Zapotito

san juan de letran

Cuando la patrulla se detuvo sentí un golpeteo en el pecho. Fue por la avenida San Juán de Letrán, como a las 5 de la mañana. La Güera medio borracha, se cerró los botones del escote, y me dijo:
– Ponte pilas Zapotito, no te vayas a atarugar, agárrame del brazo, saca a relucir tu olla.

Uno de los agentes se bajo de la patrulla y vino hacia nosotros. El que manejaba le gritó algo y se arrancó. La Güera me dijo alzando la voz:
– Apúrele m’hijo, que si no, no llegamos. Casi nos pasamos de largo, pero el tira se nos plantó así enfrente y le dijo:
– ¡Épale, épale ¿Ónde vas?
La Güera se hizo la desentendida:
Es a mi que me habla?

No te hagas la que la Vírgen te canta, dijo el tira, ¿Ónde vas o mejor dicho, de dónde vienes?

Pa empezar no me hable de tú, que yo en nada le he faltado, dijo la Güera, ¿Qué no ve a mi chamaco con su olla? Vamos por la leche.

Leche es la que has de traer  pero en otro laredo, le contestó el tira, si bien que te he visto salir del “Orquídea”.

Qué pasó mi teniente, usté me confunde, dijo la Güera, si yo vivo aquí nomás a la vuelta. Será por eso que me ha mirado. Pero ya déjeme ir. Se hace tarde y el muchachito tiene que ir a aprender sus letras. El tira la agarró del brazo.
Jálale pa’ la patrulla. Allá en la “Vaquita” les cuentas, le dijo.
“La Vaquita” es la cárcel donde van a dar las que trabajan la calle, así que ya sabrás cómo se puso la Güera, pero aprovechando que nada que aparecía la patrulla, se zafó del tira y me dijo:
– Díle tú hijo, aquí al capi, en qué trabajo.
Yo empecé a tartamudear:
– Mi amá es secretaria, d’esas que escriben en la máquina, dije. Y el muy ojete, que se empieza a burlar:
¡Voítelas! a poco esta es tu jefa? … pos qué prieto le salió el volado.

Sí, dijo ella, por eso le decimos Zapotito. Salió prieto, chiquito y arrugadito. Y es que mi viejo es morenito oscuro. Pero bien decente ¿viera? ¡Ah pos él también la rifa de policía. O sea que como quien dice, vienen a ser compañeros usté y él, no?
¡Ah chingá!… ¿y en qué compañía la trota?
Ahí sí que la Güera ya no supo ni qué…

Pos…en esa que le nombran “Las Blancas”. O sea que es de alta seguridá, ¿no?
– Esa ni tú te la tragas, le contestó el tira. Y que vuelve a jalonearla, buscando la patrulla con la mirada. Ahí la Güera lo ascendió:
Mire mi general, que sea por el chamaco… todo es cosa de arreglarse…

Un viejito metiche se paró a ver la plática junto a otro borracho que nomás estaba de baboso. El policía sin darse cuenta le dijo a la Güera:
Pos a ver de a como quieres que se te arregle…

Apenas traigo lo de la leche…dijo la Güera, ¿Un cinco está bien? Nomás pa que se persi’ne usté  y el muchachito no pierda su escuela.
¡Uta! con eso ni p’al café mañanero, si te apoquinas con un cicuentón, chansón. Nomás por la lástima que le agarré al escuincle.
Que sean diez, ni usté ni yo. Es todo lo que ando encima.
Noo, pos así cual arreglo, pura perdedora de tiempo. ¡Jálele derecho pa “La Vaquita”, verás si ahí no te sacan hasta el mondongo.

Que la comienza a jalonear de un lado, yo que la jaloneo del otro gritando:
¡No se lleve a mi amá, no se lleve a mi amá!

En eso que se tropieza con el bastón del viejito…o vete a saber si el mismo viejo le metió la zancadilla porque luego le dijo:
¡Vergüenza le había de dar, siendo usted la autoridad. ¡Deje en paz a la señora.!

El tira volteó sacando la macana. Al ver al viejo, se calmó un poco, pero le dijo:
Y a usté quién lo invitó, viejo tarugo. ¡Cállese y no obstruya la ley o también me lo cargo.

Ya pa entonces los mirones se habían ido juntando: Una ñora con tres mocosos, dos chavos que llegaron luego y don Tacho el organillero que es bien burlón y cuando vio el enredo, desde la esquina se puso a tocar la de “Pompas ricas de colores”.

Sin más el azul me tiró un macanazo que hasta la olla se fue rodando, pero entonces el viejito, con tamaños güevos que le da con el bastón en las espinillas. ¿Cómo sería, que el tira soltó a la Güera pa sobarse y nomás dijo:
¡Ay hiju’eputa!

Y todavía el ruco lo regañó:
– Usted será muy la ley, pero es un desvergonzado. Bien que oí cómo estaba extorsionando a la señora. ¡Yo fui testigo!

Ahí sí ya no se aguantó el azul y que lo agarra a macanazos. Con el primero le tiró el bastón y luego le dio por todos lados. El viejo se cubría la cara y la cabeza, pero bien güevudo, no se quejaba. La ñora de los chamacos gritaba:
¡Abusivo, no le pegue!  bien enojada les dijo a los chavos:

Cuantos machitos hay aquí, que no veo ninguno…¡puro culero!
Y sí les llegó porque pa pronto se lanzaron contra el azul. Ya lo tenían casi quieto, cuando trató de sacar la pistola. El borracho se dio cuenta y se le aventó por detrás, así hincado, lo abrazó bien fuerte que ni podía moverse.

La Güera me hizo la seña de pirarnos. Todavía recogí mi olla y nos echamos a correr. Apenas íbamos a doblar la esquina, cuando vimos que venía la patrulla con el otro policía. Al vernos, frenó y se bajó, sacando la pistola.
Ahí sí dije- ya nos jodieron- pero yo creo que vio cómo tenían a su carnal, porque corrió hacia allá. Todavía alcancé a oír cómo decía:
¡Quietos todos o aquí mismito me los trueno! ¡Suelten al compañero, bola de ojetes!
Y el otro tira gritaba:
¡Jijos de su pinchísima madre, ya se me piró la puta!

A media cuadra, la Güera ya no podía correr porque le ganaba la risa.
– Lo único bueno que tienen los tiras es que los escogen bien pendejos, decía. Yo no me sentí tranquilo hasta que entramos al zaguán de la vecindad donde ella vivía. Ahí nos comimos para festejar unos tamales encuerados y un atole de los que vendía doña Chole.

Así era el trabajo con las putas. Yo pasaba por ser su hijo para que no las jodieran tanto los policías. Quién sabe porqué… Será que se ponen sentimentales cuando ven chamacos o que se acuerdan de sus mamás, aunque no sean putas.

Estuve en eso como dos años, desde los diez que llegué de Oaxaca, hasta pasados los trece. Por flaco y chaparro me veían más chico. Con la que más trabajaba era con la Güera, diario la iba a buscar a la salida del cabaret. Tenía que ir con mi olla, muy limpio y peinado, como si fuera a la escuela. Nomás la acompañaba hasta la vecindad. Ella me daba mi peso todos los días. Cuando se empedaba con algún cliente, la ayudaba a subir a su cuarto. A veces también a acostarse. Antes de irme la tapaba. Ni aún entonces se olvidaba de sacar el peso y ponerlo sobre la mesita de junto a la cama.

Pero luego de aquella noche, ya no pude trabajar en eso.
Esa vez fui a esperarla fuera del “Orquídea” como de costumbre.

Las ficheras casi siempre salen enteras, sólo toman agua pintada o sidra, pero hay algunas, como la Güera, que si les cae bien el cliente, beben derecho con él. Eso debió pasar esa noche. La Güera salió hasta atrás, abrazada  con uno que parecía estudiante, cantando hacia Garibaldi. Los seguí. En la plaza Varios mariachis tocaban para sus clientes. Uno de ellos tocaba “El son de la Negra” para un señor que cantaba bien desafinado; su señora con dos chamacos colgando de su falda y uno en brazos, lo miraba y le aplaudía como si fuera Jorge Negrete. Cuando la señora vio que la Güera y el estudiante se acercaron y empezaron a cantar, no le gustó. No decía nada pero le echaba unas miradotas… La Güera debió sentir algo porque se separó y se fue a sentar aparte. Su estudiante la siguió. Una vieja les ofreció un ramito de flores.

Para la señorita, dijo. El estudiante lo compró y ceremonioso, se lo ofreció a la Güera:
¡Por la belleza!

Ella se la creyó, porque agarró el ramito como si fuera un collar de perlas y levantándose repitió muy orgullosa:
¡Por la belleza!

Me fijé que se había hecho chis sin darse cuenta. En la banca quedó escurriendo el charquito. Le hice una seña. Cuando me vio, vino hacia mi, hizo ¡Sht! y echamos a andar.
¡Por la belleza! seguía diciendo.

El estudiante le gritó:
– Ven Güera, ¿Qué no ya habíamos quedado?
Sin detenerse, ni voltear siquiera, le contestó:
Ahí cuando mejore el tiempo, Güerito. Cuando mejore el tiempo… Luego me dijo:
¡Por la belleza!, pero bien que quería un cachuchazo…ya no’stamos p’a cogidas de oquis Zapotito… Aventó el ramito de flores al cielo, dejándolo caer.
-Ora sí se les acabó su güerita, se acabó su pendeja… y se puso a cantar:
“Flor de azalea, la vida en su avalancha te arrastroooo”…se acabó su pendeja…Canta conmigo Zapotito. Y juntos seguimos: “Hoy para siempre quiero que olvides tus pasadas penas y que tan sólo tenga horas serenas, tu corazooón”.

Al llegar a su casa me dijo:
Estoy medio hasta atrás Zapotito, échame la mano.
Poco faltó para que rodáramos los dos escalera abajo, de plano se quedaba dormida. Tuve que buscar yo la llave en su bolso y luego jalarla hasta su cama. El cuarto estaba iluminado con puras veladoras, una en el buró con San Antonio de cabeza, otra para un Cristo de esos que lo miran a uno dondequiera que se mueva y otra para la foto de una niña, la que dicen que se le murió de cinco años, aunque ella nunca habla de eso.

La Güera comenzó a desvestirse, pero no sacaba mi peso. Me quedé parado esperando, cuando que se le atora el suéter en la cabeza y me dice:
Quítame esta chingadera.

Al jalarlo por arriba, dos pechos como sandías se asomaron. Un pezón guinda y carnoso se escapó del brasier. Nomás sentí como aquello se me esponjaba entre las piernas.
Luego se quitó la falda y se dejó caer en la cama, haciéndome la seña de que la ayudara con el liguero. Yo no podía zafar los malditos botones que atoraban las medias cuando vi que salía de la pataleta una matita de pelo bien negro, bien enrizado. Con cuidado, jalé otro poquito para ver mejor ese mechón. Un calor me subió de entre las piernas hasta la cabeza y empezó a golpetearme. El Cristo del cuadro me miraba, sentí vergüenza. Ella abrió los ojos. Yo como si nada, acabé de jalar las medias, agarré lo que colgaba de la colcha y la tapé. Ahí me quedé como idiota, sin saber qué hacer. Ella se dio cuenta, me pidió su bolso para sacar el peso, lo puso sobre la mesita y volteándose p’al otro lado me dijo:
Mañana a las cuatro igual.

Yo agarré el peso y la olla. Mi cabeza estallaba. Abrí la puerta y salí. Antes de cerrarla, miré cómo tenía levantada la bragueta. Lo toqué, parecía de palo. Este no no se me va a bajar ni con una puñeta, pensé. Miré el billete en mi mano. Si más, entré de nuevo al cuarto y me paré junto a la cama. La Güera roncaba con la boca abierta. La miré un rato; sentí que aquello se me podía ablandar; moví su hombro:
Güera, Güera…
¿Y ‘ora qué? me dijo casi dormida.
Yo no contesté. Nomás me le quedé mirando, pero ella entendió, porque sonrió y me dijo:
¿Cuantos años tienes?
Con el miedo de que se negara, me aumenté.
Ya cumplí los catorce, voy pa los quince.
¡A poco! se rió, te ves bien enano… a ver, ven. Y que me toca el pito.Yo nomás pensaba ¡Que no se me baje! ¡Que no se me baje! Ella se rió, así como diciendo:
– ¡Órale! y me hizo un gesto de que me metiera a la cama. La olla y el peso cayeron al piso. No sé ni cómo me quité el pantalón y la camisa, todo me costó trabajo, como si nunca antes lo hubiera hecho.
Entre risa y queja, la Güera dijo:
¡Otro cachuchazo!

Eso bien que me caló, pero me quedé callado.
Yo la verdá me había hecho mis buenas pajas y había oído hociconadas de los amigos, pero a la mera hora no sabía ni qué putas hacer. Nomás pensaba: ¡Diosito, que no se me baje!  Como para hacer un trato, lo miré: dos veladoras a cambio.

La Güera me jaló encima de ella. Me sentía chiquitito en medio de toda esa carne. Puso mis manos sobre sus pezones. Yo más que gusto, iba sintiendo angustia. No iba a poder… Cuando acomodó mi cabeza sobre sus pechos, lo único que se me ocurrió fue chuparle como los niños. Pensé que a la mejor hasta le iba a salir leche, y ¿qué iba yo a hacer con eso?… pero no. Empecé a encontrarle el gusto a lamer y fui sintiendo otra vez como me erizaba todo. Me animé a bajar la mano para tocar ese mechón rizado y un poquito más adentro. Estaba mojado y pegajoso, pero no da asco, se sienten más ganas. Nunca había tenido el pito tan duro. Se lo restregué y empecé a sentir una urgencia. Quería metérsela, no sabía bien como. Ella guió mi mano y se acomodó. Ya adentro, uno deja de pensar. Hubiera querido ser una verga todo yo, meterme ahí y no salir nunca.

En esas estaba cuando el Cristo se me quedó mirando, sube y baja, sube y baja, sube y baja.
Yo me mosquié, pero luego dije:
– A mi este no me va a chingar. Mejor cerré los ojos, y ya… luego volví a sentir la urgencia y me vine.
Cómo decir lo que se siente…es otra cosa que la puñeta. Así ha de ser el cielo…
Cuando abrí los ojos, la Güera sonreía divertida y de volada se quedó dormida. No sé porqué, pero me recordó a mi mamá. Quizá por eso me entró una tristeza bien hondo, como si ahí se quedara algo que había yo traído cargando siempre conmigo. Ya empezaba a clarear. Tapé a la Güera para que no sintiera el frío del sereno; alcé la olla y vi el peso que me había pagado. Se lo puse en la mesita, saqué otros dos y se los dejé ahí mismo. Ya tampoco quise llevarme la olla y me fui.

Ahí terminó el trabajo aquel de hijo de putas.

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Acerca de Rosamarta Fernández

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