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Fabiana

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La desdicha es el estado poético por excelencia. Sí, gracias a ella existen las obras artísticas más grandiosas. Es más importante que la belleza y más aún que lo sublime. De hecho, depende de cómo se vea, la desdicha es bella, y es sublime a la vez.

Si yo identificara, aunque sólo fuera de forma sugerida, que dentro de la cabecita de alguno de esos idiotas existe un indicio, por pequeño y nimio que sea, de verdadera comprensión artística, les compartiría, con toda humildad, algo… un poema quizá… una probadita de mi obra.

El gran Gustav sabía cuando decía “mi tiempo llegará”. Sí, Gustavo, el mío también; aunque, también es posible que nunca llegue.

Mientras tanto, ¿qué otra cosa hago en martes? ¡Eh! Los martes son el domingo de la semana laboral. Después de todo es mejor pasar unas horas con esos intelectuales, así mis bebés descansan un poco de mí. ¿Por qué los gatos viven menos que nosotros? ¿Cuál era la equivalencia de años vividos?

Ya no la recuerdo.

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La naturaleza se obstina en sustentar esquemas y formas de vida incongruentes, aunque quizá toda esa incongruencia es congruente. ¡Ah, pero a ver! ¡Explíquenme los pinches mosquitos!

Ya, pensemos qué me voy a poner. Pero claro, el maldito sufrimiento de siempre. ¿Qué me pongo que no me apriete? Y las tiendas que venden ropa sólo para desnutridas. ¿Qué hubieran hecho en el siglo XVIII? ¡Ja! Idiotas. De pensar en el incontinente ese de Marco, que se la pasa viendo nalgas todo el tiempo, me dan ganas de ponerme algo muy holgado. Sí, sin duda. Pero, a ver Fabiana, repasemos, ¿quién va a ese círculo de lectura?

La culta de Luna, vaya nombre; la anciana que se siente joven con cincuenta años, qué risa. La cándida de Jazmín, con su aire virginal decimonónico. Perla, la gorda, con su ropa que la hace parecer una minicarpa de circo ambulante. Rubén, otro gordo que se siente fuerte, con sus camisas apretadas y las lonjas desbordadas. Andrea, la muda, ¿quién va a un círculo de lectura a quedarse callada? Me falta Rominita, la arquitecta sin proyectos aunque… aunque, reconocerlo debo, por lo menos, ama a los gatos, eso le da un punto. Y claro, el caliente de Marco. Qué cuadro.

El negro es un color muy adecuado, me va muy bien. Elijamos el vestido negro de algodón. A veces, cuando me miro y me miro en el espejo, me dan ganas de morirme. Me agota mi presencia. Pero me agotan más las personas: Entonces, ¿sí es importante leer a Lawrence? ¿Qué libro me recomiendas?. Ay Rubencito, a menos de que te apellides Nabokov, tienes que leer a Lawrence. Es como hablarle a la silla.

Mejor me apuro. Cuando dejé de ir al círculo, sentí que los abandonaba. No me gustó sentirme así. Quizá se siente igual de mal abandonar a alguien muy querido, que a alguien odiado. Lo que no termino de comprender es, ¿por qué tiene que ser en ese maldito café? Lo preparan tan rico que me dan ganas de hablar sólo de café. Claro, sería hablar conmigo misma porque ni el dueño del café sabe sobre el tema.

Ya, Fabiana, cálmate y disfruta. El mundo es un sitio cruel. No puede ser como yo quiero que sea. Es tan triste que no pueda ser tan superficial como ellos. Se les ve contentos pero, ¿a poco no es estoica mi demostración de que todo está bien?

Además es martes. Una salida nocturna no me va a caer mal, aunque con ello retrase de forma importante todo lo que tengo pendiente por leer.

¡No olvidemos el libro! Para el próximo círculo no cederé en que se lleve a cabo una adecuada selección del libro por leer. Basta. Es necesario algo que nos haga crecer como lectores. Bueno, más a ellos. Mis vidas.

Hagamos un esfuerzo por vivir. Dejar de ser evanescente.

Nos vemos al rato, mis bebés.

Ciudad de México, agosto de 201

5.

Acerca de Daniel Antonio

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