Isabel

Encendí mi laptop, mejor, porque de plano, es de lo más incómodo estar revisando la cartelera cinematográfica en el teléfono celular; sin importar el tamaño, pues, por más grande que sea la pantalla de un teléfono inteligente, siempre resulta una experiencia desagradable estar agrandado y disminuyendo el tamaño de la imagen, la cartelera se mueve, las salas, las películas, los horarios, los anuncios. Es menos complicado Hegel. Un tonto, seguro, diseñó esta página; es de lo menos amigable para navegarla y, otro tonto decidió no crear una aplicación móvil. De todas formas, lo importante es que ya estrenaron la película que quiero ver. Mi expectativa es muy alta. No solo por el hecho de que es interpretada por una de mis actrices favoritas, si no también debido a las reseñas que he leído: son de lo más positivas. En contraparte pienso en lo absurdo que es elegir una película tomando en cuenta la opinión de alguien más. El cine es un arte y el arte es tal porqué sí y ya. Soy tonta, me dejo guiar, como borreguito. De remate, la tonta de Justine no para de decir, como loro, como perico, “ganó no sé cuentos Globos de Oro, la la la amiga, no podemos dejar de verla”.
Obvio, no quiero ver mi película con nadie. No estoy de humor para soportar opiniones cultas. Idiotas. “Ay, pero qué buena fotografía tiene. ¿Tú qué opinas Isabel? Simplemente, hoy no puedo. Ni siquiera con Justine. Ya pensaré que inventarle. Que vaya con sus amigas las cinéfilas.
Me arreglo. No demasiado. Me gusta como se ve mi pecho con la blusa que he elegido. Algunos babearán. No importa, no deseo conocer a nadie. Estoy un poco lejana de la sociedad por ahora. Ya bastante es interactuar todos los días con la gente en la oficina, aguantando a esa bola de perdedores que no logran soportar tener a un mujer por jefa. Qué tiempos.
Al llegar al estacionamiento del cine, un policía me avisa que los pisos del 1 al 4 ya están llenos, “solo en el quinto piso hay lugar para estacionarse jefa”.
—¿Jefa?
—Perdón, señorita.
Verdaderamente no tengo ánimo para pelear hoy. Me dirijo rápido hacia las taquillas. No solo yo quiero ver la película, la sala está vendida casi en su totalidad; sin embargo, alcanzo una butaca libre, bastante lejana de la pantalla, en una fila pequeña de 3 asientos. Pienso en adaptarme. Miro el reloj. Faltan más de dos horas. Busco un sitio para comer y elijo un lugar de los llamados hipster. Un chavo, de menos de 30 años, con barba y lentes de pasta me extiende una hoja de papel reciclado con el menú impreso; me atiende como si fuera dueño del restaurante, atento pero con desdén, sonriente pero lejano. Se dirige a mí de tú, esa absurda estrategia utilizada por algunos negocios para con las personas adultas: hablarnos de tú, tratarnos como amigos, hacernos sentir más jóvenes. Idiotas.
La comida ha estado mejor de lo esperado. Me ofrecen café y me niego en rotundo, dentro de este complejo de salas de cine hay un Café de Especialidad, donde sí saben preparar bien las bebidas, donde entienden que se trata de un arte. Pago la cuenta y me voy a formar a la fila de personas que esperan turno en el Café de Especialidad. Pido un lungo y resulta todo lo correcto y esperado. Hago una nueva fila, ahora para ingresar a la sala —fila absurda dado que los lugares han sido asignados con antelación en el momento de la compra— y una señora mal vestida y de peor cara recibe boleto por boleto, tardando todo lo posible en cortarlos.
Me he perdido de los primeros cinco minutos de la proyección. A mi lado está sentada una pareja, hombre-mujer. De pronto en la pantalla se presenta una secuencia donde la protagonista es violada. De más está decir que es agresivo en demasía lo proyectado en pantalla. Se logra crear una tensión en los espectadores, la cual tiene un contrapunto con escenas que intentan ser graciosas. Algunas personas en la sala ríen si parar y este hecho me estresa aun más que el contenido de la película. La tipa que está sentada a mi lado no para de hablar y decir expresiones para acentuar su percepción de la película —como si estuviera sola la estúpida—, merde, fuck, no mames y así.
La película avanza y el ritmo con el cual fue editada empieza a traicionarla. Se ha estancado el discurso. Ni la inmensa actriz protagonista logra salvarla. La pareja al lado mío no para. No puedo más. Abandono la sala.
Ya en el auto, pienso en la cantidad de libros pendientes por leer, apilados uno sobre otro en mi buró. No tengo sueño. Será una noche larga.

                                                  Ciudad de México, febrero de 2017.

daniel
Kess van Dogen / 1911

Acerca de Daniel Antonio

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