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Osito de utopías

ppppTe recuerdo entre mis adelantos mentales. Su nombre ha sido grabado en mi corazón y memoria para siempre. Te vivo mucho. Hoy me enteré que lo pienso mucho en ti.
El calor de la habitación refleja su cuerpo; con los pies avienta las cobijas dejando a la vista ese color cacao, mezcla de tierra húmeda, savia dulce. Su cuerpo yace de costado; negro sobre negro se escuchan unos murmullos apenas perceptibles de sus labios; esas protuberancias capullos en flor. Me aproximo despacio, casi flotando. Las yemas de mis dedos rozan sus mejillas, acerco mi boca y beso la punta de su nariz inhalando su respiración.

Busco su pecho entre sombras, escucho mi nombre y tiemblo, doy una leve mordida a su mejilla. Él se levanta con un gesto entre susto y terror. Con los ojos entornados, se tambalea, Me retira de su cuerpo por instinto. Jala una manta, sale corriendo de la habitación. Sonrío, voy detrás mirando su cuerpo por el pasillo de aquel lugar, sintiendo el frío que absorben sus pies desnudos. Abre la puerta, lo recibe un silbido del viento; los relámpagos dibujan sus contornos. No se detiene, sale y sólo ahora voltea. Me mira en el umbral de la puerta, sonriente, se carcajea, me tiende la mano y deja caer la manta robando mis suspiros. Las gotas como brillantes esmeraldas hacen lucir aquel color de tierra recién labrada, el brillo de sus ojos alumbra mi camino, su mirada de farol de media noche calienta las gotas de agua que caen en mi cuerpo, le extiendo la mano y antes de tomarla, comienza a correr.
Se escuchan sonrisas que despiden las frutas del vasto jardín.

Detiene sus pasos después de unos minutos del vuelo de aves, cervatillos explorando la llanura. Se deja atrapar por mis brazos que se enredan en su torso, la savia gotea en su rostro; mezcla de lluvia y sal, mezcla de ansia y pasión. De pie, frente a sus ojos, el corazón ruidoso más que relámpagos alumbra nuestra silueta, entona un preludio de Bach…
Sus redondas monedas de plata se posan en mí, nuestros labios como imanes se agazapan con la lluvia que se acuna en los medios tocados por Dios. Bebemos la lluvia que se endulza, esos botones jugosos que se exprimen al roce de una chispa de fuego.
–Le gustas a mi corazón dice él… Sentir el agua fría, caliente… Le encanta mojarse bajo la lluvia…

Asonancias que producen sus labios, bisbiseos inconexos que revientan llenando de himnos vetustos el confort de mi pecho; sus manos temblorosas recorren el jardín de los agrestes tiempos, roza mis líneas, tiembla, tiembla la tierra que nos abraza.
Con la dulzura de un viento de madrugada toma los botones de mi blusa sin dejar de mirarme. El ritmo cardiaco se expande como contaminación de medio día, uno a uno los botones van cediendo a sus dedos, la fragancia se escapa al quedar desnudo mi pecho; aletean mariposas entre los templos descubiertos, se derrumba la capa de ozono, adhiere su pecho hirviente, mientras recorre mis lóbulos con pétalos de flores. Mi cabeza sedé, es atraída por la gravedad, se deja caer en la palma de su mano puesta en la nuca. Con los minutos de la muerte segunda besa mi cuello. Más efímero, más irreal el placer: trastorno que carcome mis huesos, el caleidoscopio nos envuelve entre cristales empañados, la lluvia copiosa nos ciñe en su torrente.
–Tan hermosa, erótica. Voy a quitarte toda la ropa y besarte de nuevo –dice mientras sus manos buscan la siguiente prenda.
–Te besaré el vientre hermoso, elegante de la suya que se ve más hermosa con las gotas de agua que cae sobre ellos, una mezcla de visitantes únicos de la fragancia de la carne y de la tierra. En donde cayó mi cuerpo tembloroso.

Mi badana se entrega como un colibrí asustadizo, el pecho se estremece con el himno gutural de sus encantos, Tomo sus manos y las guío para que recorran lento, muy lento, aquel paraje lejano de los montes suizos, Carreteras inexploradas, espacio infinito de caballos que danzan por las praderas. Se arrodilla mansamente recorriendo largas filas de almendros dulces, mordiendo suavemente las jugosas orlas de frutas secas, dejando un rastro de pétalos, mi talle asido a él, sus espaldas sobre el barro.
Fulgores del cielo guiados por el ojo de Mitra adornan su oscura cabellera, áureos corceles blancos salen de los cóncavos donde me miro, señalan el curso que he de seguir.
–Me gustaría tomar un poco de barro y untarlo sobre ti, porque estoy emocionado –dice entre pequeños cristales que brillan en su boca.
–¿Barro? Sí. Hazlo. Toma el camino de tus placeres, quiero mostrarte.
–Usted sabe, yo… Puedo hacerte completamente desnudo. Besarte ahí abajo en su vagina, mientras tiembla.
Las piernas entrelazadas. Miles de víboras copulando en orgías interminables. Sus muslos aprietan tanto, Ahora soy yo quien tiembla entre espasmos, siento el barro en mi piel, pequeños grumos que tallan mi cuerpo, estalactitas que se adentran en los contornos, aromas de sudor y tierra, declives bajo mis pies, miles de kilómetros recorridos en milésimas de segundos. Mi voz es acallada por susurros escalonados, voces de la Madre Naturaleza a nuestro entorno, Silfos y nereidas avivando salamandras, sólo puedo repetir su nombre…
─Bikas, Bikas

Estoy temblando. Confundido. Gano todo mi valor, y me empujé a mí mismo dentro de ti respirando pesadamente. Sensación de calor a pesar de que la noche es fría y húmeda.
Aprieto sus nalgas, para que no salga nunca, beso su pecho frente a mi rostro, gime también, me sepulta entre un sonoro ritmo que aletarga mis ansias, con la dureza de una suavidad de briza marina encalla en cada poro de nuestros cuerpos, música de las galaxias, beldades cantadas por los poetas, sepulcro de sacrificios errantes. Abrazamos ese instante como una tarde de pastores en redil de un rebaño prolifero, Mientras la lluvia aclara los valles besados por el intenso calor.

Ahora, tomo el control. Su rostro, húmedo contra el cielo. Un rayo parece sincronizarse con nuestros gemidos, juegan con una música brutal. Mira mi cuerpo bailando; moviéndose al ritmo de la lluvia; nuestros cuerpos expelen vapor. Cabalgo sobre su hombría, muevo mi cuerpo, suave, suave, me carga en sus brazos, me voltea de espaldas; sus manos acarician mis senos y besa las curvas de mi espalda, se levanta un poco para besarme la espalda, mi cuerpo se cotonea fuertemente. Besa mis oídos, alimentados con el candor de sus palabras inentendibles, esa voz de indio, esa voz áspera, gruesa ese acento inarmónico propio de una raza.

Me levanto un poco, busco sus labios, los encuentro; una poesía es declamada delicadamente, su cálida respiración de infante. Así nos olvidamos de todo, del cuadrado mundo que finalmente fue redondo, no detiene su andar y aquí en el resguardo de libertad piel con piel, sueños, madrugadas que se anuncian, no importa es nuestra, que ha sido poseída por el cobijo de las verdades, se escuchan unos pasos, alguien detrás de nosotros…

Tu padre observa mi mano sobre ese pequeño trozo de carne, yergues el cuerpo, tu mano en mi seno, el trazo que se extiende entre tu infancia y la imaginación.
Ese oso; compañía de días y noches, cae…

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