Sofía

  T  oda su felicidad se fue al carajo en el preciso momento de recibir la notificación donde se solicitaba revisar el método de pago. Incrédula, digitó los números de la clave de desbloqueo de su teléfono inteligente, entró a la aplicación de la tienda, revisó el estatus de su última compra y, efectivamente, existía un problema con el pago. Sofía hizo cálculos aritméticos: había comprado una tarjeta de prepago por 300 pesos para pagar un artículo de 270; no obstante, se mostraba un cargo extra, correspondiente al envío a domicilio del mencionado artículo, por 33 pesos. Frustrada, pensó en desquitar su ira con el teléfono, pero, cuando fijó su mirada en la ya rota pantalla del mismo, se contuvo. Lo mejor era calmarse, tomarse una selfie, una de duckface, y subir una actualización de su estado al Face.
Instantes después recibió el primer mensaje, de Paty: “haci te pareces a la Kill Bill pero con fusca envez de espada XD”. Sofía dibujó un atisbo de sonrisa, pero los likes recibidos no mejoraron su ánimo. Esos malditos 3 pesos le resonaban a todo lo largo y ancho de su corteza cerebral. Mejor ir a casa. Quizá haya algo de comer, pensó.
—¡Por fin llegó la patrona! Yo, a los catorce años ya trabajaba, no estaba de pinche huevona como tú…
Mientras subía por las escaleras en dirección a la azotea del edificio —dentro del cual, en el piso segundo, estaba el departamento donde vivía con quien ahora le gritaba y su hermano— Sofía continuaba escuchando la voz de su mamá, cada vez más bajo. La imagen de los calzones de su vecino, tendidos en el mecate central, le produjo un momento de sincera y jocosa distracción. Quién puede usar esos pañales todos amarillos, pensó, mientras divisaba el horizonte. Después, se puso a girar sobre su propio eje, 360 grados, de forma pausada. Quiero esos pinches audífonos y los quiero hoy, se dijo así misma, con energía y decisión. Entonces, lo mejor sería buscar a ese par de cabrones, a sus socios. A sus socios del bisne. De la bolsa derecha delantera de sus jeans sacó un billete de 20 pesos. Sonrió; era suficiente para llegar a Ecatepec.
Aquellos pensamientos expresados en ideas tuvieron eco inmediato en el Charlie y el Gus: se convirtieron en planes, en potencia de acción: pero, bastaba ya de pendejadas, de cositas, dijo el primero; dejémonos de mamadas, dijo el segundo. Sofía sonrió satisfecha, después de todo era posible terminar el día con unos buenos audífonos Bluetooth, y de tienda real, nada de estarlos comprando por internet o aplicaciones del teléfono.
Seguía la implementación de los planes y, mientras caminaban los tres, lado a lado, ocupando la extensión total del ancho de la sinuosa banqueta, parecían un trío de héroes esperando su destino, como sacados de una secuencia de Sam Peckinpah. A pocos metros, delante de ellos, una camioneta Honda dobló la esquina. Sus miradas se encontraron y sin decir nada, los tres afirmaron con sendos movimientos de cabeza. Aceleraron la marcha, llegaron a la esquina, se detuvieron en seco, la camioneta estaba detenida, estacionada enfrente de la entrada de una casa, la puerta del piloto, abierta. En ese instante avanzaron el Gus y Sofía por el lado izquierdo de la camioneta, mientras el Charlie lo hacía por el flanco derecho, cada uno de ellos sosteniendo con firmeza su respectiva pistola. Dentro del Vehículo suburbano, el asiento trasero era ocupado por dos niños, Sofía apuntó su arma a ellos, mientras el Gus tomaba con su mano izquierda los cabellos teñidos de la señora sentada en el asiento del conductor, obligándola a bajar. El Charlie ocupó de inmediato el asiento del copiloto.
Las risas del trío fueron conmutadas por gritos de alerta, dos autos de la policía los venían siguiendo, las alarmas atronando el cielo de Ecatepec. Sofía gritó: como Dominic y Brian, y en sardónica sincronía, el Gus y el Charlie contestaron a una sola voz: y “la Letty”, a huevo. Otras palabras emitidas desde un policiaco altavoz —¿megáfono? — interrumpieron el diálogo de los tres: deténganse…entréguense, paren esa puta camioneta. Por el espejo retrovisor, el Gus miró a Sofía, por un breve instante sonrieron, el vehículo aceleró la marcha, mientras Sofía-Letty accionaba su arma, el Charlie la imitó.
Solo uno de los bandos tuvo precisión en la ejecución de los disparos de arma de fuego. El Gus recibió disparos en el hombro y en el brazo, ambos del lado derecho. El Charlie fue impactado en el pecho. A Sofía la alcanzaron tres veces, una de ellas en la cara, a la altura del pómulo.
En el muro de Face —todavía activo— de Sofía, pueden leerse diversas publicaciones post mortem. Pronto te alcanzaré, dice una. La muerte es el mártir de la belleza, dice otra.
Ciudad de México, agosto de 2017.

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Ilustradora alemana Angie Hoffmeister.

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