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La despedida

manija

Lo sabía cuando escuché girar la perilla metálica de la puerta, y oí como subía lentamente los escalones de granito puro. Llegó con la respiración entrecortada al tercer piso, y a ciegas, entre la oscuridad, buscó ansioso el dormitorio, abrió por segunda vez una puerta y caminó en penumbras hasta tropezar con la cama. Febrilmente descorrió los velos del baldaquino y levantó la sábana para encontrar mi cuerpo desnudo. Ahíto, me tomó entre los brazos y sus dedos como moluscos recorrieron mis nalgas mientras hundió su boca en el cráter marino de mi sexo. Entonces lo vi mirarme a pesar de las tinieblas y dócilmente abrí los muslos para recibirlo. De pronto, abruptamente, se salió y se levantó inexpresivo, recogió sus ropas, comenzó a vestirse y rápidamente bajo los escalones uno a uno. Lo sabía, todavía lo sabía cuando se perdió para siempre, sin decir una palabra, entre las avenidas solitarias, nebulosas, sofocantes.

Ramos Arizpe Coahuila 1977

Acerca de José González Gálvez

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