó de bajar el cierre, sacó su miembro ya medio erecto y se masturbó. Lo vi erguirse como un monumento hasta quedar totalmente vertical, con sus ondulantes líneas azules, su glande rojo intenso. Era hermoso. Luego, comenzó a roncar.

Fue la excitación ya fuera de control, o la borrachera que no terminaba de bajar, o el verlo inerme con el deseo insatisfecho, no lo sé, y sin pensarlo, estaba junto a él. Acerqué mis labios al rojo intenso, por fin era yo quien le daría placer. Él respondió con ternura, dejándome hacer. Balbuceó “así, así…”.  Yo intensifiqué la caricia. Tomó mi cabeza con sus manos, acentuando el movimiento.    De súbito se incorporó. De una patada me tiró al piso. Tenía la peluca en las manos, me miraba perplejo. Con una expresión de desconcierto, de repugnancia, arrojó la peluca, como si le quemara.
Mientras se cerraba a medias la bragueta, gritó:
–¿Qué haces aquí! ¿Qué pasa! ¿Por qué…!

No supe responder. Todo se quebró en un instante, sentí solo vergüenza. A través de su mirada, me vi ridículo, ahí, tirado, con el vestido entallado, los tacones, el maquillaje embarrado, la peluca en el piso. Como pude, me levanté para salir corriendo, un tacón se atoró en la alfombra. Seguí sin él.

Subí cojeando, no soportaba la imagen que a mis espaldas veía mi padre mientras me alejaba.

Entraba a mi cuarto cuando Mina salía del baño. Se detuvo atónita; iba a decir algo, lo impedí al cerrar la puerta y echar llave. Me arranqué la ropa. Nunca, frente al espejo, odié tanto esa prisión de cuerpo equivocado. No sé cuánto tiempo lloré de humillación, de impotencia.

En medio de la confusión, apenas oí un portazo en la parte de abajo. Por la ventana vi que mi padre metía una maleta en la cajuela de su coche. La última imagen fue su mano girando la llave del motor y el auto alejándose. Lo sé, no volverá. Entre el dolor y la vergúenza, decidí vengarme esa misma noche. Lo había venido acariciando desde meses, aunque más como una fantasía que como un plan concreto. Tenía todo y sabía cómo hacerlo.

Me limpié el maquillaje, me vestí de uniforme y zapatos blancos y salí al pasillo. La luz de su cuarto estaba apagada, abrí con sigilo la puerta para cerciorarme de que dormía. Volví a mi cuarto, saqué el instrumental, lo llevé a la cocina. Ya esterilizado, lo ordené según su uso consecutivo para la operación.   Dejé lista la anestesia, las torundas y varios pares de guantes. La mesa es amplia, se podía trabajar. La froté con desinfectante, la cubrí con una sábana. Repasé con cuidado los procedimientos a seguir para la extracción de mamas; tenía que ser una operación limpia, sin fallas. Empapé una compresa con cloroformo y subí a su cuarto.

Acerca de Rosamarta Fernández

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